Muerte en abril
16 de abril de 1974 » Veinticinco
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Veinticinco
McCoy no tenía ni idea de quiénes en Glasgow podían comprarse un Rolls-Royce o un Bentley, pero allí estaban, pulidos y brillantes, alineados tras el enorme escaparate.
—Ese es un Rolls-Royce Silver Phantom —dijo Wattie, señalando al otro lado del escaparate—. Y ese es un Corniche. No verá muchos de esos por ahí, y mucho menos en Glasgow.
McCoy asintió. No le interesaba gran cosa lo que le estaba explicando Wattie, pero parecía contento, parecía un niño frente a una juguetería la víspera de Navidad. McCoy no necesitaba que Wattie le llevase, podría haber ido solo, pero le dio un poco de lástima. Le había puesto ganas al interrogatorio y McCoy no creía que lo hubiese hecho tan mal, por eso no entendía por qué Murray había sido tan duro con él. No recordaba si Murray se había comportado así cuando él empezaba. Seguramente sí, pero McCoy nunca había sido tan ingenuo como Wattie. Más bien lo contrario, de hecho. Cínico, pensando siempre en la peor de las posibilidades.
—¿Cuánto cuestan estos trastos? —preguntó.
Wattie señaló hacia uno de los discretos distintivos junto a un coche plateado.
—Trece mil libras —dijo.
—¿Cómo? —saltó McCoy—. ¡Puedes comprar una casa del copón con ese dinero!
—Así es, pero no puedes ir por ahí conduciendo una casa —dijo Wattie.
Ambos entendieron al instante lo estúpidas que habían sonado esas palabras. Rieron con ganas.
—Vamos —dijo McCoy—. Echemos un vistazo más de cerca a esos carromatos.
McCoy dio por supuesto que no tenían la pinta de posibles compradores de Rolls Royce, probablemente ese fue el motivo de que el vendedor se les acercase con un gesto de desagrado, como si estuviese oliendo mierda.
—¿Puedo ayudarles en algo, caballeros? —les preguntó.
McCoy sacó su tarjeta identificativa y se la mostró.
—¿Tienen aquí un Daimler en reparación? De color dorado, a nombre de Lindsay.
El vendedor regresó a su escritorio y ojeó uno de sus libros de contabilidad. Cuando McCoy se dio la vuelta para hablar con Wattie, vio que se había desplazado hasta la otra punta del concesionario, encandilado con un descapotable de gran tamaño. Murray estaba en lo cierto. Tenía que crecer de una maldita vez.
—Lo teníamos —dijo el vendedor alzando la vista—. Daimler Majestic, 1968. Pintura dorada, interior rojo. Bonito coche, de los que no suelen verse todos los…
—¿Lo tenían? —preguntó McCoy.
Al vendedor no le hizo gracia que le interrumpiese.
—Sí. Una lástima, pero se lo llevaron hará cosa de media hora.
—Mierda —dijo McCoy—. ¿Quién se lo llevó?
—En esta ocasión, fue el propio coronel Lindsay. Vino con un joven amigo suyo. Por lo general, suele enviar a un chófer. Fue muy amable, me dijo…
—¿En qué consistió la reparación? —preguntó McCoy.
Otra interrupción. Se le notó un poco más molesto.
—No llegamos a hacerle nada —dijo—. Estaba previsto que tanto la reparación como la limpieza a fondo la realizásemos mañana. El coronel dijo que tenía que recuperarlo urgentemente. Cambio de planes.
—Y tenía que hacerlo ahora —dijo McCoy—. ¿Puedo usar su teléfono? ¿Tiene el número de matrícula?
El vendedor lo apuntó en un papel, se lo entregó y señaló el aparato que había sobre una mesa junto al escaparate.
—Puede usar ese de ahí, en la mesa pequeña —dijo, como si McCoy no mereciese nada mejor.
McCoy telefoneó a la comisaría.
—Billy, soy McCoy. Estoy con Faulds. Necesito que transmitas una orden. Hay que detener un coche, un Daimler Majestic. Color dorado. La matrícula es: Alfa, Noviembre, Papa, tres, seis, dos, Hotel.
Escuchó a Billy repetir las letras y los números.
—Correcto. Está relacionado con la bomba de esta tarde, así que es prioritario, ¿de acuerdo?
Colgó el teléfono, pero, al alejarse, el aparato empezó a sonar. Regresó hasta la mesita, tomó el auricular y escuchó.
—Lo tengo. Voy para allá.
Colgó de nuevo. Gritó:
—¡Wattie! ¡Vámonos!