Muerte en abril
19 de abril de 1974 » Cuarenta y uno
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Cuarenta y uno
McCoy salió de la habitación de Lindsay y se acercó al mostrador de las enfermeras. La mente le iba a mil por hora. Sabía que había una bomba a punto de explotar y que la única persona que podía decirle dónde estaba prácticamente había abandonado este mundo. Una de las enfermeras estaba cumplimentando un formulario en un portapapeles. Le mostró su identificación.
—Lindsay —dijo—. En cuanto despierte, comuníquemelo. Llame a la calle Stewart y pregunte por mí. Soy el detective McCoy. Si no estoy allí, pregunte por Watson o Murray. ¿Entendido?
La enfermera asintió. Parecía asustada.
—Voy a mandar aquí a dos agentes de uniforme. Se quedarán en la puerta. Que no entre nadie a excepción del personal médico. Si aparece alguien que quiera visitarlo, avíseme. ¿Entendido?
Asintió de nuevo.
—¿Qué ha hecho? —preguntó—. No es más que un viejo.
—Es mucho más que eso, se lo aseguro. ¿Quién estaba de turno cuando le atacaron?
—Ellen Teirney —dijo—. Ha ido a la cafetería.
McCoy le dio las gracias y echó a andar hacia las escaleras.
La cafetería para el personal era una estancia alargada, sin ventanas, en el sótano. Las largas mesas, abarrotadas de enfermeras de uniforme, estaban iluminadas por fluorescentes. Los médicos se sentaban a otra mesa, apartada, con los estetoscopios colgando del cuello. Los corpulentos celadores también se sentaban aparte. Imperaba el murmullo de las conversaciones, el olor a beicon frito y tostadas, y en la radio sonaba «Waterloo». Le pidió a uno de los celadores que le indicase dónde estaba Ellen, y este señaló a una enfermera sentada en uno de los silloncitos que rodeaban una diminuta mesa de café al fondo. Era joven y su rubia melena luchaba para escapar del gorro con el que la controlaba. Daba la impresión de estar profundamente dormida.
McCoy no tenía tiempo que perder. La sacudió con cuidado por el hombro y ella se despertó al instante. Parpadeó un par de veces y se irguió en el asiento.
—¿Ellen? —preguntó McCoy—. Soy el detective McCoy. ¿Puedo hablar contigo sobre lo que pasó anoche?
Ella asintió. Sin duda estaba un poco aturdida. McCoy se sentó en el sillón que había frente a ella. El sillón en cuestión apestaba tanto a humo que no hacía falta siquiera encender un cigarrillo, bastaba con sentarse allí e inhalar.
—Lo siento, creo que me he quedado dormida —respondió—. Iba a tomarme una taza de té y a marcharme a casa.
—No me sorprende, teniendo en cuenta lo que pasó anoche —dijo McCoy—. ¿Puede contarme qué ocurrió?
Levantó su taza de té, dio un sorbo e hizo una mueca.
—Tengo frío —dijo—. Debo de haber dormido más de lo que pensaba.
McCoy asintió. Quería que ella siguiese hablando.
—Fui a echar un vistazo al señor Lindsay a eso de las dos. Tenemos que hacerlo con todos los pacientes cada dos horas. Así que abrí la puerta y lo primero que vi fue que estaba medio salido de la cama. En un principio, pensé que habría querido ir al lavabo y se habría caído o algo así. Pero después vi que había dos hombres en la habitación.
—¿Podría describirlos? —preguntó McCoy.
—La verdad es que no mucho —dijo—. Estaba oscuro, tan solo había encendida la luz de noche. Me empujaron y salieron corriendo. No pude ver sus caras, pero eran dos tipos grandes. Es posible que uno de ellos llevase puesta una chaqueta roja.
A McCoy le dio un vuelco el corazón. Tenían que ser Cooper y Stewart.
—¿Dijeron algo?
—Uno le dijo al otro «corre». Eso fue todo.
—¿Tenía acento? —preguntó McCoy.
—De Glasgow —dijo—. Como usted o yo.
—¿Y después?
Volvió a bostezar.
—Lo siento. Apreté la alarma e intenté volver a subir a la cama al señor Lindsay. Apareció la hermana, le conté lo que había pasado y fue ella la que llamó a la policía. Yo esperé a que el doctor se hiciese cargo del pobre señor Lindsay.
McCoy asintió. Tenía que preguntárselo.
—¿Cree que podría reconocerlos si los viese otra vez?
Negó con la cabeza.
—De acuerdo. Gracias —dijo McCoy. La dejó allí sentada. Los ojos se le volvían a cerrar. Lo más probable era que cayese dormida en cuestión de minutos.
Recorrió el pasillo en dirección al ascensor. Iba a matar a Cooper y a Stewart. Podía hacerse una idea de lo ocurrido. Los dos estuvieron bebiendo después del combate. Stewart le diría a Cooper que había alguien que seguramente sabía algo de su hijo. Cooper, viniéndose arriba, le diría a Stewart que él podía solucionar el problema, y le daría a entender que podían ir en su busca y sacarle la información a golpes. Más copas y acabarían decidiendo que era buena idea. No había sido capaz de ver lo desesperado que estaba Stewart. Le sorprendía que se hubiese visto involucrado en algo tan estúpido como eso. Pero lo cierto era que la gente podía llegar a hacer cualquier cosa en los asuntos relativos a sus hijos.
Apretó el botón del ascensor. Por fortuna, la enfermera no podría identificarlos, eso era lo único bueno en todo ese desastre de mierda. Un desastre de mierda del que él era responsable. No tendría que haberle hablado de Lindsay a Stewart, debería haber mantenido la boca cerrada para variar. Llegó el ascensor y se montó en él. Apretó el botón de la planta baja. Comprobó la hora en su reloj. Solo eran las seis y media. Iba a ser un día muy largo.