Muerte en abril

Muerte en abril


17 de abril de 1974 » Veintisiete

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Veintisiete

—Despierta, cabrón.

McCoy se incorporó, con el corazón en la garganta. Había imaginado la situación, pero igualmente le sorprendió ver quién estaba sentado a los pies de la cama. El pulso se le aceleró un poco más. Supo que era él incluso en la penumbra que ofrecía la luz de las farolas que llegaba de la calle colándose por la ventana. Habría reconocido aquella corpulenta silueta en cualquier parte. Stevie Cooper.

—¿Stevie? —preguntó—. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo has entrado?

—Hoy te sentiste el listo de la clase, ¿no? Allí sentado, en la sala de interrogatorios, con tu sonrisita de superioridad. Sin decir nada…

—Stevie, yo…

—Pero entonces soltaste tu bomba.

McCoy parpadeó varias veces, intentando despejarse. No podía ver la cara de Cooper en las sombras, no podía descifrar hasta qué punto estaba metido en un problema. Podía oír, eso sí, el tamborileo de sus botas contra el suelo. No era una buena señal.

—¿Quieres joderme, McCoy? ¿Quieres clavarle una puñalada a tu viejo amigo?

McCoy negó con la cabeza.

—¿No? —dijo Cooper—. ¿Estás seguro? Porque es la impresión que me ha dado.

Cooper se sentó un poco más cerca. La luz de la ventana ahora iluminaba su cara. Parecía tranquilo, sin las mejillas sonrosadas.

—Tuve que hacerlo, Stevie. Es mi trabajo. Murray me habría matado si…

—El bueno de Murray, ¿eh? ¿Qué es eso que suele decirte? Un perro no puede servir a dos amos.

—No os sirvo a ninguno de los dos —dijo McCoy con rabia.

—Es posible —dijo Cooper.

—Si has sido lo bastante estúpido como para dejar una huella en ese martillo, ¿qué se supone que tengo que hacer yo? ¿Pasarlo por alto?

—Yo no lo hice —respondió Cooper—. Lo hizo Billy. —Se puso de pie—. ¿Quieres una taza de té?

Diez minutos más tarde, McCoy, con pantalones de vestir y camiseta, estaba sentado a la mesa de la cocina bebiendo una taza de un té realmente bueno. Cooper, sentado frente a él, hacía lo mismo.

—No sabía que eras capaz de preparar un buen té.

—Hay muchas cosas que no sabes de mí, McCoy. Ese es tu problema. Crees que lo sabes todo de todo el mundo.

—¿Billy? —preguntó McCoy—. No lo entiendo.

—Espera un poco —dijo Cooper—. Primero tengo que saber algo. ¿Estarás a mi lado si te necesito?

McCoy lo miró.

—Stevie, soy policía…

—¿Sí o no? —preguntó Cooper.

McCoy no tuvo que pensárselo.

—Sí —dijo—. ¿Estás contento?

Lo estaba. Una gran sonrisa se dibujó en el rostro de Cooper. Así de sencillo. Se reclinó hacia atrás, echó mano de una botella de whisky llena hasta la mitad que había en la encimera y sirvió una considerable cantidad en ambas tazas. Alzó la suya.

McCoy brindó con él.

—Salud.

Tomó un buen trago de whisky con té. No estaba tan mal.

—De acuerdo. Cuéntame. ¿Billy?

—Yo no maté a Jamsie Dixon. No soy tan estúpido. Y tampoco fui a ver al pequeño Arthur, el sastre.

—¿Adónde fuiste? —preguntó McCoy.

—Fui a ver a Brian Oliver.

McCoy lo miró anonadado.

—¿Te acuerdas de cuando me enviaron al Kibble después de pegarle un puñetazo al padre Hannigan?

McCoy no lo recordaba. Cooper no dejaba de darle puñetazos a quien estuviera al cargo, resultaba difícil seguirle la pista en ese sentido, pero aun así asintió.

—Brian Oliver también estaba allí. Lo habían encerrado por robar un paquete de cigarrillos en un quiosco. Es un buen tipo, siempre lo ha sido. Ahora trabaja para William Norton.

McCoy conocía bastante bien a William Norton, pero seguía sin entender la referencia.

—Cuando estaba en Aberdeen, en la cárcel, Billy fue a visitarme.

—Lo sé —dijo McCoy—. Me dijo que se te había ido la olla, que no parabas de hablar de Jamsie Dixon.

Cooper apoyó la espalda en el respaldo de la silla.

—¿En serio? Pues lo cierto es que ni siquiera le mencioné a Jamsie Dixon. Lo único que hicimos fue hablar de negocios. Le comenté que quería algunos boxeadores, eso fue todo. Pero eso no es lo importante.

—¿Y qué lo es? —preguntó McCoy.

—Cuando volví a la celda, habían instalado a un tipo nuevo allí. De Glasgow. Malky Arnott.

—Dios bendito, mala suerte. Lo detuve en varias ocasiones. ¿Sigue siendo un cabroncete?

—Sí. Es un mamón. Me dijo: «No sabía que eras amigo de Willie Norton». Yo le dije que no lo era y él comentó: «Bueno, pues tu colega sí». Me contó que había estado en Glasgow un par de semanas atrás, en una de las noches de póquer de Billy Chan, y Billy estaba allí con Norton, sentado a su mesa, en plan amiguetes.

—A lo mejor solo fue cosa de esa noche —dijo McCoy. Pensó durante unos segundos—. Espera. La última vez que vi a William Norton estaba subiendo el sendero de tu casa, dispuesto a charlar contigo. ¿Qué pasó?

—Lo que pasó fue que después de diez minutos le dije que se fuese a la mierda. El viejo cabrón se creía que todavía era un gran hombre, hablándome de lo que podría hacer por él. Buscaba un número dos, no un socio. Y Billy estuvo allí todo el rato, escuchándolo.

—Mierda —dijo McCoy. Entendía qué pretendía decirle.

—Profundizando un poco más, al parecer, Norton se presentaba en casa mientras estuve en Aberdeen. Me lo dijo Iris.

—¿Oyó algo?

Cooper negó con la cabeza.

—Billy es demasiado listo para eso. La enviaba a hacer recados o a buscar dinero al contable cada vez que él estaba allí. Por eso, el sábado por la noche salí del casino y fui a ver a Brian Oliver. Me encontré con él en el Dunbar’s, un sitio al que no va ninguno de esos cabrones. Me dijo que Billy y Norton eran ahora buenos amigos, que hablaban del futuro, de lo que iban a hacer juntos.

—Sin ti.

Cooper asintió.

—Sin mí.

—Así que adiós a Jamsie Dixon, tú eres el principal sospechoso y ahí está el martillo como prueba.

—Y me meten en la trena los próximos veinte años.

—Dios santo —dijo McCoy—. No imaginaba que Billy tuviese arrestos para hacer algo así.

—No los tiene —replicó Cooper—. Pero Norton sí, y le prometió a Billy que sería su segundo. Le calentó la cabeza con esas mierdas. El muy estúpido no fue capaz siquiera de organizar bien lo del martillo. Lomax me librará de eso.

—¿De dónde ha salido el martillo? —preguntó McCoy.

—Oh, el martillo es mío. Cuando Ellie y yo nos mudamos a la casa lo usé mucho, para colgar cuadros, para arreglar el suelo del dormitorio pequeño. Cosas de esas.

—¿Y Billy te ayudó?

Cooper asintió.

—Sabía dónde encontrarlo, sabía que tendría, como mínimo, una huella mía. El problema era que no iba a estar en la sangre.

McCoy asintió. Las probabilidades de acusar a Cooper del asesinato utilizando el martillo como prueba eran escasas, por no decir algo peor.

—¿Qué piensas hacer?

—Me largaré durante un par de días —dijo Cooper—. Tengo cosas que hacer.

—¿Adónde vas a ir?

—¿Recuerdas que te hablé de la Brigada de los Golpes, de la cárcel?

McCoy asintió.

—Cuando me tumbaron y empezaron a darme golpes, me sentí indefenso como hacía mucho tiempo que no me sentía; desde aquel sótano con el padre Kelly, cuando juré que no volvería a pasarme. Que nada ni nadie me haría sentir así otra vez, nadie volvería a joderme de ese modo. Que iba a joder a todo el mundo antes de que volviesen a joderme a mi. —Se puso en pie—. Pues ahí es adonde voy a ir. A asegurarme de que no vuelve a pasar.

McCoy oyó cómo se cerraba la puerta de la calle. Se acercó a la ventana y vio a Cooper caminar calle abajo, con las manos en los bolsillos. Se quedó allí durante un rato, bebiendo el whisky con té, siendo testigo de la salida del sol. No se cambiaría por Billy Weir ni por todo el oro del mundo.

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