Muerte en abril
16 de abril de 1974 » Veintiséis
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Veintiséis
Estaba oscureciendo cuando llegaron. Pudieron ver las luces delante de ellos en la carretera, a un kilómetro y medio de distancia más o menos. Una mezcla de luces azules girando y de fuertes focos. Billy le había telefoneado de inmediato porque los agentes de tráfico ya se habían fijado en el Daimler ANP 362H dorado. Se había visto involucrado en un grave accidente en la carretera secundaria que llevaba de Lambhill a Milngavie. Ya habían llegado los bomberos y las ambulancias.
Un agente se dirigió a ellos para que se detuviesen a un lado de la carretera, trescientos metros más adelante, cerca del lugar del accidente. Wattie detuvo el coche detrás de un coche patrulla y apagó el motor. Salieron del coche justo en el momento en el que les alcanzó el agente y les tendió la mano.
—Jimmy Reed —dijo.
McCoy le correspondió el saludo y le dijo sus nombres. Echaron a andar hacia las luces.
—Llamaron hará cosa de una hora —informó Reed—. Al parecer, el conductor perdió el control. Se estamparon de frente contra un árbol. Muy desagradable.
—¿Ha muerto? —preguntó Wattie.
Reed negó con la cabeza.
—El conductor está vivo, ha quedado atrapado en el asiento. Su acompañante, sí. Salió disparado por el parabrisas. Seguramente se rompió el cuello al topar contra el suelo. Un tipo joven, no más de veinte años.
El olor a gasolina se hizo más intenso cuando se acercaron. Empezó a sonar un fuerte chirrido, el sonido del metal contra el metal.
—Van a intentar sacar al conductor —dijo Reed—. Es posible que tenga rotas las dos piernas. Por aquí.
Alzó la cinta policial y caminaron por entre los camiones de bomberos hasta llegar al círculo de luz que creaban los focos alrededor del coche destrozado. A McCoy no le apetecía acercarse más, pero necesitaba asegurarse de que se trataba de Lindsay. El chirrido lo causaba una sierra circular que uno de los bomberos había apoyado sobre la bisagra de la retorcida y sanguinolenta puerta del coche. El bombero gruñó, presionó la sierra con más fuerza y el chirrido se hizo más intenso hasta que cayó la puerta, golpeando contra el suelo.
De repente, McCoy pudo ver una pierna doblada de un modo antinatural, con unos pantalones color caqui rasgados y empapados en sangre. Apartó la vista al instante.
—¡De acuerdo, aquí lo tenemos! —gritó el bombero.
Un par de paramédicos acercaron al coche una camilla todo lo que pudieron.
—A la de tres —dijo uno de ellos—. Sin prisa, pero con firmeza.
Rodearon el coche, se inclinaron hacia delante y agarraron al conductor. El bombero los miró a todos. Asintió.
—¡Tres!
Lentamente extrajeron el cuerpo del interior del coche.
Las dos piernas del conductor estaban destrozadas, no parecían sostenerse del modo adecuado. Aparte de eso, no parecía en mal estado. Tan solo pequeños cortes en la cara y las manos debido a los cristales del parabrisas. Cuando lo colocaron bajo la luz, McCoy pudo fijarse en el familiar cabello corto y pelirrojo. Era Lindsay. Vio que la sangre goteaba de su pierna, de un rojo brillante bajo las luces, y se apartó. Ya había visto suficiente.
Se alejó del círculo de luz y encendió un cigarrillo. Vio cómo transportaban la camilla hacia la parte trasera de una de las ambulancias y la metían en ella.
—Bueno, quién lo diría.
Se dio la vuelta y se topó con el doctor Purdie. Traje, corbata y maletín de cuero. McCoy estaba acostumbrado a verlo en el apartamento de Cooper, con el abrigo sobre el pijama, requerido en mitad de la noche para tratar la herida de alguno de los miembros de la banda y de ese modo poder reducir parte de sus pérdidas en las apuestas. Lo del traje y la corbata sorprendió a McCoy y debió de notarse en su cara.
—Vivo aquí al lado —dijo Purdie, señalando hacia el camino de acceso a una casa con las luces encendidas—. Acababa de aparcar el coche cuando pasó. ¿No tendrá un cigarrillo? Mi esposa no me deja fumar en casa.
McCoy le tendió su paquete y encendió uno de los cigarrillos. La luz de la cerilla iluminó la sangre seca de sus manos.
—Gracias —dijo—. No suele ocuparse de accidentes de tráfico, ¿verdad? Un poco por debajo de su nivel, ¿no?
—Depende de quién conduzca —contestó McCoy—. Hablando de eso, ¿sobrevivirá?
Purdie aspiró por entre los dientes.
—Eso creo. Ha tenido suerte de que yo estuviese aquí. De no haber sido así, no habría salido adelante. La pierna derecha ha quedado aplastada. Sangraba mucho. Logré detener la hemorragia, le hice un torniquete. Se habría desangrado en diez minutos. —Sonrió—. Fue bastante emocionante, a decir verdad. No me había encargado de una urgencia desde hacía años. Creo que ha vuelto a despertarme el interés.
—No se me ocurre nada peor —dijo McCoy.
—Sí, sé que no le gustan mucho las vísceras ni la sangre. Aparte de las piernas, el resto parece en su sitio. Lo sedé en cuanto pude, antes de que se despertase del golpe y empezase a sentir dolor. Si la ambulancia no se detiene, llegará al Royal en veinte minutos.
En cuanto pronunció esas palabras, la ambulancia se puso en marcha y aceleró de camino a Glasgow con la sirena encendida. La vieron desaparecer tras una curva.
—Es posible que tengan que amputarle la pierna derecha, pero si no hay complicaciones se pondrá bien.
—¿Y el acompañante? —preguntó McCoy.
—Esa es otra historia, por desgracia —dijo Purdie—. Se rompió el cuello. ¿Quiere verlo?
McCoy no quiso, pero tenía que saber de quién se trataba.
—¿Está muy mal?
Purdie sonrió.
—No hay sangre, se lo aseguro. Venga.
Llevó a McCoy más allá del coche, que en ese momento los mecánicos estaban intentando levantar, y recorrieron cincuenta metros. Un agente se encontraba junto a lo que parecían un puñado de mantas sobre la carretera. Asintió cuando se acercaron y Purdie agarró un extremo de una de las mantas.
—¿Listo? —preguntó.
McCoy asintió y Purdie tiró de la manta. Era el joven que le había llevado de vuelta al coche atravesando la zona de bosque en la finca de Lindsay. Su cabeza dibujaba un curioso ángulo, pero más allá de eso y de un chichón en la frente parecía normal. Purdie no le había engañado. Nada de sangre. Asintió y Purdie volvió a cubrir el cuerpo.
—¿Lo ha reconocido? —preguntó.
—Lo había visto, pero no sé su nombre.
—Qué lástima —dijo Purdie—. Es un muchacho. Llama la atención que ninguno de los dos lleve encima documento de identidad alguno. Parecen comandos en zona de guerra.
—¿Qué quiere decir? —preguntó McCoy.
—Como cuando los lanzaban tras las líneas enemigas, en paracaídas. Tenían que asegurarse de no llevar documentos o fotos familiares, nada que pudiese ayudar a los alemanes a identificarlos. —Sonrió—. Demasiados tebeos de guerra cuando era pequeño. —Se miró las manos—. Será mejor que me vaya a casa y me lave.
McCoy le vio alejarse de vuelta hacia las luces. El coche ya estaba encima del camión grúa. La carretera quedaría despejada en una media hora, volverían a abrirla al tráfico, como si nada hubiese ocurrido.
Vio a Purdie dándole la mano a Wattie y señalando hacia donde se encontraba McCoy. Wattie saludó con la mano y se acercó hasta allí. Hora de marcharse. No podían hacer gran cosa hasta la mañana siguiente.
Soldados en guerra, pensó McCoy. Que Dios los pillase confesados.