Muerte en abril

Muerte en abril


19 de abril de 1974 » Cuarenta

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Cuarenta

Estaba despuntando el sol mientras atravesaban en coche la ciudad desierta. A McCoy le gustaba Glasgow a esas horas, era algo que echaba de menos de sus días de patrullero, sentirse parte de un aspecto de la ciudad que la mayoría de la gente desconocía. Pocos coches en las calles. Aceras vacías, gaviotas sobre los contenedores de basura, personas con aspecto desolado esperando el primer autobús de la mañana. McCoy encendió un cigarrillo, tosió durante un par de minutos; siempre le pasaba con el primero de la mañana. Fingió que aquel cigarrillo no le afectaba al estómago. Seguía queriendo poner orden en sus pensamientos con relación a lo que había ocurrido.

—¿Es todo lo que sabes? —preguntó cuando atravesaban la plaza George, desierta a excepción de los estorninos—. ¿Nada más?

Wattie asintió. Parecía exasperado.

—No me culpe, es todo lo que me han dicho. Recibí una llamada del turno de noche a las cuatro y media. Al parecer, esta noche había dos personas en la habitación de Lindsay. Las vio una enfermera que pasó por allí para comprobar que todo estaba bien. Salieron corriendo. Dejaron a Lindsay medio fuera de la cama, con los dos ojos morados, la nariz rota. El pobre capullo quedó en un estado lamentable.

—No lo entiendo —dijo McCoy—. ¿A quién se le ocurriría darle una paliza a alguien que está ingresado en un hospital?

—¡Y yo qué sé! —exclamó Wattie—. ¿Cómo iba a saberlo? Es usted el que está al cargo de este caso. Yo ya tengo suficiente con haberme quedado estancado con lo de Jamsie Dixon. —Puso en marcha las luces cuando llegaron a la estación de la calle High—. Y, por cierto, ayer Murray volvió a echarme la bronca. Quería saber si estaba progresando. No pude contarle gran cosa, pero es lo que hay. Por suerte, tuvo que responder a una llamada de la calle Pitt antes de perder el control.

—¿Le hablaste de Patsy y del dinero? —preguntó McCoy.

Wattie asintió. Hizo una mueca al quitarse un trocito de papel higiénico del cuello. Observó la sangre en el papel y después lo tiró por la ventanilla.

—Quiere que lo interrogue de nuevo, que le presione un poco más. Ya sabe usted que a Murray los feriantes no le hacen mucha gracia. Por lo que a él respecta, son todos unos ladrones de mierda. Iba a empezar con su habitual retahíla sobre los gitanos que roban gasóleo, cuando le llamaron.

Entraron en el aparcamiento del hospital y Wattie detuvo el coche junto a la entrada. Apagó el motor y sacó la llave. Miró a McCoy. Obviamente, no estaba satisfecho.

—Tengo que hacerlo bien, Harry. Creo que Murray no confía en mí. Me da la impresión de que es mi última oportunidad.

McCoy bajó del coche sin decir nada. Lo cierto era que él no creía que Wattie lo estuviese haciendo mal. Necesitaba resultados lo antes posible. Pero no tenía sentido decírselo. Lo mejor para él era animarlo.

—Vamos. A lo mejor resuelves el caso de ataque más importante en un hospital en 1974. Estoy seguro de que Murray te condecorará.

Wattie asintió, aunque no parecía muy convencido, ni muy feliz.

Fueran quienes fuesen, le habían dado una buena paliza a Lindsay. Tenía un aspecto horrible, realmente espantoso. Los dos ojos morados, rodeados por marcas amarillentas, puntos en la nariz. La mano izquierda vendada. Aplastado sobre las almohadas, daba la impresión de ser un hombre destrozado. Incluso su piel había adquirido una desagradable tonalidad de color azul pálido. Tenía los ojos cerrados, respiraba con dificultad, el aire producía un sonido áspero al salir de su boca.

—Dios bendito —dijo McCoy.

Lindsay entreabrió el ojo menos hinchado. Se pasó la lengua por los labios.

—¿Ya está contento? —preguntó con un hilo de voz que apenas llegaba a susurro.

—¿Qué dice? —dijo McCoy—. ¿Por qué iba a estar contento?

Lindsay permaneció inmóvil, mirando a McCoy. Necesitó un buen rato para reunir las fuerzas que le permitiesen volver a hablar. McCoy se acercó a la cama para poder oír sus palabras.

—Los tipos que me hicieron esto no dejaban de preguntarme dónde estaba Donny Stewart. ¿Acaso no los envió usted? Un trabajito extraoficial…

Tosió y un hilillo de líquido sanguinolento le corrió barbilla abajo.

McCoy quiso responder, pero Lindsay alzó la mano para que no lo hiciese.

—No dispongo de mucho tiempo, así que quiero que me escuche.

Todo su cuerpo parecía proclamar a gritos el dolor que estaba sufriendo. Señaló hacia una pequeña jarra de cristal con una pajita que descansaba en la mesilla. Wattie se la acercó a la boca y Lindsay dio un par de sorbos.

—Señor Lindsay, yo no he enviado a nadie, se lo prometo.

McCoy no tenía claro si era él o la habitación lo que estaba tan caliente. A lo mejor había subido la temperatura debido al paciente. Se aflojó la corbata y se desabrochó el botón del cuello de la camisa. Sentía, con más intensidad que nunca, aquella extraña punzada en la boca del estómago. Puro temor.

—Sí que lo hizo —replicó Lindsay—. Usted es la única persona a la que le interesa Donny Stewart. —Volvió a toser. Se secó el líquido de la boca con la manga del pijama y cerró los ojos durante unos segundos. Cuando volvió a abrirlos parecían más brillantes, como si hubiesen recobrado vida. Algo había cambiado. Lo que había bebido había hecho su efecto.

—Señor Lindsay, yo…

—Coronel Lindsay —susurró Lindsay—. Muestre un poco de maldito respeto.

McCoy asintió. Iba a tener que andarse con mucho cuidado.

—Coronel Lindsay, entiendo que lo que ha ocurrido aquí es inaceptable, pero…

Ahora Lindsay le sonreía, apretando sus rojos labios en aquella cara pálida.

—No le cuesta mucho, ¿verdad? Pasar de hacerse el tipo duro de Glasgow a convertirse en un llorón que pide disculpas. —Volvió la cabeza—. ¿Y usted? —preguntó mirando a Wattie—. ¿Tiene algo que decir?

Wattie parecía un conejo cegado por los faros de un coche. No dijo nada.

—Ahora ya todo está hecho —dijo—. Aunque supiese cómo, es demasiado tarde para detenernos. Pronto lo verá. Un pequeño entretenimiento antes de abandonar este valle de lágrimas. Lo del lunes fue solo el principio. Volverá a pasar una y otra vez hasta que este país quede libre de la pestilencia que se alimenta de él como las pulgas de una rata.

—¿A qué se refiere? —preguntó McCoy. Estaba empezando a asustarse, a asustarse de verdad—. ¿Van a explotar más bombas?

El brillo de los ojos de Lindsay estaba desapareciendo. Su cuerpo se iba relajando, hundiéndose en la cama.

De repente, McCoy se acordó de algo.

—¿Dónde está su hijo? —preguntó—. ¿Dónde está?

—¿Qué? ¿Cree que Crawford es el único? Me subestima, McCoy. Ahí fuera hay un ejército listo para actuar. Mis chicos van a incendiar las podridas ciudades de este país dejado de la mano de Dios. No tiene ni idea…

McCoy se volvió hacia Wattie.

—Llama a Murray, dile lo que está pasando. ¡Rápido!

Wattie asintió y salió a toda prisa de la habitación.

Lindsay lo vio salir. Sonrió de nuevo.

—Corre, conejo, corre —dijo—. Lo despellejaría como a un ciervo.

Fue la gota que colmaba el vaso. Recordó el ciervo en el bosque. Sintió una oleada de rabia y pánico. McCoy se acercó a la cama y colocó su cara frente a la de Lindsay.

—Escúcheme, usted…

Se detuvo. Los ojos de Lindsay se encontraban a miles de kilómetros de distancia. McCoy estiró el brazo hacia la mesita y tomó la pequeña jarra de cristal. Morfina.

—Cabrón.

Lindsay había cerrado los ojos.

McCoy se inclinó encima de él. Agarró el cuello del pijama y tiró de Lindsay para acercárselo a la cara. Apenas pesaba nada.

—¡No me deje así! —gritó. Le abofeteó.

La cabeza de Lindsay quedó colgando.

—¿Dónde está Donny Stewart? —preguntó McCoy—. ¿Es uno de ellos? ¿Lo es?

Lindsay se echó a reír.

—No. Donny está destinado a cosas mejores. Va a convertirse en uno de los elegidos para la Muerte en Abril…

—¿Que va a convertirse en qué?

Lindsay lo miró a los ojos, haciendo un gran esfuerzo para centrar la visión.

—Las doce del mediodía.

—¿Cómo? —preguntó McCoy—. ¿Qué va a pasar a las doce del mediodía?

Lindsay cerró los ojos. Apenas dejó escapar un balbuceo:

—¡Bum!

—¿Dónde? ¿Dónde va a ser? —preguntó McCoy—. ¡Dígamelo!

No hubo respuesta. McCoy lo sacudió con fuerza, pero no tenía sentido. Su cuerpo se estaba enfriando.

Lo dejó sobre las almohadas y se sentó en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos. Le dolía mucho el estómago. Otra bomba. Tal vez más. Ahora supo de qué se trataba lo malo que estaba por venir. Caos. Y, por lo visto, él había ayudado a que así fuese.

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