Muerte en abril
18 de abril de 1974 » Treinta y seis
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Treinta y seis
Era lo último que McCoy esperaba ver cuando entró en el gimnasio Morrison. Andy Stewart estaba bailando encima del ring, en pantalones cortos y camiseta, con los guantes puestos, el pelo rubio pegado a la cabeza debido al sudor. Bufaba y resoplaba, pero se movía veloz, esquivando golpes y lanzando puñetazos a un joven con casco de entrenamiento. Era posible apreciar lo que quedaba en él de boxeador. Hombros fuertes, brazos consistentes. Daba la impresión de que todavía podía cuidar muy bien de sí mismo.
McCoy los observó durante un rato. Se preguntó si él podría estar ahí arriba. Lo dudaba. Demasiado torpe, muy baja forma. Además, nunca le había encontrado ningún atractivo a recibir golpes en la cara para ganarse el pan. Había visto a demasiados exboxeadores echados a perder, con las narices achatadas, los cerebros hechos papilla debido al exceso de golpes, borrachos como cubas para intentar seguir adelante.
No sabía por dónde andaba Cooper, pero de repente vio aparecer su cabeza entre la de dos tipos, viendo la pelea desde el otro lado del ring, con una gran sonrisa en el rostro. Colocó las manos a modo de altavoz. Gritó.
—¡Dale duro, Chris! —dijo, y después—: ¡Zurra a ese cabrón!
McCoy no podía creerlo. Stewart y él eran como dos niños grandes jugando en el patio. Rodeó el ring y se colocó al lado de Cooper. Le habló al oído para que pudiese oírle a pesar de los gritos y el ruido.
—¿Te has vuelto loco? —le dijo—. Va a sufrir un puto ataque al corazón. Tiene cuarenta y muchos.
—¡McCoy! —gritó Cooper. Al parecer, se alegraba de verlo. Le dio un fuerte abrazo—. Hemos estado hablando de ti.
Se llevó a la boca el silbato que le colgaba del cuello y sopló con fuerza. Los boxeadores se detuvieron y se dieron un abrazo. Stewart permaneció un rato inclinado, con las manos sobre las rodillas, respirando con fuerza. Lucía una gran sonrisa.
—¿Alguna noticia de Donny? —preguntó mientras se secaba la cabeza con una toalla.
—Es posible —respondió McCoy—. Tengo que hacerte unas cuantas preguntas.
—Estupendo —dijo Stewart—. Sabía que saldrías adelante. Dame cinco minutos para que me duche.
McCoy asintió, y cuando Stewart se apresuró hacia los vestuarios, se volvió hacia Cooper.
—También tengo que hablar contigo.
—Suena a algo serio —dijo Cooper.
—Lo es —aseguró McCoy.
Se sentaron en un banco en la parte de atrás del gimnasio, bajo un gran póster en el que se anunciaba un combate entre Watt y Riley. El ring se había llenado ya de niños pequeños. Un tipo mayor los hizo colocarse en posición y todos intentaron dar lo mejor de sí mismos. McCoy seguía sin acostumbrarse al hedor de aquel lugar, una mezcla de sudor rancio, lejía y pomada Ralgex. Sacó los cigarrillos y encendió uno para soportarlo.
—¿Adónde has ido de viaje? —preguntó McCoy apagando la cerilla.
—Lejos —respondió Cooper.
—¿Y ya está?
—No tienes por qué enterarte de todo lo que hago, McCoy —dijo Cooper—. No eres mi madre.
—No, pero me ha dicho que te dé esto —dijo McCoy tendiéndole la chaqueta.
—Dios mío, imagínate a Iris como tu madre —dijo Cooper—. Creo que preferiría estar en casa.
—Siente mucho cariño por ti, y lo sabes.
—Más bien siente cariño por el dinero que le pago.
—¿Tú crees que ella lo echaría todo a perder, a ti, al dinero, a fingir que vive en una gran casa en el West End, y pondría su destino en manos de Billy? —preguntó McCoy.
Cooper se encogió de hombros.
—Pronto lo sabremos. Tendrá que escoger.
—Hablando de Billy, ¿por dónde anda? Iris no lo ha visto y yo tampoco.
—Un pajarito me ha contado que duerme en casa de Norton. Estoy seguro de que los dos se preguntan qué van a hacer conmigo si no voy a la cárcel y su pequeño plan se va a la porra.
—¿Te preocupa?
Cooper soltó una carcajada.
—En el momento en que me preocupen esos mierdecillas lo dejaré todo y me retiraré a Girvan, a una pequeña caravana.
McCoy no estaba seguro de hasta qué punto Cooper iba de farol, pero parecía saber lo que estaba haciendo. Tenía un plan.
—¿De qué querías hablar conmigo? —preguntó Cooper.
—Paul McVeigh —dijo McCoy—. ¿Quién te habló de él y de Faulds?
Cooper lo miró a los ojos y alzó las cejas.
—¿Por qué quieres saberlo? Esa mierda no tiene nada que ver contigo, McCoy.
—Pues resulta que sí tiene que ver. Hay un capullo de la Brigada Especial que cree que soy un miembro importante del IRA porque se lo pregunté a Faulds. Eso voy a tener que resolverlo por mi cuenta, pero lo que sé seguro es que Faulds no tuvo nada que ver con el asesinato de Paul McVeigh. Tus amigos van detrás del hombre equivocado. Tienes que detenerlos.
Cooper se echó a reír.
—¿Faulds te ha contado eso? Menuda sorpresa. Yo haría lo mismo si la Brigada de Belfast fuese a por mí. Diría cualquier cosa a quien fuera. Esos muchachos no se toman a broma estas cosas, te lo aseguro.
—Yo le creo —dijo McCoy.
—Ah, bueno, entonces todo bien. Le diré a la gente del IRA que lo dejen correr porque Harry McCoy ha decidido que su amigo Faulds es inocente. Pan comido. Solucionado. ¿Algo más que pueda hacer por usted, señor McCoy?
McCoy dejó escapar un suspiro.
—Estoy hablando en serio, Cooper. No creo que tuviese nada que ver con eso. Fue cosa del ejército.
—¿Qué? —preguntó Cooper.
—Los chicos malos británicos. Una especie de tipos duros del ejército. Tus amigos de Belfast saben a quiénes me refiero. ¿Se lo dirás?
Cooper apoyó la espalda, rebuscó sus cigarrillos en el bolsillo de la chaqueta, sacó el paquete y cayó al suelo un billete de tren. Lo pisó con el pie, lo recogió y volvió a metérselo en el bolsillo.
—Podría ser —dijo—. Si lo hago, voy a necesitar que hagas algo por mí.
—¿De qué se trata? —preguntó McCoy con cautela.
—Quiero que detengas a Jumbo —dijo Cooper.
McCoy no se esperaba algo así.
—¿Qué dices? —preguntó—. ¿Jumbo? ¿Por qué?
—Porque lo digo yo —dijo Cooper—. ¿Te parece bien? —Un deje de ira centelleó en sus ojos—. Necesito que lo saques de la calle durante una noche. Ese es el trato. O lo tomas o lo dejas.
—¿No vas a decirme por qué? —preguntó McCoy.
Cooper encendió un cigarrillo. No respondió. Observó cómo los niños en el ring lanzaban golpes al aire.
McCoy suspiró de nuevo.
—Si lo detengo por beber y causar desorden, pasará la noche en los calabozos de la calle Stewart. ¿Con eso vale? —preguntó.
Cooper sonrió.
—Sí. No lo acuses de nada serio. Lo necesitaré cerca pronto. ¿De acuerdo?
McCoy hizo un gesto con la mano.
—¿Alguna otra cosa que pueda hacer por usted, señor Cooper?
—Sí —dijo Cooper—. Deja de comportarte como un estúpido y arréglalo. Confío en ti.
Asintió en dirección a los vestuarios.
—Andy viene hacia aquí. Ni una palabra.
McCoy volvió a preguntarse, por enésima vez, por qué se metía siempre en líos con Stevie Cooper.
Andy Stewart tenía la cara roja y se había peinado el pelo húmedo hacia un lado. Llevaba una camisa azul cielo, arremangada, y ya mostraba marcas de sudor en las axilas.
—¿Quieres que salgamos de aquí? —le preguntó a McCoy—. Necesito un poco de aire fresco.
—Claro que sí —dijo el interpelado levantándose—. ¿Vienes con nosotros, Cooper?
Negó con la cabeza.
—Me quedan cosas que hacer con los chicos. Contratos. Tienen que venderme su alma. Luego os alcanzo.
McCoy asintió y se dirigieron hacia la puerta. Stewart empezó contándole que había estado enseñando más fotos en Dunoon, preguntando por Donny en todos los hoteles de la zona. McCoy asentía de vez en cuando, pero en realidad no le escuchaba. Estaba pensando. El pie de Cooper había sido rápido, pero no lo suficiente. Un billete de regreso desde Newcastle. Cooper nunca iba a ningún sitio. Solo se sentía a salvo en Glasgow. ¿Qué demonios habría estado haciendo en Newcastle?