Muerte en abril

Muerte en abril


18 de abril de 1974 » Treinta y ocho

Página 47 de 87

Treinta y ocho

McCoy ascendió a toda prisa hacia el hospital. Apenas podía respirar cuando llegó; demasiados cigarrillos. Tendría que haber llamado a la comisaría y haberle dicho a Murray o a Wattie que fuesen también, pero estaba demasiado nervioso y no quería perder tiempo. Todo encajó en su lugar en cuanto vio el escudo de armas. Lindsay, los chicos, las bombas.

Dejó que una ambulancia entrase en Urgencias y cruzó el camino de acceso hasta la entrada principal. Estudió el panel intentando recordar en qué pabellón estaba ingresado. Lo encontró. El John Slater. Segunda planta. Se unió a la multitud que esperaba los ascensores, deseando que todo fuese más rápido.

Una mujer bajita, a su lado, llevaba consigo una caja de bombones Milk Tray. Le dedicó una sonrisa.

—Son los preferidos de mi viejito. Son los únicos que puede comer sin dientes.

McCoy también le sonrió, preguntándose por qué siempre la gente quería hablar con él.

Llegó el ascensor y entraron todos. Observó las luces parpadeantes. Bajó en la segunda planta. Reconoció el pasillo. Se dirigió a la habitación de Lindsay.

Lindsay estaba sentado en la cama, con un bolígrafo en la mano y el Times abierto ante él por la sección del crucigrama. El guardaespaldas se levantó de la silla y salió a su encuentro.

—Está bien, Crawford. Siéntate —dijo Lindsay.

El muchacho volvió a sentarse. Parecía decepcionado, como si pensase que habría disfrutado enfrentándose a McCoy.

Lindsay dejó el periódico a un lado, alisó las sábanas.

—Otra vez aquí. ¿A qué debo el placer en esta ocasión?

—Lo sé —dijo McCoy—. Sé quién es usted.

Lindsay evidenció su perplejidad.

—Sí… —dijo—. Lo sabe.

—Y sé lo que ha hecho —dijo McCoy.

Lindsay miraba a McCoy como si este hubiese perdido la cabeza. Se sentó más erguido en la cama y se quitó las gafas.

—¿De qué diantres está usted hablando? —preguntó.

—Todos esos soldados tan jóvenes. Las bombas. Todo es cosa suya, ¿verdad?

Lindsay no parecía entender a qué se refería.

—Va a tener que ayudarme —dijo—. Me da la impresión de que me he perdido algo.

McCoy asintió en dirección al guardaespaldas.

—La cosa que sus chicos llevan escrita en la camiseta, DEFENS. Está en el escudo de armas de Escocia.

El joven bajó la vista para leer la palabra, escrita en color azul, de su camiseta, como si acabase de enterarse de que estaba allí.

—Esa cosa, como usted la llama —dijo Lindsay—, es la palabra en latín para «defender». Y, por una vez, tiene usted razón, aparece en el escudo de armas de Escocia. Es una…

—Usted y sus muchachos son los Hijos de los 51 o como cojones les hayan dicho a los periódicos que se llaman. Donny Stewart y Paul Watt construían bombas para ustedes, ¿no es cierto?

Lindsay no respondió. Lo observó del mismo modo en que alguien observaría a un niño un poco lerdo incapaz de entender un sencillo problema matemático. Había en su mirada una mezcla de decepción y lástima. Negó con la cabeza.

—Se lo diré por enésima vez, no conozco a nadie llamado Donny Stewart —replicó—. ¿Cuántas veces más voy a tener que decírselo para que se le meta en esa dura cabezota suya? Y por lo que respecta a ser una especie de ejército terrorista escocés, no podría estar usted más equivocado por mucho que lo intentase. Soy coronel del Ejército británico, una organización a la que pertenezco desde que era adolescente, una organización a la que he dedicado mi vida entera.

—Eso no significa nada —dijo McCoy—. No se me ocurre una mejor formación para lo que están haciendo que la recibida en el ejército.

Lindsay negó con la cabeza; se estaba enfadando.

—¡Cielo santo, hombre! ¡Pertenezco a los putos Highlanders! El lema de los Highlanders es Cuidich ’n Righ, o sea: «Defender al rey», ¡no defender una estúpida idea sobre poner bombas en una cervecera!

McCoy estaba empezando a sentir que también estaba perdiendo el segundo asalto. Lindsay parecía justificadamente indignado. Se estaba comportando como un hombre que se ve obligado a afrontar sus culpas.

—Y por lo que respecta a DEFENS —dijo Lindsay—, y no puedo creer que tenga que dedicar un solo minuto a explicarlo, aparece también en el escudo de armas del Reino Unido. Por eso lo lucen los muchachos en sus camisetas. Un tributo a nuestra actual monarca, Isabel II. La mujer que más respeto en el mundo y a la que me siento honrado de poder servir.

McCoy no se movió. Si lo que Lindsay había intentado era hacer que se sintiese como un completo idiota, lo había logrado con creces. No tenía claro qué decir. Nada había salido como había planeado. Daba la impresión de estar a punto de recibir otra andanada, cuando de repente Lindsay se dejó caer sobre las almohadas. Se lo veía cansado, estaba pálido, como si hubiese desaparecido de su interior el fuego que parecía alimentarlo. Hizo una mueca de dolor al intentar hablar.

—Y ahora le aconsejo que se marche, McCoy, y que se lleve con usted sus difamatorias acusaciones. Y atiéndame bien: si tengo noticia de que se las repite a alguien más, contactaré con alguno de sus superiores, que ojalá no sea un mentecato como usted, y haré que lo despidan. Después de eso, le demandaré hasta que no disponga ni de un mísero cubo donde mear.

De repente, jadeó, agarró un cuenco de cartón que había sobre la mesita y lo tiró al suelo. El guardaespaldas corrió hacia él, recogió el cuenco del suelo y lo mantuvo bajo la barbilla de Lindsay mientras este vomitaba una acuosa bilis de color verde. El chico le limpió la boca, le dijo que todo iría bien, que se le pasaría. Lindsay asintió y miró a McCoy.

—Lárguese de una vez, antes de que deje que Crawford le dé la paliza que se merece.

McCoy salió al pasillo, cerró la puerta de la habitación y oyó vomitar otra vez a Lindsay. Rebuscó el paquete de tabaco en sus bolsillos. Se sintió como cuando, siendo niño, el sacerdote o uno de los hermanos le gritaban. Estúpido y avergonzado. Encendió un cigarrillo y le dio una larga calada con la intención de calmarse.

Creía que había encontrado una explicación para todo, pero Lindsay les había dado la vuelta a sus argumentos. El problema era que su explicación resultaba plausible.

Al girarse se topó con el doctor Basu.

—Estaba usted perdido en sus pensamientos —dijo con una sonrisa—. No pretendía molestarle. ¿Ha podido ver al señor Lindsay?

McCoy asintió.

—Mi visita no le ha hecho mucha gracia. Me ha echado con cajas destempladas.

Basu sonrió.

—Sí, le hizo lo mismo a una de las enfermeras esta mañana. La pobre chica casi se puso a llorar. Pero es comprensible, siente mucho dolor.

—Lo entiendo. Debe de ser muy doloroso perder una pierna —dijo McCoy.

—No es agradable, se lo aseguro. Y es lo último que necesita en este momento, a decir verdad, aunque las circunstancias hacen que eso sea algo casi insignificante.

—¿Qué circunstancias? —preguntó McCoy.

—Ah —dijo el doctor—. Creía que estaba al corriente.

—¿De qué?

Basu parecía un tanto avergonzado.

—En realidad, no puedo comentarle nada del estado de salud del señor Lindsay. No sería apropiado. Lo siento.

—Estoy investigando el tema de las bombas, bombas que ya han matado a cuatro personas y herido a muchas más. Tengo que saber todo lo referente al señor Lindsay.

—¿Es sospechoso? —preguntó el doctor Basu.

McCoy asintió.

—Y se supone que yo tampoco tendría que decírselo. Así que estamos a la par.

—Tiene cáncer —dijo el doctor Basu—. Un cáncer de hígado inoperable. Se encuentra en la última etapa. Ha estado viniendo aquí los últimos meses. Yo he hecho todo lo que he podido. Ha sido muy duro, pero hay que reconocer que su hijo se ha comportado de un modo maravilloso. Ha estado a su lado durante todo el tratamiento. Siempre con él.

—¿Su hijo? —preguntó McCoy.

El doctor Basu asintió en dirección a la puerta.

—Crawford Lindsay.

—No tenía ni idea de que fuera su hijo —dijo McCoy, pensando en el tacto con que le había ayudado el joven mientras Lindsay vomitaba. Ahora tenía sentido—. ¿Cuánto tiempo le queda a Lindsay?

El doctor Basu esbozó una sonrisa.

—La pregunta que todos los médicos odian. —Pensó durante unos segundos—. Yo diría que un mes, más o menos. Hace un par de semanas interrumpió todos los tratamientos médicos agresivos. Para serle sincero, no le estaban haciendo ningún bien. Ahora se trata únicamente de cuidados paliativos. Sobrevive a base de morfina y los cereales del desayuno.

—Dios mío —dijo McCoy—. Lo vi hace un par de días y tenía buen aspecto.

—Sí —dijo Basu—. Es un hombre especial. De no ser por su pierna, no estaría aquí. Llevaría una vida normal, bueno, todo lo normal que puede llevarla. No tengo ni la más remota idea de cómo ha podido llegar hasta aquí. Pura fuerza de voluntad, supongo. La operación, sin embargo, ha supuesto un duro golpe, le ha requerido las fuerzas que le quedaban. Creo que finalmente se ha resignado.

El doctor Basu se despidió y echó a andar por el pasillo. McCoy le vio alejarse. Ahora ya no había duda alguna. Lindsay se estaba muriendo, sufría un dolor extremo. No tenía ningún sentido que estuviese orquestando una serie de atentados con bomba en sus condiciones. Casi lo sentía por él. El cáncer de hígado era lo último que podías desearle a nadie.

Se dirigió hacia los ascensores. Pero si las bombas no tenían nada que ver con Lindsay ni con sus chicos, volvía a encontrarse en la casilla de salida. En la casilla de salida y sin la menor pista de cuál debía ser el siguiente movimiento. Apretó el botón. Esperó. Recorrió con la lengua su boca reseca. Estaba claro que necesitaba un trago.

Ir a la siguiente página

Report Page