Muerte en abril

Muerte en abril


17 de abril de 1974 » Veintiocho

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Veintiocho

McCoy bostezó. No fue capaz de volver a dormirse cuando Cooper se marchó. Estaba demasiado nervioso, la mente le iba a mil por hora. Lamentaba haber tomado el whisky con té, la úlcera le estaba matando y ahora se encontraba fuera del depósito de vehículos observando cómo un capullo con bata de laboratorio tomaba muestras de sangre del destrozado Daimler. Quería saber si Donny Stewart había montado en el coche después de haber resultado herido por el estallido de la bomba en el apartamento, quería saberlo antes de ir a ver a Lindsay al hospital.

Al capullo con la bata de laboratorio no le había hecho ninguna gracia que lo sacasen de su escondrijo en el laboratorio, pero a McCoy le había importado bien poco. No tenía ninguna necesidad de ir hasta el depósito de coches y observar el proceso, pero estaba evitando ir a la comisaría. Todavía no había hablado con Murray y no quería hacerlo hasta tener algo concreto que contarle.

Si podía vincular a Donny Stewart con las bombas y el coche de Lindsay, probablemente conseguiría una orden judicial para entrar en la casa grande. Así podría descubrir qué demonios ocurría con aquella especie de ejército privado. Tenía el pálpito de que todo estaba conectado. Los chicos del cuartel eran los mismos que había visto en casa de Lindsay, Donny Stewart, los Hijos de los 51, quienes cojones fuesen. Pero debía descubrir cuál era la conexión antes de que explotase otra bomba. Comprobó la hora. Las nueve y media. Se suponía que tenía que encontrarse con Faulds a las diez en la cervecera.

—¿Has acabado? —gritó.

El capullo de la bata de laboratorio alzó la vista.

—Diez minutos.

—Bien —dijo McCoy—. Quiero los resultados en mi mesa a la hora de comer. Prioridad absoluta.

El capullo de la bata de laboratorio asintió y retomó la actividad con sus pequeños recipientes para meterlos todos en una caja. Incluso a esa distancia, McCoy pudo ver cómo mascullaba entre dientes «gilipollas».

La calle Duke estaba abierta al tráfico de nuevo, pero solo uno de los carriles. A McCoy le llevó un rato llegar desde la calle High. Daba la impresión de que los semáforos provisionales dejaban pasar a un solo coche en cada turno. Tamborileó con las manos sobre el volante. Se preguntó adónde habría ido Cooper. Recordó que tenía que llamar al hotel Central en cuanto tuviese el resultado de los análisis de sangre. Debía poner al corriente a Stewart.

Los semáforos provisionales cambiaron de nuevo y McCoy pudo avanzar. Accedió al patio de la cervecera y aparcó allí. Faulds estaba apoyado en su coche, resoplando. Vio a Cooper cuando entró en el patio y le saludó con la mano. McCoy salió del coche. Todavía podía sentir el crujido del polvo de cristal bajo los pies. Se acercó a Faulds.

—Y bien, señor experto en bombas, ¿qué me vas a contar?

—Experto en bombas, una mierda —dijo Faulds—. Sois demasiado tacaños para conseguir uno de los verdaderos expertos de Belfast.

—Eso es cierto —reconoció McCoy—. Nos ha tocado el torpe, qué le vamos a hacer.

—No seas cabrón —dijo Faulds con una sonrisa—. Ven conmigo.

Salieron del patio a la acera de la calle que había sido acordonada. Se detuvieron frente al edificio derruido.

—Como te dije, es mezcla Co-op. Esta mañana llegaron los resultados del laboratorio. Una cantidad considerable, unos dos kilos y medio, diría yo. La que explotó en el apartamento era mucho más pequeña, no debía de llegar al kilo. Y la de la catedral, todavía menos.

—¿Las hizo la misma persona? —preguntó McCoy.

Faulds se encogió de hombros.

—Es difícil decirlo. O bien el tipo del apartamento consiguió hacer varios artefactos y distribuirlos antes de volar por los aires, o bien le enseñó a alguien a hacerlos. Alguien menos incompetente que él, cabe suponer.

—Joder —dijo McCoy—. ¿Así que van a explotar más bombas?

—Es probable —respondió Faulds—. La bomba de la catedral empieza a tener toda la pinta de ser una especie de prueba de cara a objetivos mayores. Parece más el primer paso que el último.

—¿Alguna otra cosa que puedas contarme? —preguntó McCoy.

—Por suerte para la mayoría de los que estaban en el edificio, no la colocó muy bien. Creo que la dejó en los escalones delante de la puerta, la mayor parte de la explosión destrozó cristales y los lanzó por todas partes. Si la hubiese metido dentro del edificio, en la escalinata principal, o cerca de un muro de carga, el edificio al completo se habría venido abajo y las víctimas habrían sido muchas más.

—¿Y fue fruto de la incompetencia o fue deliberado? —preguntó McCoy.

—No puedo contestarte. Tal vez se disponía a entrar, pero le dio miedo y la dejó allí. A lo mejor el guardia de seguridad que estaba en el mostrador lo detuvo. No creo que lleguemos a saberlo nunca.

—A menos que encontremos al tipo de las bombas —dijo McCoy—. O, más probablemente, los tipos de las bombas. Tengo que pillarlos antes de que pongan otra.

—Pues sí —dijo Faulds—. ¿Cómo lo vas a gestionar?

—Por fortuna, con toda probabilidad las cosas habrán cambiado a última hora del día, porque es posible que sepamos muchas más cosas. ¿Qué vas a hacer hoy?

—Los de la Brigada Especial quieren echarle otro vistazo a esto. Voy a encontrarme esta tarde con uno de ellos que viene en avión desde Londres.

—Genial —dijo McCoy—. Los muy cabrones dijeron que no había que preocuparse de esto y ahora van a venir para hacer que parezcamos estúpidos y darse importancia.

Faulds sonrió.

—Señor McCoy, me entristece y desagrada su actitud con relación a nuestros compañeros al servicio de la ley.

—Sí, claro —dijo McCoy. Entonces se acordó—. Ah, por cierto, ¿quién es Paul McVeigh?

Faulds se dio la vuelta y le miró a los ojos. Ahora no sonreía.

—¿Por qué me lo preguntas?

—Un colega me dijo que te lo preguntase.

—¿Qué colega? —preguntó Faulds—. ¿Quién?

A McCoy no le gustó el giro que estaba dando la conversación.

—Ahora no me acuerdo —dijo.

Ambos sabían que estaba mintiendo.

—¿Y qué más te dijo ese colega? —preguntó Faulds.

—Me dijo que tenías que andarte con cuidado.

—¿Es una amenaza?

—Espera un segundo, Faulds. No fui yo el que lo dijo y ni siquiera sé quién es el tal Paul McVeigh. Así que no la tomes conmigo. Creía que te iba a hacer un favor.

—Qué colegas tan curiosos tienes, McCoy —dijo Faulds—. ¿Has estado tratando con los chicos del IRA? ¿Es eso?

—Venga ya, Faulds…

Faulds se le acercó y dejó su cara a escasos centímetros de la de McCoy. Le clavó el dedo índice en el hombro. Con fuerza.

—Será mejor que tú también tengas cuidado, McCoy. Recuerda de qué lado estás. —Lo apartó de un empujón y se dirigió a su coche.

—¡Faulds! —gritó McCoy—. ¡Venga, hombre! ¡Vuelve aquí!

Pero Faulds lo ignoró, se metió en el coche, cerró la puerta y se marchó.

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