Muerte en abril
17 de abril de 1974 » Treinta y dos
Página 40 de 87
Treinta y dos
Kenny Barnes era bajo para ser policía, enjuto. Pelo rizado de color castaño. Traje marrón de raya diplomática, camisa marrón y corbata verde oscuro. McCoy había dado por supuesto que venía de Londres, pero llegó en el tren de Manchester, con una bolsa de deporte Adidas en una mano y un pequeño puro en la otra.
—¿Todo bien, colega? —preguntó al acercarse a McCoy. Resultaba evidente que era londinense—. La cafetería del puñetero tren estaba cerrada. Me muero por un trago. Tengo la boca como la puta suela de un zapato. ¿Adónde vamos?
McCoy señaló hacia la calle Waterloo.
—Hay un local aquí cerca, el Admiral. Tienen una cerveza decente.
Barnes asintió y echaron a andar calle arriba. Barnes iba dándole caladas a su puro.
—¿Vienes de Manchester? —preguntó McCoy.
Barnes asintió.
—Es mi penitencia. ¿Has estado alguna vez? Es un puto basurero. Está lleno de mancunianos, básicamente.
Tiene gracia, pensó McCoy.
—Es aquí —dijo antes de abrir la puerta del Admiral.
El habitual olor a cerveza y humo de tabaco salió a su encuentro, así como el parloteo de los parroquianos. Como siempre, el Admiral presentaba una mezcla de oficinistas tomándose una copa antes de volver a casa, pasajeros de la estación de tren y algún que otro cliente fijo.
Barnes encontró una mesa junto a la pared y McCoy se acercó a la barra. No tenía muchas ganas de que se les echara la noche encima. Según su experiencia, los tipos de la Brigada Especial se creían seres superiores, por encima de los policías normales, y no les importaba demostrarlo. Barnes parecía encajar bastante con el perfil. Un tipo listo, bocazas para más señas. El barman dejó las cervezas en la barra y McCoy las llevó a la mesa, preguntándose cuánto tiempo tardaría en librarse de Barnes y de su apestoso puro.
—Salud, colega —dijo Barnes dando un trago—. Lo necesitaba.
—¿Qué estabas haciendo en Manchester? —preguntó McCoy con la intención de entablar conversación.
—Cosas —dijo Barnes.
De acuerdo, pensó McCoy. Si Barnes creía que su trabajo era demasiado importante como para no compartir sus opiniones con alguien como él, podría largarse de allí antes de lo previsto.
Barnes sacó un paquete de puritos Hamlet del bolsillo, tomó uno y le quitó el celofán que lo envolvía.
—Muy bien —dijo McCoy—. Seguro que estás al corriente de la mayor parte de lo que ha pasado aquí, pero igualmente te pongo al día. Hasta ahora han explotado tres bombas. Una en un apartamento, que mató a quien presuntamente la había hecho, y otra en el interior de la catedral. La más grande la dejaron en la puerta de la cervecera Tennent’s Caledonian. Mató a tres personas e hirió a muchas más. Recibimos una llamada de un grupo que se hace llamar… —Se detuvo. Vio que Barnes se había recostado en su silla y le sonreía con suficiencia—. ¿Qué sucede? —preguntó McCoy.
Barnes le dio una calada a su purito, exhaló el espeso humo, y McCoy no pudo ver su cara durante unos segundos.
—Me importa bien poco un tarado al que le ha dado por volar una cervecera. No me importa una mierda, colega. Cuantos más escoceses se maten entre sí, mejor. —Se inclinó hacia delante y miró a McCoy a los ojos—. Lo que realmente quiero saber es por qué estás pasando mensajes amenazadores del IRA a un compañero policía.
McCoy se echó hacia atrás. Eso no se lo esperaba. Y no tuvo duda alguna de quién había echado a rodar esa bola de mierda. Decidió pasar al ataque.
—¿Quién es Paul McVeigh? —preguntó.
—Paul McVeigh era un impresentable del IRA.
—¿Era?
—Sí —dijo Barnes—. Muerto y enterrado. Tuvo lo que se merecía. Aunque es posible que tú no lo entiendas del mismo modo, ¿o sí, colega?
—¿Qué estás haciendo aquí, Barnes? —preguntó McCoy.
—Creo que te lo he dejado bien claro. Aunque a lo mejor no, así que volveré a decírtelo. Estoy aquí para preguntarte por qué estás pasando amenazas del IRA. Y todavía no me has respondido.
—Yo nunca he pasado nada de nadie —replicó McCoy.
—No es eso lo que dice Faulds. Me contó que le dijiste que tuviese cuidado. —Otra nube de humo de puro—. ¿Cómo supiste que tenías que decirle eso?
McCoy tuvo la impresión, de repente, de que se había metido en un problema, un problema de los gordos.
Barnes suspiró.
—Ya ha pasado con anterioridad, colega. No es la primera vez que te observamos a ti y a tus putos amiguitos católicos. El año pasado fuiste a Belfast al funeral de Seamus Cooper, un conocido miembro del IRA provisional, de la División West Belfast. Los Chicos Grandes. Incluso pasaste por el velatorio para presentar tus respetos. Por lo que me han dicho, te pusiste a cantar con ellos «The Men Behind The Wire». ¿Por qué estabas allí?
—Amigo de la familia —respondió McCoy—. Nada más. Y no canté.
—No, no es cierto —dijo Barnes—. Eres un puto mentiroso. Ni siquiera tienes familia, tan solo una madre que está chalada, en un psiquiátrico. Eso sí, eres muy aficionado a contar mierdas, ¿verdad, McCoy? Le dijiste a Faulds que no podías recordar quién te había hablado de Paul McVeigh, ¿cierto?
McCoy no respondió.
Barnes se inclinó hacia delante.
—¿Cierto?
McCoy asintió.
—Ese eres tú, McCoy. Afirmas ser policía, un madero de los buenos, pero no eres más que un traidor mentiroso que apoya al IRA. Y ahora estás intentando quedarte conmigo.
McCoy le dio un trago a su cerveza. El miedo le había secado la boca.
—¿Qué? —dijo Barnes—. ¿Te crees que no sé quién te lo dijo? —Negó con la cabeza—. Te tengo pillada la matrícula, McCoy. Ve a buscarme algo de beber antes de que decida si animarme la tarde acabando contigo.
McCoy se puso en pie y se dirigió a la barra. Se dio cuenta de que le temblaban las manos. Pidió dos pintas y un whisky doble. Se tomó el whisky de un trago antes de regresar a la mesa. Barnes tenía una sonrisa dibujada en la cara cuando dejó las cervezas.
—Estás jodido, McCoy —dijo—. Podría darte la vuelta como un calcetín. A lo mejor te llevo en avión a Aldergrove para entregarte al Servicio Especial de Barcos y dejarles que te lleven a dar una vueltecita en uno de esos helicópteros sin marcas hasta Black Rock, para que hagan lo que mejor se les da. Hacen mierda a los traidores como tú. Porque eso es lo que te mereces.
—Lo has entendido todo mal —dijo McCoy—. No sé nada del IRA ni de Paul McVeigh. Faulds es amigo. Solo intentaba ayudarle al decirle que tuviese cuidado.
Se dio cuenta de lo estúpidas que habían sonado sus palabras. De haberlo dicho Barnes, no se lo habría creído. No sabía qué otra cosa hacer.
—¿Sabes qué pienso de todo esto? —preguntó Barnes—. Creo que es un puñado de mierda. Solo hay un modo de que puedas salir de esta, McCoy.
—¿Cuál? —preguntó.
Barnes sonrió.
—Muy sencillo. Regresas junto a tu amigo Cooper, descubres todo lo que sabe sobre Paul McVeigh y nos lo cuentas.
—No creo que Cooper sepa nada, él no…
Se detuvo. Barnes había alzado el índice y se lo había llevado a la boca.
—Shh… No quiero oír tus putas excusas. Consigue información de Cooper o estás acabado. ¿No lees los periódicos? Tus amigos y tú habéis puesto bombas en Londres y Birmingham. Eso no está bien, la gente se ha asustado. Estos días, los jueces no ven con muy buenos ojos a los del IRA. Hay serias posibilidades de que todavía les haga menos gracia que un agente de policía esté ejecutando por ellos el trabajo sucio. Te sacarán de circulación durante años. Años. ¿Entiendes bien lo que te estoy diciendo?
McCoy asintió.
—Sí, señor Barnes. Lo entiendo —dijo Barnes—. Dilo.
—Sí, señor Barnes. Lo entiendo —repitió McCoy con un evidente sentimiento de indefensión.
Barnes se puso de pie.
—No sé por qué, pero que amenacen a la gente siempre me pone jodidamente cachondo. Tienes suerte de no ser mi tipo. ¿Dónde puedo encontrar alguna zorra con buenas tetas que le guste el cachondeo?
—Blythswood Square —contestó McCoy—. En la parte alta del cerro.
Barnes salió del pub dejando un rastro de olor a puritos baratos tras él.
McCoy se quedó allí sentado durante media hora más, bebiendo e intentando calmarse. De todas las cosas que había hecho en su vida que podrían haberle comportado problemas, hablar con Faulds era la última que se habría imaginado. Creía que le estaba haciendo un favor a Faulds, no señalándose a sí mismo como traidor. No iba a funcionar de ningún modo. Cooper no estaba interesado en el IRA, no estaba en su onda. No estaba al corriente de los planes del IRA y no le importaban lo más mínimo.
Por muchas vueltas que le diera al asunto, sabía que estaba bien jodido. Barnes era lo bastante malo y lo bastante listo como para lograr que un par de coincidencias pareciesen algo siniestro. No tenía ninguna duda de que le pondría en un verdadero apuro si no conseguía algo.
Tal vez debería hablar con Faulds. Aunque cabía la posibilidad de que Faulds no quisiera hablar con él si creía que era algo así como un simpatizante del IRA. No podía acudir a Murray. A lo mejor podría pedirle a Cooper que le preguntase a su tío, que descubriese algo que pudiese servirle. Pero sabía que ese no sería el punto final, que las cosas no funcionaban así. Una vez que te tenían agarrado, no dejaban de pedirte más y más.
Cuanto más lo pensaba, más se convencía de que debía contactar con Faulds. Obviamente, se lo había contado a alguien de la Brigada Especial en cuanto McCoy habló con él. ¿Cómo era posible que Faulds tuviese línea abierta con la Brigada Especial? A lo mejor Cooper estaba en lo cierto, a lo mejor Faulds había sido algo más que un simple policía en Belfast. McCoy estaba seguro de algo: su única esperanza radicaba en descubrirlo.