Muerte en abril

Muerte en abril


19 de abril de 1974 » Cuarenta y dos

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Cuarenta y dos

—Repítelo. ¿Qué es lo que dijo exactamente? —preguntó Murray.

Estaban sentados en una cafetería en la calle High, en una mesa junto a la ventana; desde allí podían verse las torres del Royal por encima de los edificios. McCoy tan solo se veía capaz de tomar una taza de té. Pero fue testigo de cómo Wattie y Murray devoraban dos tostadas cada uno.

—Dijo: «Doce del mediodía. ¡Bum!».

—Dios santo —dijo Murray sacando una servilleta de papel del dispensador y limpiándose los restos de mantequilla de los dedos—. ¿Algo más?

McCoy negó con la cabeza.

—Una bomba va a explotar a las doce. Dijo que su plan estaba perfectamente trazado y que sus chicos iban a llevarlo adelante.

Murray hizo una bola con la servilleta de papel y la dejó caer en su plato.

—¿Alguna posibilidad de que se trate de un farol?

—No lo creo. No parece ese tipo de persona. Va a pasar —respondió McCoy—. Yo estaba presente. Lo dijo en serio, Murray. No estaba fantaseando.

—¿Y qué cojones se supone que tenemos que hacer? —preguntó Murray. Había empezado a enrojecérsele la cara—. ¿Evacuar Glasgow al completo?

—No lo sé —replicó McCoy—. Solo he repetido lo que él me dijo. Dijo que hoy al mediodía estallaría una bomba y que habría más.

—Entonces, ¿él es el responsable de la última?

—Creo que sí —contestó McCoy al tiempo que sacaba un cigarrillo del paquete de Number 6 que Wattie había dejado sobre la mesa—. No puedo decir más.

Murray encontró sus cerillas y encendió la pipa.

—¿Alguna idea brillante?

—Tenemos que pillar a alguno de sus chicos y sacarle la información —dijo McCoy—. Wattie y yo iremos a ver a Meiklejohn para que nos diga cuál cree él que puede ser el más dispuesto a hablar.

Murray lanzó una bocanada, la apartó de su cara e ignoró las quejas de las dos mujeres que estaban sentadas a la mesa de al lado al verse rodeadas por el humo.

—¿Estás seguro de que no querrá contarnos nada más cuando despierte? —preguntó—. Me refiero a Lindsay.

—Está en la última fase de un cáncer de hígado —dijo McCoy—. Tomó dos sorbitos de morfina líquida mientras yo me encontraba con él. Estará fuera de combate hasta esta tarde, según me dijo el doctor.

Murray estaba cabreado.

—¿Y quién demonios le dio la paliza? ¿Fuiste tú?

—¡No! Joder. Venga ya, Murray. No soy tan malo —dijo McCoy.

—Entonces, ¿quién?

—Ni idea —respondió McCoy mintiendo como un bellaco.

—¿Qué es lo que van a volar por los aires? —preguntó Murray. Se dio cuenta de que Wattie no había dicho ni una palabra desde que se habían sentado—. ¿Watson? ¿Tienes algo que decir o vas a limitarte a dejar tu culo gordo en la silla mientras engulles tostadas?

El gesto de Wattie daba a entender que lo habían pillado haciendo algo que no tendría que haber estado haciendo.

—¿Un pub? —dijo—. ¿Una licorería? ¿Algo que tenga que ver con Inglaterra?

—Genial —replicó Murray—. Eso reduce mucho las posibilidades. Gracias por tu aportación. —Se volvió hacia McCoy—. ¿Estás seguro de lo de la bomba?

McCoy asintió.

Murray dejó escapar un suspiro.

—Voy a la calle Pitt. A ver si puedo organizar una lista de posibles objetivos. Le diré al personal que no le quite ojo a las bolsas abandonadas y esa clase de cosas. No sé cómo lograrán hacerlo sin causar pánico en las comisarías, pero por fortuna ese es su problema. —Se puso en pie—. No les va a hacer gracia y voy a tener que convencerlos. Esto es Glasgow, una ciudad llena de putos bares y licorerías. Dudo mucho que podamos controlarlos todos antes del mediodía. Poco importa lo que ocurra, vamos a salir perdiendo igualmente. Si no explota ninguna bomba, pensarán que soy idiota, pero si explota, morirá gente. Una mierda, McCoy, una puta mierda. ¿Alguna otra idea?

McCoy negó con la cabeza.

—Entonces, vamos allá. Encontrad a Meiklejohn —dijo Murray—. Espero que tengamos suerte.

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