Muerte en abril

Muerte en abril


17 de abril de 1974 » Treinta y uno

Página 39 de 87

Treinta y uno

La feria se extendía a lo largo de un buen pedazo de Glasgow Green. Tiovivos, platillos voladores, caballitos, autos de choque, casetas de tiro, patitos flotantes. No resultaba de gran ayuda que el lugar estuviese abarrotado de gente. Montones de adolescentes dando vueltas mirándose unos a otros, buscando pelea o rollo. Niños pequeños con los ojos como platos arrastrados por sus madres y padres, las caras sonrosadas y pegajosas debido al algodón de azúcar y a las manzanas de caramelo, y con globos en sus gordezuelas manos. En cada caseta sonaba una música diferente. «Waterloo», «Metal Guru», «Billy, Don’t Be A Hero». Definitivamente, Jamsie Dixon podría haber comido allí su última cena. El olor de las cebollas fritas y de la grasa caliente lo impregnaba todo, flotaba sobre la feria al completo.

McCoy y Wattie caminaban por allí un poco aturdidos, buscando a Patsy entre los que se encontraban en la parte de atrás de los autos de choque, saltando de uno a otro, y los que ofrecían los rifles gritando que todo el mundo podía conseguir un premio. Tardaron un rato en verlo. Estaba al lado del tiovivo, yendo de un cochecito a otro mientras giraban, agarrando la parte de atrás para darles vueltas, provocando que las niñas gritasen y riesen. Solo Dios sabía cómo era posible que no se hubiese caído ya y roto la crisma.

Lo observaron trabajar y esperaron a que acabase el trayecto. Todo empezó a ralentizarse hasta detenerse por completo. Se alzaron las barras, los pasajeros salieron medio mareados hasta pisar tierra firme. McCoy gritó con fuerza «¡Patsy!», entre el final del tema «Drive-In Saturday» y el principio de «Billy, Don’t Be A Hero» y Patsy los saludó con la mano.

—¡Haré un descanso dentro de diez minutos, Harry! —gritó cuando se acomodaron los nuevos ocupantes de la atracción y bajaron las barras de seguridad.

McCoy asintió y se sentaron en el límite de un tiovivo más pequeño para niños. Encendió un cigarrillo.

—¿Quiere probar su puntería? —preguntó Wattie señalando con el mentón hacia una caseta de tiro.

McCoy negó con la cabeza.

—Ni hablar. Están todos amañados.

—¿En serio? —dijo Wattie. Se mantuvo sentado durante unos segundos, pero al poco empezó a cacarear y a hacer gestos con los brazos, arriba y abajo.

McCoy sacudió la cabeza.

—Si te has creído que por llamarme gallina vas a provocarme para que compita contigo…, estás en lo cierto —dijo poniéndose en pie—. Saca tu dinero, Watson.

Para cuando Patsy fue a buscarlos, los dos se habían gastado ya un par de libras y Wattie tenía bajo el brazo un llamativo oso de peluche de color amarillo. Sonreía ampliamente.

Patsy asintió en dirección al oso.

—¿No me digas que habéis venido aquí para jugar a indios y vaqueros?

McCoy negó con la cabeza.

—Tengo que hablar contigo, Patsy. ¿Podemos ir a algún sitio?

Patsy los guio por la parte de atrás de las atracciones, en dirección al río. Había unas diez caravanas aparcadas formando un círculo. Llegaron hasta allí y Patsy abrió la puerta de una de ellas, blanca y plateada, y les invitó a entrar.

—Es de Tommy. No le importará si la usamos un rato. Su señora está donde los patos, no hay nadie.

Wattie y McCoy entraron y echaron un vistazo alrededor. A todos los efectos, parecía un palacio en miniatura. Todo estaba impecable. Asientos de felpa marrón, la moqueta y las cortinas a juego, animales decorativos en el alféizar de la ventana. Una mesita de café en el centro, con un gran jarrón y flores artificiales. Todo en su justo sitio.

—Sentaos, colegas —dijo Patsy, señalando uno de los bancos acolchados. Lo hicieron y Patsy se instaló en el que estaba enfrente, se inclinó hacia delante y abrió un cajón de la mesita de café. Sacó un cenicero de ónice.

—¿Qué puedo hacer por vosotros? —preguntó tras encender un cigarrillo.

—No pareces muy sorprendido de vernos —dijo McCoy.

Patsy sonrió.

—La gente como nosotros estamos acostumbrados a que la bofia venga a visitarnos.

—¿Eso es lo que somos ahora? ¿La bofia? —dijo McCoy.

Patsy se encogió de hombros.

—Bueno, no da la impresión de que hayáis venido para tomarnos esa copa de la que hablamos, ¿verdad?

—De acuerdo —dijo McCoy—. Jamsie Dixon. No solo lo visteis en el pub la noche en que lo mataron, ¿no es cierto? Esa noche estuvo aquí.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Patsy, sorprendido.

—Como tú has dicho —respondió McCoy—, somos la bofia. ¿Qué estuvo haciendo aquí?

Patsy suspiró.

—Vino a recaudar.

—¿A recaudar qué?

—¿Tú qué crees? Dinero.

—¿Para qué? —preguntó McCoy.

—Para asegurarse de que estas caravanas no ardiesen misteriosamente en mitad de la noche o de que nadie destrozase las atracciones. Recogí el dinero de todo el mundo. Para nosotros es un buen momento, ganamos bastante pasta en esta época del año. No podríamos permitirnos cerrar si nos jodiesen las atracciones, así que decidimos pagar.

—¿Para quién recaudaba el dinero? —preguntó McCoy.

Patsy se encogió de hombros.

—No lo sé. Solo nos dijo lo que pasaría si no pagábamos.

—¿Y le creísteis? —preguntó McCoy.

—Por supuesto que sí —repuso Patsy—. Ya sabes cómo era Jamsie Dixon. Ganaba dinero zurrando a la gente, rompiendo cosas. Además, por si no lo teníamos claro, el tiovivo de los niños, en el que estabais sentados antes, dejó de funcionar la noche que hablamos con él. Cortaron los cables eléctricos. Se jodió el invento.

—¿Por qué no me lo contaste? —preguntó McCoy.

Patsy se echó a reír.

—Tú eres buen tío, McCoy, pero el resto de los polis que he conocido en mi vida me han tratado como una mierda. Somos gitanos, y por lo tanto mentirosos y ladrones, así nos ven. Somos los primeros a los que culpan siempre. Les quitamos el pan de la boca a vuestros hijos. Era más fácil no decirte nada. —Asintió en dirección a Wattie—. Y a él no lo conozco. Cuanto menos sepa de nuestros negocios, mejor.

—Gracias —dijo Wattie.

—No te ofendas, pero así son las cosas, amigo. Tenemos que andarnos con cuidado.

—¿Estás seguro de que no tuvisteis nada que ver con su muerte? —preguntó McCoy.

Patsy se santiguó.

—Que me muera ahora mismo.

—Si me estás mintiendo, Patsy, lo descubriré y volveré —dijo McCoy—. Y no lo haré como amigo.

Patsy asintió. Wattie y McCoy se pusieron en pie para marcharse.

—¿Tienes hijos? —preguntó Patsy señalando hacia el oso que Wattie llevaba bajo el brazo.

Wattie asintió.

—Un bebé.

—Pues, por lo que más quieras, no se lo des. Los traemos de China, veinte por una libra. Tienen grapas y chinchetas para unir las partes. Es la hostia de peligroso.

Salieron de la caravana y regresaron al jaleo y a los olores de la feria. Wattie tiró el oso de peluche en la primera papelera con la que se cruzaron.

—Me alegro de que me lo haya dicho —dijo—. Mary me habría matado. ¿Adónde vamos ahora?

—Creo que por hoy ya has cumplido. Vete a casa y juega con tu hijo.

—¿Qué va a hacer usted? —preguntó Wattie.

—Déjame en el centro. He quedado con un tipo de la Brigada Especial. Menuda suerte la mía.

Ir a la siguiente página

Report Page