Muerte en abril

Muerte en abril


18 de abril de 1974 » Treinta y tres

Página 42 de 87

Treinta y tres

McCoy no durmió gran cosa. No pudo dejar de pensar en Faulds y Barnes en toda la noche. Tiró la toalla a eso de las seis, se levantó y preparó té. Vio salir el sol por encima de las grúas de la calle. Decidió que tenía que hacer una lista de todas las cosas pendientes para esa jornada.

Encontrar a Faulds y borrarlo de la ecuación.

¡BOMBAS!

Hablar con Stewart, comprobar si Lindsay está consciente.

¿Posibles nuevos objetivos? ¿Otras cerveceras en la ciudad?

Dejó el bolígrafo sobre la mesa y se sentó mirando al infinito. No sabía qué podía vincular a Lindsay con Donny Stewart. No sabía qué estaba pasando con las bombas. Tampoco sabía qué tramaba Cooper, tanto si había matado a Jamsie Dixon como si no. Y le dolía el estómago.

De repente, le vino una idea a la cabeza. Si Patsy y la gente de las atracciones habían pagado a Jamsie Dixon aquella noche, ¿adónde había ido a parar el dinero? No lo llevaba encima cuando lo encontraron, tenía su billetera pero no había ningún dinero. A lo mejor Patsy no le había contado toda la verdad, a lo mejor le pagaron y después le estuvieron esperando en el patio del edificio, lo mataron y recuperaron el dinero. Tenía sentido, hasta cierto punto, pero si habían ido así las cosas, ¿por qué Cooper estaba tan seguro de que se lo había cargado Billy? No podía descartarse la posibilidad de que lo hubiese hecho el propio Cooper. Para tratarse de un asesinato sin sospechosos, daba la impresión de que ahora había un desagradable montón de ellos.

Tendría que dejar solo a Wattie un par de días. Ninguna de las personas relacionadas con el caso de Jamsie Dixon iba a moverse y tenía que encargarse de Faulds y Lindsay lo antes posible. Se acabó el té, enjuagó la taza en el fregadero y se puso una camisa y unos pantalones. Se metió en el bolsillo la botella de Pepto-Bismol que había comprado y salió de casa.

La calle Gardner estaba en calma, apenas había nadie a esas horas. Bajó hacia el centro. El sol empezaba a calentar. Ya no cabía duda, la primavera había llegado. Compró un paquete de Embassy en el quiosco de la esquina de Dumbarton Road, logró detener un taxi que acababa de dejar a alguien en Partick Station. Le dijo al taxista que lo llevase a la calle Tobago.

En sus primeros tiempos como policía, había estado destinado en Eastern. No le había gustado nada. La comisaría estaba llena de policías que aceptaban sobornos y miraban para otro lado. El peor de todos había sido el que le asignaron como compañero, Bernie Raeburn. Ahora era detective privado. Seguro que seguía tan incompetente como lo había sido cuando era policía. Encendió un cigarrillo, se recostó en el asiento y vio pasar las calles de Glasgow bajo los primeros rayos de la mañana, preguntándose qué iba a decirle a Faulds. Habían sido buenos amigos antes de que se marchase a Belfast; creía que todavía seguían siéndolo. Había supuesto que, en caso de haber algún problema entre ellos, hablaría con él en lugar de irle con el cuento a los de la Brigada Especial. Una prueba más de lo equivocado que podía llegar a estar, se dijo.

El taxi se detuvo en la calle Tobago y McCoy se apeó. Le echó un vistazo a la fachada de su antigua comisaría. El edificio daba la impresión de hallarse en las últimas. Se rumoreaba que no iban a tardar en echar el cierre durante una buena temporada. A él no le entristecería esa posibilidad. Estaba a punto de entrar cuando se abrió la puerta y apareció Callum, su antiguo sargento.

—¿Cómo van las cosas, Callum? —preguntó McCoy.

No esperaba gran cosa de él, una sencilla respuesta le habría valido. No le dijo nada. Callum se limitó a mirarlo con desdén.

—Menuda cara dura tienes apareciendo por aquí, McCoy —dijo—. ¿Qué quieres?

—Estoy buscando a Faulds —respondió. Ni siquiera se molestó en responder a la provocación. Callum era uno de los peores elementos de aquella comisaría, tenía una bonita casa en Bishopbriggs que no podría haberse permitido comprar con su sueldo de policía ni en un millón de años.

—Se fue a London Road hace unos diez minutos —comentó Callum—. Dijo que iba a comer algo.

McCoy se disponía a darle las gracias, pero Callum ya había cerrado la puerta.

Por lo visto, todo el mundo tenía algo contra él en ese momento, pensó McCoy al echar a andar por London Road. Y eso que Callum no estaba al corriente de los últimos acontecimientos. Si él fuese Faulds, habría ido en busca de una freiduría, como la que había al otro lado de la esquina. El Milk Churn. Por lo que a McCoy respectaba, el Milk Churn había sido la única cosa buena de estar destinado en Eastern. Era una pequeña cafetería, que antes había sido una vaquería, en la que servían sopa, bocadillos y buenas fritangas. Lo regentaban dos hermanas y estaba abierto todo el día, los siete días de la semana.

McCoy acertó en su suposición. Al acercarse allí vio a Faulds sentado a una mesa al lado de la ventana. Tenía el Daily Record desplegado frente a sí por la sección de deportes, apoyado en los botes de salsa; a un lado, un plato con uno de esos desayunos que servían allí a cualquier hora. Se estaba llevando una tostada a la boca cuando vio a McCoy cruzando la calle. McCoy le hizo un gesto con la mano, pero Faulds no respondió. Dejó la tostada en el plato y esperó a que entrase en el local.

—Tengo que hablar contigo, Hughie —dijo McCoy al tiempo que se sentaba.

Faulds lo miró con intensidad.

—No tengo nada que decirte —replicó. Volvió a centrarse en el periódico.

—¡Harry! Hacía siglos que no te veía. —McCoy se dio la vuelta y vio a Lena, una de las hermanas, junto a la mesa—. ¿Una taza de té con leche y dos azucarillos? —le preguntó.

McCoy asintió y esperó a que desapareciese tras el mostrador antes de proseguir.

—Tú escúchame, Faulds. Al parecer, tu colega Barnes cree que soy una especie de correveidile del IRA y me ha amenazado con toda suerte de maldades si no consigo información sobre el tema en el que andan metidos. Tengo tantas posibilidades de lograr algo así como de salir volando ahora mismo si empiezo a batir los brazos. ¿Quieres decirme qué cojones pasa?

Faulds lo miró a los ojos.

—¡Hughie, por el amor de Dios! —dijo McCoy—. Ayúdame. Por favor.

Faulds recapacitó durante unos segundos. Asintió.

—Aquí no. Tómate tu té. Nos vemos en Glasgow Green, en el puente colgante, dentro de diez minutos.

McCoy estuvo a punto de preguntarle si se creía el puñetero James Bond, pero Faulds ya se había marchado. Llegó su taza de té, agarró un trozo de beicon que Faulds se había dejado en el plato y se lo llevó a la boca. No paraba de preguntarse en qué fregado se habría metido en esta ocasión.

Faulds estaba en mitad del puente, apoyado en la barandilla, mirando hacia el agua. Detrás de él, se erguían los últimos bloques de viviendas de la zona de Gorbals, abandonados entre un mar de escombros polvorientos.

—Siento quedar aquí —le dijo a McCoy cuando se acercó—. No me apetecía que apareciese de repente alguien de la comisaría.

Le tendió la mano. McCoy le correspondió, sin saber muy bien qué estaba ocurriendo.

—Lamento lo del otro día —dijo Faulds—. Me dejaste fuera de juego, no reaccioné demasiado bien.

—No pasa nada —dijo McCoy—. Solo quería advertirte de que tuvieses cuidado.

Faulds asintió. Al observarlo de cerca, comprobó que había perdido peso y que lucía unas pronunciadas ojeras. No tenía buen aspecto. Parecía preocupado.

—Entonces, dime, ¿quién es Paul McVeigh? —le preguntó.

Faulds tomó aire. Empezó a hablar.

—Paul McVeigh era un miserable, un miserable muy peligroso. Tenía un cargo importante en la Brigada de Belfast del IRA. Seguridad interna. Era el que decidía quiénes andaban por el buen camino, quiénes eran informantes y qué hacer con ellos. Él era juez y jurado y disfrutaba tal vez en exceso de su trabajo. Le encantaba zurrarle a quien fuese o decidir que a alguien le disparasen en las rótulas o cosas peores. —Sacó sus cigarrillos, le ofreció uno a McCoy y los encendió—. Cuando todavía estaba en Belfast, un soplón me dijo que había quedado con un tipo joven al que acusaban de pasarle información al ejército. Iba a decirle cuándo y dónde tendría lugar el juicio amañado.

—¿Qué? —preguntó McCoy.

—Así es como suelen hacerlo —dijo Faulds—. Te dicen dónde y cuándo va a pasar, asegurándose de que sea al menos una semana más tarde para que estés muerto de miedo hasta entonces.

—Qué bonito —dijo McCoy.

—En cualquier caso, el ejército andaba detrás de McVeigh, pero no habían logrado pillarlo, así que les dije lo que me había contado el soplón. Que iba a estar en Beechmount Drive a las ocho. Creía que ahí acabaría la cosa.

—Pero no fue así —dijo McCoy.

Faulds negó con la cabeza.

—Esa noche recibí un aviso de un incidente doméstico en la calle Clowney, muy cerca de Beechmount Drive. La habitual pareja gritándose, los dos muy cabreados. Acabé a las ocho menos diez, así que decidí acercarme al otro sitio andando, para ver qué había pasado. Cuando llegué, no había nadie del ejército, ni polis ni soldados en la calle. Debían de estar todos ocultos, pensé, esperando el gran momento. Así que me quedé en un extremo, en el camino que había tras las casas, esperando. Ya eran las ocho y no entendía qué estaba pasando. No aparecía nadie. Entonces vi a McVeigh caminando por la acera, sin cortarse un pelo. Acto seguido, un Ford Granada blanco dobló la esquina derrapando y se detuvo, un tipo salió de él de un salto, vestido de civil, con el pelo largo, sacó un revólver, lo agarró con las dos manos y le disparó a McVeigh en la cabeza. Luego sacó otra pistola de su chaqueta, se la puso a McVeigh en la mano y disparó al suelo. Corrió de vuelta al coche y se largaron de allí, las ruedas chirriando al girar por la esquina. Todo fue muy rápido, un minuto como mucho. La calle no tardó en llenarse de polis y de soldados del ejército rodeando a McVeigh. Como no tenía ni idea de lo que estaba pasando, me di la vuelta y me marché.

Se detuvo. Observó durante un minuto a los remeros en los botes, fuera del cobertizo para barcas, y lanzó al río la colilla de su cigarrillo.

—Lo que me llamó la atención fue el tipo que le disparó. Le oí gritar algo a los chicos del coche. Era inglés, pijo. Parecía uno de esos tipos de Sandhurst que enviaban de vez en cuando. Y al día siguiente recibí la visita de otro pijo. Se presentó diciendo que era de Seguridad Británica. Me dijo que alguien me había visto en Beechmount Drive. No quiso decirme quién había sido. Me preguntó qué había visto y yo se lo conté. Me dijo que estaba equivocado. Me dijo que McVeigh había disparado primero a una patrulla del ejército y que le habían respondido. Me miró. Me volvió a preguntar qué había visto y yo le dije que había visto a McVeigh disparando a una patrulla y que ellos le habían respondido. Sonrió y me palmeó la espalda. Me dijo que si eso era lo que había visto no tenía nada de lo que preocuparme.

—¿Quién era? —preguntó McCoy.

Faulds se encogió de hombros.

—No sé quién era, pero tengo mis sospechas.

—¿Y?

—Durante un tiempo, se rumoreaba sobre una división secreta del ejército en Irlanda del Norte. Tipos muy preparados, siempre vestidos de paisano, que vivían fuera de la base. Llevaban a cabo acciones por las que no rendían cuentas. —Faulds sonrió—. Si le preguntas a cualquiera, oficialmente te dirán que no existen. Que nunca han existido ni nunca existirán.

—Dios santo —dijo McCoy.

—Dos días después, mi coche voló por los aires mientras yo estaba todavía en casa. El detonador seguramente falló, según me dijeron. Resulta que la gente del IRA creía que yo había conducido a la unidad del ejército hasta McVeigh. Me había convertido en el enemigo número uno. Así que solicité regresar aquí y me asignaron a alguien de la Unidad Especial con el que contactar.

—¿Barnes?

—Barnes —dijo Faulds.

—Así que cuando te dije…

—Se me fue la olla. Lo llamé. Estaba aterrorizado. Ojalá no lo hubiese hecho.

—Y ahora los dos estamos jodidos —dijo McCoy.

—Lo siento, Harry. Me asusté. Tengo miedo todo el rato. Fui testigo de un asesinato a sangre fría y a los tipos que lo hicieron no les gustan esas cosas. De repente, los frenos de tu coche no funcionan, te atropellan al cruzar la calle. Tengo esposa y dos hijos… —Faulds temblaba y tenía la cara bañada en lágrimas. Se las enjugó y encendió otro cigarrillo—. No sé qué hacer. O me matarán los del IRA, o los tipos del ejército encontrarán un modo para asegurarse de que no cuente nunca lo que vi. —Se esforzó por sonreír—. Sí, los dos estamos jodidos.

McCoy sacudió la cabeza.

—No, no lo estamos. Vamos a solucionar el problema —dijo—. No tengo ni puta idea de cómo lo haremos, pero saldremos de esta. ¿De acuerdo?

Faulds asintió.

—De acuerdo.

McCoy se alejó de él y cruzó el puente en dirección a Glasgow Green. El parque estaba lleno de gente. Los niños corrían de un lado para otro, algunos paseaban perros, un grupo de niñas saltaba a la comba. Patsy y sus colegas estaban empezando a preparar las atracciones para la noche. Todo como tenía que ser.

Atravesó la feria, se detuvo junto al obelisco y encendió un cigarrillo. Intentó no pensar en que no tenía ni la más remota idea de cómo iba a librar a Faulds, por no hablar de sí mismo, de la tormenta de mierda en la que estaba metido.

Ir a la siguiente página

Report Page