Muerte en abril
18 de abril de 1974 » Treinta y nueve
Página 48 de 87
Treinta y nueve
—¡Aquí estás!
Stewart lo esperaba sentado a una mesa en el abarrotado bar del hotel Central. Le hizo un gesto a McCoy con la mano cuando entró. El local estaba forrado con paneles de madera y las baldosas del suelo eran blancas y negras. Los ventanales que daban a la calle Hope tenían persianas de listones de madera. La clientela estaba formada por una mezcla de empresarios que se encontraban de paso y personas vestidas con sus mejores galas esperando a que les dieran mesa en el restaurante de al lado.
—Siéntate, Harry —le dijo mirando a su alrededor. Vio a quien estaba buscando. Un joven camarero con barba pelirroja y pecas que les estaba sirviendo sus copas a dos mujeres sentadas a una mesa cercana.
—¡Jackie! ¡Mi hombre! —gritó Stewart—. Dos pintas más.
Jackie asintió educadamente, alzó el pulgar y se encaminó a la barra.
—¿Estás bien? —preguntó Stewart—. Saliste como alma que lleva el diablo. Fue como si hubieses visto un fantasma.
McCoy asintió.
—Estoy bien. Creía que había descubierto algo y pensé que lo mejor era resolver el tema en caliente.
—¿Algo relacionado con Donny? —preguntó Stewart.
—Con Donny y con muchas otras cosas, todavía no lo tengo claro. Pero es posible que haya quedado como un auténtico gilipollas. No sería la primera vez.
Llegaron las cervezas. Jackie las dejó con cuidado sobre los posavasos, pasó un trapo por encima de la mesa y vació el cenicero. Si lo que pretendía era hacerle la pelota a Stewart, no podría haberlo hecho mejor después de la propina que le dio. McCoy y Stewart esperaron hasta que se alejó.
—¿Adónde fuiste? —preguntó Stewart—. Parecías poseído.
—Fui a ver al tal Lindsay al hospital. Está en el Royal. Sigo sin saber a ciencia cierta si Donny tiene algo que ver o no. Lindsay asegura que no, pero sigo pensando que oculta algo.
—¿Crees que sabe qué le ha sucedido a Donny?
—No lo sé —dijo McCoy—. Por lo general, soy muy bueno cuando se trata de saber si alguien miente, pero este tipo es muy particular. Creo que es posible que esté diciendo la verdad, que solo se trate de que tiene unas maneras algo extrañas. Pero para presionar más necesitaría alguna razón, pero no tengo ni idea de dónde podría conseguirla. —Miró a Stewart a los ojos—. Lo siento, colega. No te estoy ayudando mucho, ¿verdad?
Stewart se esforzó por sonreír.
—Estás trabajando en ello. No puedo pedir más. —Tendió su pinta hacia McCoy y brindó—. ¿Qué vas a hacer esta noche? Steve pasará por aquí y después iremos juntos a un combate de boxeo. ¿Te apetece?
—¿Stevie? ¿Mi Stevie?
Stewart se echó a reír.
—Sí. Me utiliza como scout. Vamos a ir a ver a un peso medio en el Kelvin Hall, creo. Me prometió invitarme a cenar. En un restaurante indio. Nunca he ido a ninguno. Será divertido. Vente con nosotros.
McCoy negó con la cabeza.
—Lo del boxeo no me va mucho.
—Eso es porque odia ver sangre.
Alzaron la vista y vieron a Stevie Cooper, con sus habituales vaqueros, chaqueta roja y tupé rubio.
—No puedes soportar la sangre, ¿verdad? —dijo—. Nunca ha podido, desde que éramos niños.
—Cierto —admitió McCoy—. Tiene razón. Me revuelve las tripas. Ya veo suficiente en el trabajo. No necesito ver más si puedo evitarlo.
Cooper apartó la silla que estaba junto a Stewart y se sentó. Acababa de tomar uno de los cigarrillos de McCoy cuando apareció Jackie.
—¿Otra ronda, caballeros? ¿Y para usted, señor? —preguntó.
Cooper respondió que sí y que él quería una pinta. Jackie poco menos que le hizo una reverencia.
—¿Seguro que no podemos convencerte, Harry? —dijo Stewart.
McCoy negó con la cabeza.
—Esta vez, no. Tengo unos cuantos platos sucios a mi nombre. Mi vida es la mar de excitante.
Stewart se puso en pie.
—Estupendo. Voy a buscar mi abrigo a la habitación. Regreso en cinco minutos.
Cooper ocupó su silla y los dos vieron cómo Stewart atravesaba el bar y dejaba un billete en la mano de Jackie. Uno grande, a juzgar por la sonrisa de aquella cara pecosa.
—No sabía que os habíais hecho amigos —dijo McCoy.
Cooper tomó las cerillas que había en la mesa y encendió un cigarrillo.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí, McCoy, como siempre te digo. Soy un tipo misterioso.
—¿Por qué estás de tan buen humor? —preguntó McCoy cuando Jackie trajo las bebidas.
—Digamos que las cosas se están poniendo en su sitio. —Le dio un buen trago a su cerveza y se limpió la espuma de los labios—. ¿Qué vas a hacer esta noche, jodido cabroncete? Vente con nosotros al indio, invito yo.
McCoy negó con la cabeza.
—Me voy a casa. Tengo que intentar desentrañar qué cojones está pasando con lo de las bombas antes de que Murray me aparte del caso.
—Ahora que me acuerdo —dijo Cooper bajando la voz e inclinándose hacia delante—. Hablé con mi tío.
—¿Y? —preguntó McCoy.
—Me dijo que de momento van a detenerlo, para comprobar si es verdad. Como favor personal.
—Genial —dijo McCoy—. Se lo comunicaré a Faulds.
—Sí, bueno. Todavía no ha dejado de interesarles, ni de lejos. Si le dices algo, que eso quede claro. Por lo que a ellos respecta, sigue estando bajo vigilancia.
McCoy asintió.
—¿Has visto a Billy? —preguntó.
Cooper negó con la cabeza.
—A la última persona que quiero ver es a ese mierdecilla. Tendrá lo que se merece.
McCoy estuvo a punto de preguntarle qué quería decir con eso cuando apareció Stewart con la gabardina sobre el brazo.
—¿Preparado? —preguntó.
Cooper se puso en pie, se acabó lo que quedaba del whisky de McCoy.
—Acuérdate de Jumbo —dijo—. Una noche entre rejas.
McCoy asintió y Cooper y Stewart se marcharon.
McCoy se quedó allí sentado durante un rato, se acabó su cerveza y pidió otra. Estuvo observando las idas y venidas en el bar. Llegó una mujer muy guapa, más o menos de su edad, y se sentó sola a una mesa. Durante unos segundos, barajó la idea de invitarla a una copa, probar suerte. Pero no estaba de humor. No podía librarse de aquella extraña sensación en la boca del estómago. Una sensación que le asaltaba únicamente cuando estaba a punto de pasar algo malo. Algo malo que él no iba a ser capaz de evitar.