Muerte en abril
22 de abril de 1974 » Setenta y uno
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Setenta y uno
—¿Qué dijo Mary cuando te vio la espalda? —preguntó McCoy al sentarse a su escritorio.
—Todavía no la ha visto. Dormí en el sofá, le dije que necesitaba dormir bien, que así se libraría de mis ronquidos, que la compensaba por todo el sueño que había perdido cuidando del pequeñajo.
Wattie alzó la vista.
—Dios bendito. ¿Qué le ha pasado a su cara?
—Me caí —respondió McCoy—. Vamos, llévame al hospital. Tengo que hablar contigo.
Se montaron en el coche, salieron del garaje y se adentraron en el tráfico de la ciudad.
—Escúchame bien —dijo McCoy—. No voy a decírtelo dos veces. Esto es lo que le vas a contar a Murray.
—De acuerdo —dijo Wattie, mirándolo con cautela.
—Vas a decirle que has estado un poco preocupado últimamente porque te has estado trabajando a un nuevo confidente. El tipo es difícil de controlar, porque es un paranoico y teme que lo descubran, pero te ha pasado información. Te ha revelado que Desy Dixon es quien ha matado a Billy Weir. Porque Billy mató a su hermano Jamsie…
—¿Fue Billy?
—Te lo digo en serio, Wattie. Escúchame —dijo McCoy—. Billy Weir mató al hermano de Desy y por eso Desy lo ha matado a él. Le pegó hasta dejarlo sin vida, y acabó manchado de sangre. Depositó una camisa y una chaqueta en el fondo de los contenedores de basura que hay detrás de la frutería de la calle Clyde. Tienes que ir a buscar esas prendas. Las encontrarás. Están manchadas con la sangre de Billy. Dos más dos. A Jamsie Dixon lo mató Billy. Asesinato resuelto. A Billy Weir lo mató Desy Dixon. Asesinato resuelto. Has resuelto dos asesinatos. Serás el chico de oro. ¿Lo pillas?
Wattie asintió.
—Pero no entiendo, cómo…
—No tienes por qué entenderlo, Wattie. Échalo a rodar. Este es el éxito que necesitas para poner a Murray de tu parte. No lo malgastes. Ahora detén el coche.
Lo hizo y McCoy se bajó, dejando allí sentado a Wattie con cara de pasmarote. Cooper lo había tramado todo. Le habían pedido que llevase ropa nueva para que Desy Dixon se cambiase después de hacerlo. Tiraron la ropa manchada en el contenedor. Con un poco de suerte, seguiría allí.
McCoy subió las escaleras del Royal, abrió la puerta. La mujer de recepción le dijo que encontraría a Andy Stewart en la sala dos.
Stewart estaba sentado en la cama cuando entró McCoy. Le habían amputado el brazo por debajo del codo y lo tenía cubierto de vendajes. A pesar de los múltiples pequeños cortes que los cristales le habían dejado en la cara, parecía bastante feliz.
—Me temo que tu carrera como boxeador se ha acabado —dijo McCoy—. ¿Cómo se encuentra Donny?
—Lo he visto esta mañana. —Su rostro se ensombreció—. Las heridas físicas se curarán, pero no es eso lo que me preocupa. No creo que nadie pueda pasar por lo que él ha pasado y salir indemne. Va a tener que recorrer un largo camino. Muy largo.
—¿Cuándo te dan el alta?
—Mañana —dijo—. Pero me voy a quedar aquí los días que hagan falta hasta que Donny mejore.
Tenía los ojos anegados en lágrimas y con los dedos tiraba de un hilo de la manta que lo cubría.
—Salvaste a un montón de gente, Andy —dijo McCoy—. Puedes sentirte orgulloso.
Alzó la vista y se enjugó los ojos.
—Salvamos a un montón de gente —remarcó Stewart—. Espero que eso suponga un ascenso para ti.
—Algo así, supongo —dijo McCoy—. Mi jefe quiere hablar conmigo mañana.
—Te lo mereces —dijo Stewart—. De no ser por ti, Donny estaría muerto.
—¿Te ha contado algo de las bombas? ¿De Lindsay? —preguntó McCoy.
Stewart asintió.
—Me ha dicho que no sabía nada de las bombas hasta que se presentó en el apartamento de Paul Watt. Creyó que era un grupo reivindicativo, que hacían manifestaciones, esa clase de cosas. Creía que Lindsay no sabía nada de las bombas, por eso regresó. Para avisarle.
Empezó a llorar de nuevo. McCoy se sentó a su lado en la cama y le pasó el brazo por encima del hombro. Lo entendía. Las posibilidades de que Donny saliese adelante eran del cincuenta por ciento y, aun así, resultaba imposible delimitar el daño que le habían causado a su cerebro. Un calvario como el que había experimentado bastaba para enviarlo a uno al otro barrio.
Dejó allí a Stewart. Le dijo que pasaría a verlo a la mañana siguiente. Ahora tenía que encargarse de otra cosa. No le quedaba mucho tiempo. Subió las escaleras que llevaban a la planta de arriba. La planta en la que estaba Lindsay. No tenía claro si creerse o no lo que había contado Donny. Pero no era a él a quien tenía que convencer, sino a un jurado. El penetrante dolor de estómago le llevó a detenerse durante un minuto. Lo sentía a la altura del bolsillo. Maldijo. Se había dejado el Pepto-Bismol en casa. No podía recordar la última vez que había ingerido algo sólido. El estómago le dolía si comía y si no comía también.
Asintió al pasar delante del agente uniformado que hacía guardia, abrió la puerta y entró en la habitación de Lindsay. Algo había cambiado. El olor a podrido era más fuerte que el olor a lejía. Lindsay estaba tumbado en la cama. Parecía más un esqueleto que otra cosa, pero su mirada evidenciaba que estaba alerta. Abrió mucho los ojos cuando fue consciente de que McCoy estaba allí.
McCoy se sentó en la silla que había junto a la cama y lo miró.
—Va a ser borrado para siempre —dijo McCoy—. El ejército y el MI5 se asegurarán de que no quede el más mínimo rastro de usted. Nada de un glorioso historial en el ejército, nada de bombas, nada de asesinatos. Será como si nunca hubiese existido. Un espacio vacío. Nada.
Lindsay lo miraba. Finalmente pudo apreciar algo de miedo en su rostro.
—No pueden hacer eso.
—Ya lo han hecho —dijo McCoy.
—Crawford se encargará de que mi… —Lindsay se detuvo, le costaba respirar.
—Crawford ha muerto —dijo McCoy—. Se tiró a las vías del tren de Greenock esta mañana. Seguramente, se dio cuenta de hasta qué punto le había arruinado la vida. Igual que arruinó la vida de otros tantos. Y todo ello para nada.
McCoy se puso en pie, tomó el frasquito de morfina líquida de la mesita y se lo tendió a Lindsay.
—Bébaselo —dijo—. O le juro que yo mismo lo mataré y haré que le resulte jodidamente doloroso.
Lindsay lo miró a los ojos. Alzó el frasquito, colocó los labios alrededor del borde de cristal. Sus mejillas se hundieron al succionar el líquido.
—Todo —dijo McCoy.
Logró ingerir tres cuartos del contenido antes de que se le cayese el frasco sobre la cama. Cerró los ojos y expiró.
McCoy lo dejó allí, recorrió el pasillo camino de las escaleras. Otra horrible punzada de dolor en el estómago. Intentó respirar despacio, esperó a que pasase la oleada. Tenía que llegar lo antes posible a la farmacia y comprar Pepto-Bismol. Empezó a bajar las escaleras, pero el dolor era tan fuerte que tuvo que detenerse. Se sentó en un escalón intentando respirar acompasadamente. Y entonces vomitó. Tenía el aspecto de lodo marrón, con retazos de brillante sangre roja. Se llevó la mano a la boca, la sangre le corría por la barbilla. Se apoyó en la pared. Nunca había sentido un dolor como aquel. Volvió a vomitar. Oyó pasos en la escalera. Alzó la vista y vio al doctor Basu.
—¡Señor McCoy! ¿Se encuentra bien?
McCoy logró negar con la cabeza.
—Creo que no.