Muerte en abril

Muerte en abril


17 de abril de 1974 » Veintinueve

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Veintinueve

Wattie estaba sentado tras su escritorio cuando McCoy llegó a la comisaría. A pesar del ruido de los teléfonos, y de que Thomson no paraba de maldecir porque alguien se había terminado toda la leche, y de que en la radio sonase «Waterloo» a todo volumen, Wattie guardaba silencio, mirando al infinito, con un montón de colillas en el cenicero que tenía delante y una pila de archivos en el suelo, junto al escritorio.

—¿Estás ocupado? —preguntó McCoy. Se sentó y le dio un bocado al bollo de Chelsea que acababa de comprar en City Bakeries.

Wattie parpadeó un par de veces. Volvió en sí.

—¡McCoy! Lo siento, tenía la cabeza en las nubes.

—¿Pensabas en tu hermoso vástago? —preguntó McCoy, intentando no dejar caer migas encima de la mesa.

—No. Él está bien. Llora toda la noche, después sonríe y se carcajea durante todo el día. Nos está volviendo locos. Pero le estaba dando vueltas a cuál es el siguiente movimiento en el caso del maldito Jamsie Dixon.

—¿Ir de puerta en puerta ha servido para algo? —preguntó McCoy.

Wattie negó con la cabeza.

—Nada de nada. Nadie vio nada, nadie oyó nada.

—No me sorprende en Shettleston —dijo McCoy mientras hacía una bola con el papel de la pastelería y la lanzaba a la papelera—. No es precisamente la zona de Glasgow en que más aprecian a la policía.

—Y no voy a sacar nada de Stevie Cooper y Lomax.

—Nadie lo consigue. Por eso Lomax cobra lo que cobra. Les ha comido la moral a hombres más preparados que tú y que yo —dijo McCoy. Se planteó la posibilidad de contarle lo de Billy Weir, pero no supo cómo hacerlo—. ¿Y los de la forense? —preguntó.

—Una mierda de ayuda —dijo Wattie—. Sé qué cenó Dixon esa noche, pero no me sirve para nada.

—¿Qué cenó? —preguntó McCoy—. ¿Un bistec? ¿Caviar? ¿Un poco de pescado?

—Un segundo —dijo Wattie, rebuscando entre las carpetas. Encontró la que buscaba y la abrió—. Aquí está. Nada muy lujoso. Un perrito caliente, posiblemente dos, cebollas fritas y pan.

McCoy se recostó en la silla y reflexionó durante unos segundos.

—¿Dónde compró Jamsie Dixon esas cosas? —preguntó.

—¿En el cine? —respondió Wattie—. Allí venden perritos calientes.

McCoy negó con la cabeza.

—No venden cebolla frita en el cine, lo apestaría todo.

—Tal vez lo cocinó él —dijo Wattie.

—¿Jamsie Dixon? —exclamó McCoy—. No creo que haya entrado en una cocina en…

Se detuvo en seco.

—¿Qué? —preguntó Wattie—. ¿Qué pasa?

—Las casetas —dijo McCoy—. La feria. Venden perritos calientes y cebolla. En uno de esos carritos. Puedes olerlo a un kilómetro de distancia.

—¿Para qué iría Jamsie Dixon a la feria? —preguntó Wattie—. No tiene hijos.

—No —dijo McCoy—. A lo mejor Patsy Hearne y sus amigos no nos contaron toda la verdad sobre aquella noche.

—¿Sus conocidos del Edrom? —preguntó Wattie.

McCoy asintió.

—Podríamos ir a verlos más tarde. Mientras tanto, ¿por qué no compruebas las cafeterías que hay cerca de la casa de Jamsie en Shettleston? Asegúrate de que en ninguno de esos sitios le prepararon un perrito caliente especial esa noche.

Wattie asintió. Se levantó para ir en busca de las Páginas Amarillas que estaban en el armario del pasillo. McCoy encendió un cigarrillo y comprobó los mensajes de teléfono que le habían dejado sobre su escritorio. Dos de Stewart, en el Central. En uno de los papelitos podía leerse: «Por favor, devolver la llamada». Un mensaje de la calle Pitt sobre algo relacionado con formación, que nunca iba a molestarse en responder, y un mensaje de Kenny Barnes de la Brigada Especial. ¿Podrían verse? Su tren llegaba a las siete.

Wattie regresó con las Páginas Amarillas en la mano y las soltó sobre el revoltijo de cosas que tenía en la mesa.

—¿Ha venido alguien del laboratorio preguntando por mí? —preguntó McCoy—. ¿Un tipo con cara de gilipollas?

—Mierda, lo siento —dijo Wattie. Empezó a rebuscar entre las cosas del escritorio. Lo encontró—. Llamó hará una media hora. Encontraron sangre A negativo en el asiento de atrás. Signifique eso lo que signifique.

—¡Sí, señor! —gritó McCoy alzando el puño por encima de la cabeza—. Ya lo tenemos. ¿Te apetece una bonita visita al hospital?

El Royal estaba ubicado en la parte más alta de la ciudad, cerca de la catedral, y al igual que esta se trataba de un edificio monumental, formado por torres y grandes entradas, con sus piedras ennegrecidas por siglos de humo y polvo provenientes de las cercanas fábricas del East End.

McCoy tenía la impresión de haber pasado la mitad de su vida laboral en ese lugar. Ya fuese llevando a borrachos a Urgencias los viernes por la noche, cuando hacía la ronda, o interrogando a sospechosos esposados al cabezal metálico de una cama en habitaciones custodiadas.

Lindsay estaba en el ala John Slater, en la segunda planta. Se metieron en el ascensor con una mujer de mediana edad que llevaba un ramo de flores en una mano y un niño pequeño muy inquieto en la otra. Apretó el botón de planta.

—¿Qué tal se encuentra Mary?

—Ha convencido a su madre para que se quede con el pequeñajo tres días a la semana. Hoy ha ido al Record para ver si puede trabajar a tiempo parcial.

—No está mal. ¿Y tú qué piensas de eso? —preguntó McCoy cuando salieron al largo y aséptico pasillo.

—Creo que si quiere volver, si eso la hace feliz, tiene que volver. Además, Duggie adora a su abuela. Tiene un perrito, se pasa el rato encima de él cuando estamos allí. No creo que al perro le haga mucha gracia, la verdad.

Encontraron el ala correspondiente y una enfermera les indicó cómo llegar a la habitación privada. Estaban a punto de abrir la puerta cuando un hombre mayor de raza india, con bata blanca y un estetoscopio alrededor del cuello, salió de la habitación.

—¿Puedo ayudarles, caballeros? —preguntó.

McCoy le mostró su identificación policial.

—Queremos hablar un momento con el señor Lindsay —dijo. Leyó lo que indicaba la chapa en el pecho del hombre—. Doctor Basu.

El doctor Basu sonrió.

—Me temo que no va a ser posible —dijo—. Al señor Lindsay se le ha amputado una pierna por debajo de la rodilla hará cosa de una hora. A duras penas despertará de la sedación esta tarde y necesitará tiempo para recuperarse.

McCoy asintió. No podía hacer mucho más. Si estaba inconsciente, estaba inconsciente.

—¿Podremos hablar con él en algún momento?

—Mañana, a última hora de la tarde como muy pronto. Habrá que tener paciencia.

—Pero está bien, ¿no? —preguntó McCoy.

El doctor suspiró.

—Me gustaría decir que sí, pero pronto cumplirá sesenta años, ha sufrido un horrible accidente de coche y se le ha practicado una intervención importante. Vamos a tener que vigilarlo. Llame mañana por la mañana y le pondré al corriente de cómo van las cosas.

Se despidió y echó a andar por el pasillo.

—¿Y ahora qué? —preguntó Wattie.

McCoy comprobó la hora en su reloj.

—Demasiado pronto para ir a ver a Patsy Hearne. Podríamos acercarnos a agitar un poco la jaula de Meiklejohn.

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