Muerte en abril
18 de abril de 1974 » Treinta y siete
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Treinta y siete
—Tu hotel no está muy lejos de aquí —dijo McCoy—. ¿Quieres que vayamos andando?
—Sí, claro —dijo Stewart—. Me ayudará a calmarme. Llevaba mucho tiempo sin hacer estas cosas.
—¿Cuándo fue la última vez que te subiste a un ring? —preguntó McCoy.
Stewart pensó durante unos segundos.
—Dios, ahora que me lo preguntas, probablemente desde principios de los sesenta. Seguí entrenando un tiempo los puños, pero empecé a ganar peso y me dio pereza adelgazar. ¿Por aquí?
McCoy asintió y enfilaron por la calle Duke de camino al centro de la ciudad. La cervecera Tennent’s se encontraba a unos trescientos metros en dirección contraria, pero todavía podía notarse en el aire el olor a madera quemada y ceniza. Era una agradable tarde de primavera, ideal para un paseo. No tan perfecta, sin embargo, para el andrajoso grupo de hombres que estaban en la puerta del Great Eastern. La mayoría sostenían en sus temblorosas manos un cigarrillo y se pasaban una botella de vino peleón Lanliq.
McCoy había estado allí en varias ocasiones, requerido para poner fin a alguna pelea. Era un lugar al que no deseaba volver a entrar nunca más. El Great Eastern era un enorme edificio con diminutas celdas de madera que se alquilaban a aquellos que no tenían adónde ir. Allí se reunían viejos alcohólicos y jóvenes recién salidos de reformatorios o cárceles que no sabían qué hacer con sus vidas. Hombres que veían ángeles o demonios o mensajes secretos en las primeras páginas de los periódicos. Aquel lugar era un callejón sin salida.
—¿Puedes ayudarme, hijo? —preguntó un viejo vestido con un traje raído tendiendo una mano mugrienta.
McCoy rebuscó en el bolsillo, encontró un par de monedas de cincuenta peniques y se las dio.
El viejo las tomó y le dedicó una sonrisa desdentada.
—Muy amable de tu parte, hijo. Voy a rezar por ti. Aunque creo que Dios dejó de escucharme hace mucho tiempo. De no ser así, no viviría en este estercolero.
McCoy le dio las gracias y siguió caminando.
—Hay muchos vagabundos en Glasgow —dijo Stewart—. Tantos como en Boston, que ya es decir. ¿Por la bebida?
McCoy asintió.
—La mayoría, sí. Hay que pagar un peaje. ¿Donny te habló alguna vez de un tipo llamado Lindsay? ¿Un hombre mayor? ¿Del ejército?
Stewart negó con la cabeza.
—No que yo recuerde. ¿Por qué?
—¿Te comentó alguna vez si iba a una casa grande en el campo? ¿A unos pocos kilómetros de la base?
Stewart volvió a negar.
—No llamaba a casa con frecuencia y cuando lo hacía solo hablaba del trabajo, de los compañeros del barco, de lo que habían estado haciendo. Eso era todo.
Doblaron por la calle High y se dirigieron hacia la estación de tren. La cara de Stewart estaba ya algo menos enrojecida y respiraba con más facilidad. Pero de vez en cuando seguía enjugándose el sudor de la frente con un pañuelo.
—¿Te habló alguna vez de una comuna? ¿Uno de esos sitios de hippies?
Stewart se detuvo de golpe. Permaneció inmóvil durante unos segundos.
—Por Dios, Harry. ¿De qué va todo esto? Me estás preocupando. ¿Qué has descubierto?
McCoy miró al otro lado de la calle. El Strathduie estaba cerca, en Blackfriars, y era un pub bastante decente.
—Vamos —dijo—. Te invito a una copa.
McCoy dejó que Stewart fuese a buscar mesa y él se dirigió a la barra y pidió dos pintas de cerveza. No estaba seguro de si debía contarle a Stewart en lo que andaba metido, pero suponía que no le haría daño a nadie. Y, además, había ciertas cuestiones que estaba en su derecho de conocer, al menos todo lo que tenía que ver con su hijo.
Recogió las pintas. Stewart estaba sentado a una mesa diminuta bajo seis o siete cuadros de escudos y tartanes. Parecía preocupado, jugaba con el posavasos. Le dio un buen trago a su cerveza. McCoy se sentó. De perdidos al río.
—Verás, encontramos restos de sangre de Donny y también su ropa en el apartamento de Paul Watt, el apartamento en el que estalló la bomba. Es decir, resultó herido, pero salió vivo.
Stewart asintió por encima de su pinta de cerveza.
—Hemos encontrado rastros de sangre del mismo tipo que la de tu hijo en un coche perteneciente al coronel Angus Lindsay. Es un militar, tiene una casa muy grande no muy lejos de Dunoon. Su amigo del barco dijo que había visto a Donny en ese coche; no hay muchos de ese tipo. Pero Lindsay niega conocer a Donny, insiste en que no lo ha visto en su vida.
—¿Miente? —preguntó Stewart.
—Podría ser —dijo McCoy—. Pero podría ser que no. Aquí es donde se complica el asunto. El coche también ha sido utilizado por las personas que viven en una comuna a unos tres kilómetros de la base. La sangre, o el propio Donny, podría estar vinculada a ellos.
—No me imagino a Donny relacionándose con una comuna de hippies, no es su estilo.
McCoy asintió, pero tampoco tenía claro si él o su padre sabían a ciencia cierta quién era en realidad Donny Stewart y en qué andaba metido.
Un muchacho entró en el pub con un puñado de ejemplares del Evening Times bajo el brazo. Vendió unos cuantos. McCoy pudo leer el titular principal.
LA BOMBA EN LA CERVECERA SE COBRA OTRA VÍCTIMA
Uno de los trabajadores que había resultado gravemente herido debía de haber muerto. Se volvió hacia Stewart.
—En primer lugar, podría tratarse, o no, de la sangre de Donny. Es un tipo de sangre poco frecuente. En segundo lugar, si es la sangre de Donny, no sabemos quién iba con él en el coche o adónde se dirigieron. La gente de la comuna dice que ellos tampoco lo conocen…
McCoy se detuvo en mitad de la frase y dejó la cerveza sobre la mesa.
—¿Harry? ¿Te encuentras bien? —preguntó Stewart.
McCoy no respondió, se limitó a permanecer inmóvil y a preguntarse cómo podía haber sido tan estúpido. Se puso en pie y estudió con atención el cuadro que colgaba de la pared encima de la cabeza de Stewart. Era una imagen en color de un escudo de armas. Leyó el título escrito en el marco.
EL ESCUDO DE ARMAS ESCOCÉS
Una cinta atravesaba el escudo por la mitad. Con una única palabra escrita.
DEFENSA
—¡Joder!
McCoy gritó con tanta fuerza que todos los que estaban en el pub se volvieron hacia él.
—¿Harry? ¿Qué sucede? —preguntó Stewart.
—Tengo que irme —dijo—. Luego te veo. ¡En el bar del hotel Central!
Se marchó a toda prisa del pub, sin atender a la llamada de Stewart.