Muerte en abril

Muerte en abril


16 de abril de 1974 » Veintitrés

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Veintitrés

McCoy estaba sentado tras su escritorio intentando asimilar la noticia. Existía una remota posibilidad de que Cooper hubiese sido lo bastante estúpido como para tirar el martillo cerca de la escena del crimen, pero era totalmente impensable que hubiese sido lo bastante estúpido como para dejar una huella dactilar en la sangre de Jamsie Dixon que había quedado en el martillo. A no ser… A no ser que Billy llevara razón y hubiese estado comportándose de un modo extraño, sin importarle demasiado lo que ocurriese, siempre y cuando pudiese acabar con Jamsie Dixon. Comprobó la hora. Archie Lomax había ido a buscar a Cooper para llevarlo a la comisaría a las dos de la tarde. Faltaban veinte minutos.

Wattie estaba en su mesa, inclinado sobre sus notas, repasándolas una y otra vez, ordenándolas. Se le movían los labios cuando leía las preguntas. Si de algo estaba seguro McCoy era de que Wattie no tenía ninguna oportunidad frente a Archie Lomax. Un abogado como Lomax se lo comería con patatas. No le apetecía lo más mínimo sentarse para el interrogatorio, pero Murray lo mataría si se ausentaba. Alguien como Cooper era una presa demasiado grande para dejar solo a Wattie.

Sacó su paquete de Embassy y encendió un cigarrillo. Cuando Cooper entrase en la sala de interrogatorios y viese a McCoy, iba a ser bonito. Lo entendería como una traición, sin duda alguna. Poco iban a importarle las circunstancias. McCoy se convertiría en un policía más sentado frente a él en una sala de interrogatorios. Otro enemigo más.

—¿Preparado? —Alzó la vista y vio a Wattie esperando.

McCoy asintió.

—¿Todo listo? —preguntó—. ¿Tienes todas tus notas?

Wattie asintió. No transmitía confianza en absoluto.

—Verás, Wattie. Yo no esperaría gran cosa. Lomax no va a permitir que Cooper diga nada que nos resulte de ayuda. Para eso estará ahí, para frenarlo. Tú haz tus preguntas. Yo solo intervendré si creo que has pasado algo por alto, ¿de acuerdo?

Wattie asintió de nuevo. Tenía otra mancha de vómito en el hombro de su camisa. También llevaba puestos unos extraños calcetines. Lomax lo iba a triturar.

—Espera un minuto antes de entrar, Wattie —le aconsejó McCoy—. Toma aire. Intenta calmarte.

Wattie asintió y se dirigió a la puerta. McCoy sacudió la cabeza. El interrogatorio iba a ser un puto desastre.

—Muy bien, señor Watson —dijo Archie Lomax tamborileando con los dedos sobre la mesa, llena de arañazos y garabatos—. ¿Va a interrogar a mi cliente o no?

La sala de interrogatorios era el lugar de la comisaría que menos le gustaba a McCoy. Odiaba entrar allí. Era poco más que un cubo, con una mesa y cuatro sillas atornilladas al suelo. Siempre hacía demasiado calor, no había ventanas y olía mal. Apestaba a cigarrillos, ropa sucia y desesperación. Y ese día no era diferente.

Wattie ojeó sus notas un rato más y alzó la vista.

—Señor Cooper, ¿podría decirnos por qué el martillo que hemos encontrado en el patio que está al lado de la casa del señor Dixon tiene restos de sangre de este así como una huella dactilar de usted?

No estaba mal para empezar, eso había que reconocerlo, pensó McCoy. Podría haber sido mucho peor.

Cooper se inclinó hacia delante. Un pegajoso mechón rubio le caía sobre la frente. Sonrió.

—Sin comentarios —dijo.

McCoy se reclinó en su silla y se fijó en los contrastes. Archie Lomax había superado los cincuenta, llevaba el pelo oscuro, que ya raleaba, peinado hacia atrás y unas gafas con montura dorada. Vestía uno de sus habituales trajes de raya diplomática de color gris, con camisa blanca y corbata azul. Cooper iba como siempre: vaqueros, camisa de manga corta y chaqueta Harrington roja. Igual que James Dean, como decía él siempre. Tupé rubio enhiesto. Era un hombre corpulento, de hombros anchos y manos carnosas. Ambos vestidos acorde con sus respectivas ocupaciones, pensó McCoy. Igual que Wattie y él. Trajes baratos, camisas de fibra sintética, corbatas de rayas y zapatos gastados. El uniforme de los policías sin uniforme.

Wattie observó sus notas, sacó una fotografía del martillo con una regla colocada a un lado para dar idea de la escala. Le dio la vuelta y la empujó hasta dejarla frente a Cooper y Lomax.

—Señor Cooper, ¿reconoce este martillo? —preguntó.

Cooper se inclinó hacia delante y observó la imagen. Alzó la vista.

—No.

—Qué curioso —dijo Wattie—. Porque hay una huella dactilar suya en él.

—Dígame —dijo Lomax—, ¿es una huella sobre la sangre?

Wattie negó con la cabeza.

—En ese caso, no sé muy bien por qué se esfuerza por conectar ambas cosas. La huella de mi cliente está en el mango de ese martillo, fijada en aceite o en polvo, y la sangre y los restos de hueso en la punta del martillo son del señor Dixon. ¿Cuál es exactamente la conexión?

Wattie no dijo nada. Lomax prosiguió.

—Mi cliente podría haber tocado ese martillo en algún momento del pasado, hace un año o cosa así. Eso no significa que sea culpable de haberlo utilizado para golpear al infortunado señor Dixon. Me he explicado con claridad, ¿verdad? Simplemente significa que tanto el asesino como mi cliente tocaron el martillo en algún momento sin relación ninguna. Dígame, ¿hay alguna otra huella en ese misterioso martillo?

—No —respondió Wattie—. Tan solo la del señor Cooper.

—¿En serio? —dijo Lomax con una sonrisa—. Qué conveniente.

Wattie se estaba metiendo en un embrollo y no había gran cosa que McCoy pudiese hacer al respecto. Lomax era el mejor abogado de la ciudad. Tan solo esperaba que Wattie lo enfocase todo como una cuestión de ida y vuelta, que no saliera malparado.

Wattie tomó su bolígrafo, apretó el botoncito varias veces. No era mala idea darse algo de tiempo. Dejó el bolígrafo. Miró a Cooper.

—¿Se vio usted involucrado en una pelea con el señor Dixon la noche del 13 de abril, la noche en que fue asesinado?

Cooper miró a McCoy. McCoy le sostuvo la mirada. Lomax parecía curiosamente aburrido.

—Seguramente querrá usted modificar la pregunta, señor Watson. Mi cliente no se vio involucrado en una pelea. Fue atacado a plena luz del día por el señor Dixon. —Lomax miró a McCoy. Sonrió—. Como podría testificar cualquiera de los allí presentes, ¿no es cierto, señor McCoy?

McCoy no dijo nada, apenas asintió.

—Lo siento —dijo Lomax—. No he oído su respuesta.

—Sí —dijo McCoy.

—Excelente —dijo Lomax—. Así pues, este es el escenario: mi cliente estaba disfrutando de su cena en el Malmaison con el detective Harry McCoy, de la policía de Glasgow, y —consultó sus notas y alzó las cejas— el excapitán de la Armada de Estados Unidos Andrew Stewart. Una compañía muy grata, a decir verdad. El tal Dixon apareció como salido de la nada e intentó acuchillarlo con una navaja. Eso no es precisamente lo que yo denominaría una pelea, ¿no le parece, señor Watson? Aunque tal vez podríamos solicitarle a su colega, el señor McCoy, que lo confirme. Después de todo, él estaba allí, ¿no es cierto?

Wattie no podría haber parecido más fuera de lugar aunque se lo hubiese propuesto. Volvió a ojear sus notas.

—¿Y dónde estuvo usted más tarde, esa misma noche, señor Cooper? —preguntó.

Lomax se disponía a responder cuando Cooper cerró los puños y golpeó el aire varias veces.

—En un combate de boxeo, con tu colega a un lado y el tipo de la Armada, Stewart, al otro. Después McCoy se las piró cuando la jodida sangre empezó a correr y nos fuimos a un casino. Estuvimos allí toda la noche. Volví a casa con una chica llamada Helen, no sé su apellido, se nos fue la cabeza y me desperté con una resaca del copón a las diez de la mañana del día siguiente. ¿Te parece bien?

McCoy supo que tenía que hablar; no era lo que quería, pero sabía que tenía que hacerlo.

—Pero en realidad no estuvo toda la noche en el casino —dijo McCoy—, ¿verdad?

Lomax alzó las cejas. Cooper parecía sorprendido.

McCoy prosiguió.

—Su amable testigo dice que desapareció durante unos cuarenta minutos a eso de las nueve y media. ¿Le importaría hablarnos de eso, señor Lomax? Aunque por su aspecto me da la impresión de que acabo de sorprenderle, ¿no es cierto?

Lomax no se inmutó. Llevaba demasiado tiempo en ese negocio como para dejar entrever nada. Pero Cooper no era tan bueno ocultando sus estados de ánimo: parecía cabreado. McCoy lo conocía como la palma de su mano y sabía que estaba enfadado. Se le estaban empezando a enrojecer un poco las mejillas. Sabía que si miraba por debajo de la mesa vería cómo estaba tamborileando con el pie en el sucio suelo de linóleo.

Cooper le señaló con el dedo.

—Por fin te has decidido a tender tu trampa, ¿eh?

Lomax tosió discretamente en su mano. Su señal habitual para darles a entender a sus clientes que cerrasen la puta boca.

—Cuarenta minutos desaparecido —dijo McCoy—. Tiempo más que suficiente para ir hasta Shettleston y ajustar algunas cuentas, ¿verdad, Stevie?

Lomax volvió a toser. McCoy sabía perfectamente que aquella advertencia no iba a funcionar. Lo sabía por el color que había adquirido el rostro de Cooper, por la fuerza con la que apretaba los puños.

—Que te jodan, McCoy —dijo—. Será mejor que tengas cuidado.

—Eso no es muy amable de tu parte, Stevie —replicó McCoy—. Tan solo te he hecho una pregunta.

Lomax se adelantó.

—Que mi cliente no tiene intención de contestar. Ahora, si nosotros…

—Fui a ver al pequeño Arthur Blake, el sastre de la plaza Saint Enoch —respondió Cooper—. Pregúntaselo. —Se puso en pie—. ¿Hemos acabado? —le preguntó a Lomax.

—Creo que sí —dijo Lomax mirando sus notas. Alzó la vista—. Señor Watson, usted es nuevo en estas lides, así que permítame darle un consejo. No vuelva a traer aquí a mi cliente para estas nimiedades. Y si lo hace, pídale a su colega aquí presente —señaló hacia McCoy con el mentón— que aprenda a comportarse. Buenos días.

Metió sus papeles en el maletín y se dispusieron a marcharse. McCoy miró a Cooper a los ojos. Parecía furioso, jodidamente furioso. Había visto antes esa mirada, aunque nunca dirigida a su persona. Tenía la desagradable sensación de haber cruzado una peligrosa línea.

—¡Esto no nos ha llevado a ninguna parte!

Sentenció Murray tras lo que Wattie acababa de explicarle en relación con el interrogatorio.

La cara de Wattie era un poema, no podría haber parecido más hecho polvo por mucho que lo hubiese intentado. Recogió su informe de la mesa de Murray y lo dejó en su regazo.

—Bueno, sabíamos cómo iban a ir las cosas —dijo McCoy, con la intención de minimizar el golpe.

—¿Estás seguro? —dijo Murray—. ¿Así es como afrontas ahora las cosas? ¿Rendirnos antes de empezar?

—Vamos, Murray, es el típico tira y afloja —respondió McCoy—. Es el tipo de cosas que Lomax domina con los ojos cerrados. Sabíamos a la perfección qué iba a pasar.

—No es de gran ayuda que seas la puñetera coartada de Cooper —dijo Murray—. ¿Cómo demonios te…?

—No lo soy —dijo McCoy—. Era el capitán quien estaba con él.

—¿Así lo entiendes tú, listillo? —replicó Murray—. Muy gracioso todo, ¿verdad? Te he dicho mil veces que te alejases de Cooper, pero ahora va en serio. Si la cosa llega a juicio, sabes que Lomax te utilizará. Le contará a todo el que quiera oírlo que el detective Harry McCoy, de la policía de Glasgow, pasó la noche con el principal sospechoso. A los periódicos les encantará. El detective y el delincuente. Amigos íntimos. Y si eso no funciona, puedes apostar tu culo a que lo utilizará como excusa para solicitar la anulación del juicio. ¿Cómo crees que entenderán todo el asunto en la calle Pitt?

Se recostó en su silla. No daba la impresión de estar muy contento. Empezó a llenar la cazoleta de su pipa con el maloliente tabaco de siempre.

—No creo que tenga que preocuparse nunca más por mi relación con Cooper —dijo McCoy.

—Bien —dijo Murray—. ¿Qué? ¿Habéis partido peras? Ya era hora.

Algo en McCoy se activó. Estaba harto de que Murray, allí sentado, hiciese que Wattie se sintiese una mierda, que él también se sintiese una mierda. Se acomodó en la silla y miró a Murray a los ojos. Y entonces lo soltó.

—No solo hemos partido peras. Ahora me odia y posiblemente irá a por mí. ¿Y sabe por qué? Porque usted me ha obligado a participar en este jueguecito de los cojones sin sentido alguno en la sala de interrogatorios. Si eso le alegra, entonces…

Ambos se dieron la vuelta cuando la puerta del despacho se abrió de golpe. Billy, el agente del mostrador de entrada, apareció con un papel en la mano.

—Ha explotado otra.

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