Muerte en abril

Muerte en abril


22 de abril de 1974 » Sutherland

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Sutherland

Crawford se sirvió una taza de café en la cocina, fue a sentarse en el escalón de la entrada de la granja y miró hacia el bosque que se extendía frente a él. Lindsay le había hablado de ese lugar hacía un par de días, cuando dejó la bomba en el pub americano. Era demasiado peligroso ir a verle al hospital, por eso Lindsay había pasado al plan B. Un pequeño anuncio en The Times. PEQUEÑA GRANJA AISLADA PARA ALQUILAR EN SUTHERLAND. Acompañado de un mapa para guiarse. Dirigirse a A. Lindsay.

Le había llevado un rato encontrarla. No le sorprendió. Sutherland era una zona enorme, desocupada en su mayor parte. Y la granja estaba a casi cien kilómetros del pueblo más cercano. El padre de Lindsay la había ganado en una partida de cartas treinta años atrás y todavía estaba registrada a nombre del propietario original. Tuvo que adecentarla un poco, porque nadie había pasado por allí en todo aquel tiempo. Ahora estaba limpia y seca y era cálida. Un hogar.

Le dio un sorbo al café. Lamentaba lo ocurrido con Henry Robb, pero tenía que pasar. Así de sencillo. Era el que más se parecía a él. Metro ochenta y cinco, cabello castaño, la misma edad. Metió su cartera en el bolsillo de Robb antes de empujarlo desde el andén. No quedaba gran cosa para identificar después de que el tren expreso le pasase por encima a noventa kilómetros por hora. La policía tenía que estar contenta. El malvado artificiero ponía fin a su vida abrumado por el sentimiento de culpa.

Sonrió. Qué estúpidos llegaban a ser, qué fácil resultaba engañarlos.

Se quitó la camiseta DEFENS por encima de la cabeza para disfrutar del calor que notaba en la espalda. Resultaba agradable sentirlo en sus cicatrices cruzadas. Dobló la camiseta con mucho esmero y la colocó encima de la hoguera que había prendido frente a la granja. También se quitó las botas militares y los pantalones caqui. Se quedó desnudo. Lo lanzó todo al fuego y lo vio arder.

Ya no le interesaba transformar Escocia. En realidad, nunca le había interesado, pero a Lindsay sí y eso había sido motivo suficiente para él. Ahora estaba interesado en el hombre que le había impedido llevar a cabo sus planes. El detective Harry McCoy. Pero podía esperar. McCoy no se iría a ninguna parte y él necesitaba tiempo para perfeccionar su plan. En esta ocasión, no fallaría.

Vio un ciervo en el cerro que se elevaba más allá del bosque. No iba a pasar hambre allí. No después de todo lo que le había enseñado Lindsay. Vertió lo que quedaba del café sobre la hierba y entró en la granja. Tenía que acabar lo que Lindsay había empezado. Además, los gritos de Neil Harrison empezaban a molestarle.

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