Muerte en abril

Muerte en abril


18 de abril de 1974 » Treinta y cuatro

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Treinta y cuatro

Lindsay era el siguiente asunto en su lista. Una caminata de veinte minutos por la calle High y llegó al Royal. El doctor Basu sonrió cuando vio a McCoy acercarse por el pasillo del hospital. Le hizo un gesto con la mano.

—¡Señor McCoy! Ahora mismo iba a llamarle —dijo—. El señor Lindsay está consciente.

—Estupendo —dijo McCoy—. ¿Cómo se encuentra?

Basu sonrió de nuevo.

—Sorprendentemente bien, dadas las circunstancias. Se estaba comiendo un cuenco de cereales cuando lo dejé. Una recuperación excelente.

—Entonces, ¿puedo hablar con él? —preguntó McCoy.

—No tengo ningún inconveniente en que lo haga —dijo Basu, quitándose el estetoscopio de alrededor del cuello y guardándoselo en el bolsillo—. ¡Buena suerte!

McCoy abrió la puerta de la habitación privada y entró. Lindsay estaba sentado en la cama. Había un cuenco para cereales vacío en la mesita que tenía al lado. Llevaba puestas unas gafas con una fina montura metálica. Estaba leyendo un ejemplar de The Times. No era la única persona presente en la habitación. Había un chico, de unos dieciocho años, sentado en una silla junto a la ventana. Musculoso, de pelo corto, con botas del ejército, pantalones caqui y la camiseta DEFENS. Lindsay alzó la vista y se quitó las gafas.

—McCoy, ¿verdad? —dijo.

McCoy asintió y acercó una de las sillas a la cama. Se sentó. El joven ni siquiera reconoció su presencia. Se limitó a mirarlo fijamente.

—¿Quién es su amigo? —preguntó McCoy señalando con el mentón hacia el joven.

—Crawford —dijo Lindsay—. Me hace compañía.

—Da la impresión de ser un guardaespaldas —dijo McCoy.

Lindsay sonrió.

—Es un cadete del ejército. Le ponen mucho énfasis a la forma física.

—¿Qué tal se encuentra? —preguntó McCoy.

—Bueno, más allá de que se han llevado buena parte de mi pierna izquierda, estoy bien —contestó Lindsay—. Me temo que el coche ha quedado siniestro total.

—Como su acompañante —dijo McCoy.

—Sí, claro. Una mala suerte horrible. Perdí el control. Un zorro cruzó la carretera y me sobresalté.

—Creía que estaban reparando su coche —comentó McCoy—. Y que también lo estaban limpiando a fondo. ¿Por qué ese afán por recuperarlo antes de que acabasen el trabajo?

Lindsay no dijo nada. Por primera vez, no parecía estar al mando de la situación.

—Cambiaron las circunstancias —respondió—. Necesitaba el coche.

—¿Para qué? —preguntó McCoy.

—Para conducir —dijo—. ¿Su visita tiene algún motivo en especial?

—Donny Stewart. ¿Está seguro de que no es uno de sus chicos?

—¿Quién? —preguntó Lindsay—. Ah, el chico de la fotografía que me enseñó, el americano. Como ya le dije el otro día, no sé nada de él.

—Qué curioso —dijo McCoy—. Porque han encontrado rastros de la sangre de ese muchacho en la parte trasera de su coche. Ese coche que tan ansioso estaba usted por recuperar. De no haberse estrellado, podría haberlo limpiado al llegar a casa antes de que cualquiera pudiese descubrirlo.

—¿En serio? —dijo Lindsay—. Entonces, a lo mejor tendría que hablar con mi hermana. Tanto ella como los colgados de sus amigos han estado utilizando el coche durante meses. A lo mejor lo conocen… ¿Cómo se llamaba, Donny Stewart?

McCoy se recostó en la silla. Desde allí podía oír el ruido del tráfico de la calle Castle que se colaba por la ventana abierta. Lo cierto era que Lindsay tenía razón. O parte de razón, como mínimo. Nada demostraba que los restos de sangre que habían encontrado tuviesen que ver con el hecho de que Lindsay condujese el coche. Era el momento de enfocar el asunto de un modo diferente.

—¿Por qué un hombre como usted querría disponer de un ejército privado? —le preguntó.

—¿Un qué? —preguntó Lindsay con incredulidad.

McCoy asintió en dirección al tipo que estaba sentado en la silla.

—Todos esos jóvenes que van con usted de un lado para otro en su casa, vestidos del mismo modo, obedeciéndole ciegamente. ¿Cómo los denominaría?

—Yo lo llamaría entrenamiento de campo —dijo Lindsay—. Y los uniformes se deben a que los uniformes que tienen como cadetes son propiedad del ejército y no estaría bien que dejasen de serlo. ¿Por qué no se lo pregunta a Crawford?

—Pero ¿habla? —preguntó McCoy.

Lindsay asintió.

McCoy se volvió hacia Crawford.

—Muy bien. ¿Por qué no me explicas de qué va todo esto?

Crawford sonrió con frialdad.

—El coronel Lindsay ha tenido la amabilidad de ofrecernos aprendizaje de campo en sus tierras. Cómo acampar, cómo sobrevivir con lo que encuentras y eres capaz de cazar.

—Muy útil en Maryhill, sin duda —dijo McCoy.

Crawford sonrió de nuevo. Incluso con mayor frialdad.

—Meiklejohn no nos permitía llevar uniforme allí, así que el coronel Lindsay tuvo la amabilidad de proporcionarnos ropa adecuada.

—¿Y hacéis todo lo que él os dice?

—El coronel Lindsay nunca me ha pedido nada —respondió Crawford—. No tengo ni idea de por qué cree usted que se trata de una especie de ejército privado.

—Bueno, le diré una cosa, Lindsay —dijo McCoy—. Los tiene bien entrenados, eso hay que reconocerlo. Si le pidiese que saltase a un río, creo que lo haría sin dudarlo.

—Si eso es todo… —concluyó Lindsay, tomando de nuevo el periódico—. Me siento un poco cansado.

McCoy se puso en pie y salió de la habitación. En el pasillo, maldijo entre dientes. No podía negarlo. Lindsay había ganado el primer asalto.

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