Muerte en abril

Muerte en abril


17 de abril de 1974 » Treinta

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Treinta

Meiklejohn estaba realizando algo así como una clase de gimnasia cuando llegaron. Les pidió que se sentasen, les dijo que no iba a tardar mucho. Wattie y McCoy se acomodaron en un banco al fondo del gimnasio, apoyados contra las espalderas. Los diez adolescentes que participaban en aquella clase realizaron diferentes ejercicios. Saltos, flexiones, esa clase de cosas. A McCoy le resultaba agotador el mero hecho de ver cómo se esforzaban.

—¿Alguna vez se planteó alistarse en el ejército? —le preguntó Wattie.

—No —dijo McCoy—. En la policía ya hay suficientes idiotas que te dicen lo que tienes que hacer. En el ejército es mil veces peor. ¿Y tú?

Wattie asintió.

—Me lo pensé cuando estaba en el instituto, pero mi padre se negó en redondo. Me dijo que no tenía ninguna intención de que me fuese a combatir en alguna guerra imperialista para favorecer a un puñado de cerdos capitalistas.

McCoy lo miró a los ojos.

—¿Cómo? ¿Llámame Ken dijo algo así?

—Sí, señor —respondió Wattie—. Mi padre tiene el carnet del Partido Comunista de Gran Bretaña.

—¡Quién lo hubiera dicho! —exclamó McCoy.

—Pues sí. Ahora ya no le pone mucha energía, pero tendría que haberlo visto cuando era más joven. Se pasaba el día organizando manifestaciones contra Sudáfrica, el CND. Era enlace sindical y eso, el pack al completo.

—¿Qué opinó cuando te hiciste policía?

—No le gustó, pero me dijo que era mejor que convertirme en carne de cañón para los propietarios de los astilleros.

Observaron a los muchachos durante un rato. A McCoy no le resultaba sencillo asimilar toda esa nueva información sobre el pasado de Llámame Ken. Podría no haberlo sabido nunca. Meiklejohn parecía un buen profesor, los chicos bromeaban y se reían con él, disfrutando de la sesión. Detuvo las risas y se dedicó a animar a un muchacho grueso, con la cara roja y sudorosa, que intentaba hacer sentadillas.

A lo mejor Wattie estaba en lo cierto, a lo mejor McCoy se había pasado un poco el otro día. A lo mejor Meiklejohn era un buen tipo, a lo mejor le había regalado el libro a Paul Watt porque creía que le resultaría interesante. Meiklejohn silbó, les dijo a los chicos que habían acabado y que se fuesen a las duchas. McCoy se puso en pie. Era el momento de descubrirlo.

Cinco minutos más tarde, estaban los tres en el diminuto despacho de Meiklejohn. La luz penetraba por la ventana, iluminando las fotografías que colgaban de la pared. Meiklejohn estaba sudado, tenía el pelo húmedo a la altura del cuello debido a los ejercicios gimnásticos. Se sentó y les ofreció té.

—No, gracias —dijo McCoy.

Se levantó y se sirvió un vaso de agua, bebió la mitad de un trago y dejó el vaso en el fregadero. Después volvió a sentarse.

—No soy tan joven ni estoy tan en forma como antes —dijo—. ¿En qué puedo ayudarles?

McCoy metió la mano en el bolsillo, sacó una fotografía y se la tendió. Meiklejohn la agarró, le echó un vistazo y alzó la vista.

—Es uno de sus chicos —dijo McCoy—. Como habrá notado por el extraño ángulo, se rompió el cuello.

Meiklejohn tragó saliva. La foto quedó colgando de su mano.

—Murió en un accidente de coche ayer por la tarde. El coche lo conducía el coronel Angus Lindsay. Lindsay está en el hospital. Ha quedado un poco maltrecho, pero creen que saldrá adelante.

—¿Por qué me ha enseñado esta foto? —preguntó Meiklejohn.

—Porque la cosa se ha puesto seria —dijo McCoy—. Dos jóvenes que usted conocía, que pertenecían a su grupo de reservistas, han acabado muertos. Necesito saber qué está pasando exactamente entre usted, Lindsay y esos muchachos.

Meiklejohn no dijo nada.

—Pasé por Knockland House, en Dunoon. Me dio la impresión de que sus muchachos actuaban como si perteneciesen a una especie de ejército privado para Lindsay. Los reconocí porque los había visto el otro día aquí, pintando. ¿De qué va todo esto?

Meiklejohn permaneció impasible. Estaba blanco, daba la impresión de estar a punto de vomitar o de desmayarse.

—De acuerdo —dijo McCoy. Empezaba a perder la paciencia—. Se lo voy a poner un poco más fácil. ¿Se los está follando usted, se los folla Lindsay o se los follan los dos?

Notó que Wattie contenía el aliento. Pudo oír el tráfico en el exterior.

Meiklejohn se puso en pie de un salto, corrió hasta el fregadero y vomitó el agua. Se quedó de pie, temblando, jadeando, esperando a que regresasen las arcadas.

McCoy presionó un poco más.

—Voy a proponerle algo, Meiklejohn. Cuénteme lo que sabe ahora y veré lo que puedo hacer. Si no quiere, nos lo llevaremos a la comisaría y alguien mucho más antipático que yo se encargará de hacerle las preguntas sobre los muchachos de catorce años que tiene rondando por aquí.

Meiklejohn no se movió. Agarraba con fuerza el fregadero, con la cara pálida como una sábana.

—Última oportunidad —dijo McCoy. Esperó unos segundos—. De acuerdo, se acabó. —Se dispuso a levantarse.

Meiklejohn se dio la vuelta con los ojos anegados en lágrimas.

—Se equivoca.

—¿Está seguro? —preguntó McCoy—. Bien, dígame por qué.

Meiklejohn se sentó en la silla. Mantuvo la cabeza gacha, con la vista clavada en sus zapatillas de deporte, sin atreverse a mirarlos.

—No soy un pervertido. No me interesan los adolescentes. Nunca me han interesado. Soy instructor militar. Y soy bueno en lo que hago. Se me dan bien los nuevos reclutas. Recuerdo muy bien cómo me fueron las cosas a mí. Me alistaron en el ejército cuando tenía dieciséis años. Sé por lo que tienen que pasar. Los ayudo a convertirse en buenos soldados. —Alzó la vista—. Pero eso es todo.

—Paul Watt —dijo McCoy.

Meiklejohn se enjugó las lágrimas.

—Paul Watt era un alma perdida. No era capaz de encontrar su lugar en el mundo. Quería enrolarse en el ejército. —Sonrió—. Jamás lo habrían aceptado. No tenía coordinación de ningún tipo, ni fuerza, ni habilidades. Nada de lo que el ejército necesita. Sentía lástima por él. Le compré ese libro cuando me dijo que estaba interesado en la historia de Escocia. Eso es todo. —Se echó hacia atrás el cabello húmedo—. No debería haberlo hecho. Lo sé. Hay que andarse con mucho cuidado en el ejército. La gente suele interpretar cualquier pequeño gesto por algo que no es en realidad. Especialmente, cuando trabajas con jóvenes. Tienes que ser escrupuloso y yo no lo fui. Ahora lo lamento. Pero, créanme, no guarda ninguna relación con lo que usted ha dicho, se lo prometo. Cualquier acusación de ese tipo, aunque no sea cierta, provocaría que me expulsasen. Le pido, le suplico, que por favor no lleve este asunto más lejos.

McCoy recostó la espalda. Lo gracioso del asunto era que le creía. No sabía por qué, pero su historia sonaba verosímil. Y, siendo sincero, no disponía de prueba alguna que indicase lo contrario. Sin embargo, estaba dispuesto a hacer algo que no era en absoluto agradable. Tenía que hacerlo.

—El coronel Angus Lindsay. Cuéntenos todo lo que sepa y nos largaremos de aquí y no volverá a vernos.

Meiklejohn le miró como un perro apaleado. Asintió.

—¿Sabe algo de Lindsay?

McCoy negó con la cabeza.

—Es un soldado increíble. Sirvió en la Segunda Guerra Mundial, en Malasia, en Kenia, en todo tipo de zonas en conflicto. Lo han condecorado tantas veces que es difícil llevar la cuenta. Los Highlanders fue su primer regimiento, así que cuando supe que había vuelto a Escocia, le escribí. Le pedí si podía venir y darles una charla a los chicos. Me contestó diciendo que lo haría encantado. A los chicos les entusiasmó, es un gran orador, muy inspirador. Creí que ahí acabaría la cosa.

—¿Qué pasó después? —le preguntó McCoy.

—Después supe que había invitado a algunos de los chicos a su finca. Se ofreció para enseñarles sobre el terreno, esa clase de cosas. La mayoría no tardaron en pasar por allí los fines de semana. Al principio, me gustó mucho la idea. Muchos de esos chicos nunca habían salido de Glasgow, así que pensé que era algo bueno para ellos ir al campo, tener nuevas experiencias. —Recogió su vaso del suelo y le dio unos sorbitos—. Pero hace unas semanas, a Colin Kennedy, uno de los chicos, se le hizo tarde y no llegó a tiempo para tomar la furgoneta que los lleva allí. Vino aquí y me preguntó si podía llevarlo. Estaba desesperado, no quería perderse el fin de semana en la finca. Así que lo llevé. —Se detuvo. Volvió a echarse el pelo hacia atrás—. Y cuando llegué allí, me di cuenta de lo que realmente estaba pasando. Tiene usted razón. Ha montado una especie de ejército privado. Uniformes diferentes, una nueva estructura de mando, devoción total a Lindsay. Era como si les hubiese lavado el cerebro.

—Lo vi —dijo McCoy.

—Entonces entiende a qué me refiero. Así que me encaré a Lindsay, le dije que me daba la impresión de que estaban yendo demasiado lejos.

—¿Y?

—Se quedó quieto, con dos de mis chicos flanqueándole, con cara de póquer y aquellas puñeteras camisetas DEFENS, y me dijo que saliese de sus tierras inmediatamente o llamaría a la policía. Le repliqué que no fuese ridículo, pero él les hizo un gesto a los dos muchachos y me echaron a patadas de la finca. ¡Mis chicos! —Negó con la cabeza—. No podía creerlo. No me reconocieron, ni siquiera me dirigieron la palabra. La mitad de ellos no se hicieron cadetes ni volvieron a los reservistas nunca más. Se lo comenté a mi superior, pero me dijo que exageraba. Vino a decir que estaba celoso de que los chicos tuviesen una mejor relación con un gran soldado.

—¿Paul Watt era uno de ellos? —preguntó McCoy.

Meiklejohn asintió.

—Cayó en sus redes, de pies a cabeza. Seguramente, sintió que había encontrado su sitio. Hablé con él, pero me dijo que yo era irrelevante, que el Ejército británico era una pérdida de tiempo.

—¿Cómo alguien como él acabó construyendo una bomba? —preguntó McCoy.

Meiklejohn negó con la cabeza.

—No tengo ni idea. Nunca hubiera dicho que fuese capaz de hacer algo así. ¿Está seguro de que fue él?

McCoy y Wattie le dejaron sentado en su despacho. Le prometieron que no llevarían el asunto más lejos y salieron en busca del coche. McCoy no paraba de darle vueltas a lo que Meiklejohn les había dicho.

—¿Le cree? —le preguntó Wattie.

—Me parece que sí —dijo McCoy—. ¿Y tú?

Wattie asintió.

—Sí.

Subieron al coche y Wattie puso en marcha el motor. McCoy encendió un cigarrillo mientras se alejaban del cuartel camino del West End. Tenía una extraña sensación en la boca del estómago. Tal vez lo habían entendido todo mal. Tal vez Paul Watt no había sido quien había montado las bombas. Tal vez explotó cuando la llevaba consigo o la estaba metiendo en una bolsa o algo así. Tal vez habían buscado en la dirección equivocada. Tal vez Donny Stewart no era simplemente un marinero fuera de servicio. Tal vez era un marinero fuera de servicio que seguía construyendo bombas para matar a más personas.

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