Muerte en abril
16 de abril de 1974 » Veinticuatro
Página 31 de 87
Veinticuatro
Daba la impresión de que una bola de derribo hubiese arrasado con las oficinas de la cervecera Tennent’s Caledonian. McCoy tosió, sacó un pañuelo del bolsillo y se lo llevó a la boca. No resultaba sencillo respirar con todo aquel polvo y humo. La entrada no era más que un agujero, las escaleras que ascendían no llevaban a ninguna parte, se detenían en el aire formando una maraña de cemento y varillas de acero. La bomba se había llevado por delante buena parte de la fachada del edificio, convirtiéndola en la pila de cascotes y tierra que cubría ahora la calle. Los camilleros estaban trasladando un cuerpo cubierto con una manta hacia el grupo de ambulancias detenidas al otro lado de la calzada. Uno de ellos miró a McCoy y negó con la cabeza. Era demasiado pronto para determinar el número de muertos, todavía estaban buscando entre los escombros de lo que habían sido las oficinas de los directivos de la empresa. Había un considerable charco de sangre reseca en el suelo, junto a los zapatos de McCoy, también un bolso abierto y monedas desperdigadas. Se hizo a un lado, no quería seguir mirando. La bomba que había hecho saltar en pedazos a Paul Watt o la que había explotado en el altar de la catedral no habían sido nada comparadas con esta. Daba la impresión de que se encontraban en zona de guerra.
La mayoría de los trabajadores estaban en el patio, un grupo desaliñado y cubierto de polvo se hallaba alineado junto a los brillantes depósitos de metal y las cañerías. Algunos de ellos lloraban, otros eran atendidos por los sanitarios de las ambulancias, los demás simplemente estaban allí, aturdidos. El informe inicial de los agentes uniformados allí presentes hablaba de unas veinte personas heridas, incluidos dos transeúntes. Habían confirmado tres muertes, aunque todo indicaba que habría algunas más. La mayoría de las heridas de poca importancia habían sido causadas por cristales que habían salido despedidos. Comprensible. McCoy pudo notar el crujido bajo sus pies al alzar la cinta que marcaba el perímetro de la zona acordonada y acercarse al edificio. El humo y el polvo eran allí aún más intensos. Incluso con el pañuelo en la boca no podía dejar de toser; el abrumador olor de la malta tampoco ayudaba.
La bomba había generado el caos en la hora punta de la tarde. La calle Duke era una de las principales rutas de la zona este que llevaban al centro de la ciudad. Los coches y los autobuses habían quedado detenidos a unos trescientos metros de distancia. No cesaban los gritos ni el sonido de las bocinas. Los agentes de tráfico corrían de un lado para otro intentando trazar rutas alternativas. Tras las cintas policiales se amontonaba la gente: trabajadores de regreso a sus casas, niños e incluso los ancianos y marginados que se reunían en el hotel Great Eastern habían dejado de interesarse en conseguir la botella de alcohol para esa noche y se habían acercado con el fin de enterarse de lo que estaba ocurriendo.
McCoy lo había leído un par de veces, pero todavía no podía creer lo que había escrito en el papel que tenía en la mano. Se trataba del mensaje de la persona que había llamado a la comisaría y que Billy había garabateado.
Los Hijos de los 51 son los responsables de las bombas de la cervecera de la calle Duke y de la catedral de Glasgow. Liberaremos a Escocia de la opresión del alcohol y de la influencia de los ocupantes extranjeros. Con nuestra ayuda, Escocia volverá a levantarse. Hoy es el primer día de la guerra de liberación.
Volvió a leerlo. Se preguntó qué demonios quería decir. Se preguntó quiénes eran los Hijos de los 51. Alzó la vista cuando uno de los camiones de bomberos giró hacia el edificio de oficinas y los hombres saltaron con mangueras en la mano en busca de una boca de riego. Leyó de nuevo el mensaje. Los periódicos no tardarían en enterarse. Cabía incluso la posibilidad de que también se hubiesen puesto en contacto con ellos y, cuando publicasen la noticia, todo se saldría de madre.
Al menos sabían para qué había estado construyendo bombas Paul Watt. Recordó el mensaje que podía leerse en el granero de la granja de Margo Lindsay: ESTÁS ENTRANDO EN EL ALBA LIBRE. ¿Tendrían algo que ver con esto? A lo mejor, la comuna era una especie de Brigada Escocesa de la Rabia. No le dio esa impresión, porque la gente allí parecían más bien hippies medio colocados, neorrurales, más dispuestos a sentarse de piernas cruzadas y discutir durante horas pasándose un porro que cualquier otra cosa. Seguía sin tener ni idea de por qué habían puesto una bomba en la catedral. ¿Qué tenía eso que ver con las fuerzas de ocupación enemigas? No le veía el sentido.
Un coche patrulla se detuvo al otro lado de la zona acordonada y Hughie Faulds salió de él, ignoró a los periodistas allí reunidos con un gesto de la mano. Un agente alzó la cinta policial para que pasase y Faulds se abrió paso entre los restos que cubrían la acera. Le dio la mano a McCoy.
—Dios santo, es como estar de vuelta en Belfast —dijo—. Pensaba que había dejado todo esto atrás.
McCoy le tendió el papel. Lo leyó y alzó la vista.
—¿En serio? —dijo—. La opresión del alcohol. ¿Están de guasa?
McCoy señaló hacia el edificio con el mentón.
—No lo parece.
—Joder —dijo Faulds—. ¿Tenéis alguna idea?
—Acabo de llegar —contestó McCoy—. ¿Puede ser el mismo tipo de bomba que la de la calle West Princes?
Faulds olisqueó.
—Vuelve a ser mezcla Co-op, pero siempre es lo mismo. Se puede apreciar por debajo del olor de la malta. ¿Lo oliste en la catedral?
McCoy asintió.
—¿Víctimas?
—Hasta ahora, tres muertos y un montón de heridos —dijo McCoy.
—Entonces, ¿se trata de algo serio? —preguntó Faulds.
—Es posible que te necesitemos. ¿Te parece bien?
—Si lo aclaráis con mi jefe. —Miró a McCoy, sonrió y asintió con la cabeza—. Ya lo habéis hecho, ¿no es cierto?
—¿Quieres entrar y echar un vistazo? —le preguntó McCoy.
Faulds volvió a pasar por debajo de la cinta policial y se dirigió hacia los bomberos que estaban agrupados frente al edificio. McCoy lo vio alejarse. Se había olvidado de preguntarle sobre Paul McVeigh y lo que Cooper le había dicho. Tendría que esperar hasta la próxima ocasión en que se encontrasen. Pensar en Cooper le llevó a rememorar lo que le había dicho a Murray en su despacho. Un momento de rabia del que se arrepentía. Lo que le había dicho era cierto, pero no lo había expresado de la mejor manera, de eso no cabía duda. Si Billy no hubiese llegado con la nota, estaba convencido de que Murray le hubiese metido un buen rapapolvo o incluso lo habría suspendido del servicio.
—Veintitrés heridos. Siete de gravedad. Tres muertos hasta el momento.
McCoy se dio la vuelta y vio a Wattie con su cuaderno en la mano.
—El guardia de seguridad de la recepción, un hombre que traía toallas de papel para los lavabos y una mujer que trabajaba en el departamento de contabilidad.
Cerró el cuaderno de golpe.
—Menuda mierda. Se han llevado a los más graves al Royal. A los demás los están tratando en el patio, en las ambulancias. La mayor parte de las heridas son cortes que necesitan puntos. —Miró a su alrededor—. ¿Ha llegado Murray?
McCoy negó con la cabeza.
—Ha ido directamente a la calle Pitt.
—Por suerte para usted —dijo Wattie. Guardó silencio durante un segundo—. Él cree que soy idiota, ¿a que sí?
—No. Cree que eres joven, lo cual es cierto, y cree que tienes que crecer un poco. No se equivoca, Wattie.
Wattie asintió.
—Con lo del bebé y todo eso he estado un poco perdido. Debería poner las cosas en su sitio, ¿no?
McCoy asintió. Eso esperaba.
—Sabes de coches, ¿verdad?
Wattie asintió.
—Un poco.
—¿Dónde puedo encontrar un mecánico donde reparen coches Daimler? —preguntó McCoy.
—Vaya. ¿Le ha tocado la quiniela? —preguntó Wattie.
—Ojalá. ¿Dónde?
—Por aquí solo hay un concesionario y un garaje para Daimler. Gauld’s. En el cruce del bulevar Mosspark y Paisley Road West.
—¿Has terminado aquí? —preguntó McCoy.
—Creo que sí —dijo Wattie.
—De acuerdo —dijo McCoy—. Faulds se está haciendo cargo, al menos él sabe de qué va esto. Los de la forense van a tardar siglos hasta tener algo concreto que decirnos.
Todavía se oían los bocinazos y los gritos que llegaban desde la calle.
—Y los agentes de tráfico están lidiando con todos esos cabrones ruidosos. Yo no puedo hacer gran cosa aquí, a decir verdad.
—Bien. Vamos a ver unos cuantos coches pijos. Este polvo me está jodiendo vivo.