Muerte en abril
19 de abril de 1974 » Cuarenta y tres
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Cuarenta y tres
Nadie respondió en el cuartel de Maryhill. McCoy comprobó la hora en su reloj. Eran las ocho menos cuarto. Tal vez todavía estaban durmiendo. Aunque no parecía algo muy propio del ejército. Se disponía a volver a llamar al timbre, cuando Wattie le palmeó el hombro.
—Es él, ¿verdad? —dijo.
McCoy se dio la vuelta y vio a un hombre corriendo en pantalón corto y camiseta por la calle Shakespeare en dirección a ellos. Meiklejohn alzó la mano a modo de saludo. Intentó acelerar el ritmo, pero la mueca de dolor en su rostro dio a entender que le resultaba imposible hacerlo.
—Hubiese jurado que todos estos militares estaban en forma —dijo Wattie.
Cuando se acercó, se hizo evidente el motivo de su mueca. La pierna izquierda de Meiklejohn estaba destrozada. Tenía dos grandes bultos por debajo de la rodilla, el resto de la pierna era un amasijo de quemaduras y cicatrices.
—Lo siento, caballeros —se disculpó cuando ya se encontraba a su lado—. Intenté acelerar, pero la pierna no estaba por la labor.
—Dios mío, tiene mala pinta —comentó Wattie—. ¿Qué le ocurrió?
—Irlanda del Norte —dijo Meiklejohn—. Por eso volví aquí a formar a los muchachos. Podría haber sido peor. El otro tipo que iba conmigo quedó tetrapléjico, todavía está en el hospital. —Se apoyó en el muro del cuartel y levantó la pierna izquierda del suelo—. Se supone que no tendría que correr con la pierna así. —Sonrió—. Ya debería haber aprendido la lección. Pero bueno, basta ya de mis problemas. Supongo que no se trata de una visita de cortesía, ¿verdad?
McCoy negó con la cabeza.
—Me temo que no.
Diez minutos más tarde, Meiklejohn se había duchado, se había puesto un chándal y estaba sentado al otro lado de su escritorio, en el despacho.
—Soy todo oídos —dijo.
A McCoy no se le ocurría un modo más fácil de explicárselo.
—Creemos que Lindsay está detrás de la bomba de la cervecera Tennent’s. Creemos que tanto él como sus chicos van a poner más bombas. Una de ellas es posible que explote a las doce de este mediodía.
Meiklejohn se echó hacia atrás en su silla.
—¿Está seguro? —preguntó—. ¿Lindsay?
McCoy asintió.
—Tampoco parece sorprenderle mucho.
Meiklejohn se encogió de hombros.
—Sabía que estaba pasando algo raro en esa casa. Pero no podía imaginar que fuese algo así.
—Entonces, ¿de qué creía que se trataba? —preguntó McCoy.
—Temía que uno de los chicos muriese o resultase herido durante los malditos ejercicios de campo de Lindsay. Él solía trabajar con soldados experimentados, la flor y nata del Ejército británico. Esos chicos apenas son unos críos. Están ahí para pasárselo bien y vivir aventuras.
—¿Eso era todo lo que creía? —preguntó McCoy.
Meiklejohn le miró a los ojos.
—Eso es todo.
—Para acabar con todo este asunto va a tener que ayudarnos. ¿Cuál de esos muchachos estaría más dispuesto a cambiar de postura? Tenemos que saber lo antes posible qué están planeando.
—George Orr —respondió Meiklejohn de inmediato—. Siempre me ha dado la impresión de que era el menos entusiasta de todos. Algo mayor a nivel psicológico. Más interesado en chicas y en beber que en pasar una noche lluviosa en un refugio improvisado en el bosque.
—¿Puede telefonearle? —preguntó McCoy—. Decirle algo que tenga que ver con asuntos administrativos. Si está en su casa, iremos a buscarlo…, pero no quiero que le ponga sobre aviso.
Meiklejohn asintió. Sacó una carpeta de un cajón, buscó un número y lo marcó en el teléfono.
—¿Dónde vive? —preguntó McCoy.
Meiklejohn tapó el micrófono con la mano.
—Vive en Ruchill con su madre. Creo que su padre los abandonó hace un par… ¿Señora Orr? Soy Meiklejohn, le llamo desde el cuartel. Me preguntaba si George estaba ahí, porque tenía que decirle una cosa. —Escuchó—. Sí, es un poco preocupante. Pero estoy seguro de que no le habrá pasado nada, seguramente está con un amigo. ¿Puede decirle que me llame cuando llegue? No corre excesiva prisa, solo tengo que contrastar unos datos con él. Igualmente. Adiós.
Colgó el teléfono. Un clic sordo.
—George Orr no pasó por casa anoche. No ha dicho nada. Nunca había hecho algo así.
—Joder —dijo McCoy—. ¿Puede probar con otro?
Meiklejohn asintió. Marcó el número. La misma historia. Bobby Slater no había pasado la noche en casa. Llamó a otro. No sabían nada de Thomas Ross. Ni de Henry Robb.
Cada vez que Meiklejohn confirmaba que otro chico había pasado la noche fuera de casa, la sensación de McCoy en la boca del estómago se intensificaba.
—Han desaparecido todos —dijo Meiklejohn. Su rostro era un reflejo de sus temores—. Robb era el último. ¿Adónde habrán ido?
McCoy negó con la cabeza. De repente, la cosa se estaba poniendo muy seria. Además de Crawford, habían desaparecido cuatro de los chicos de Lindsay. ¿Qué era lo que le había dicho de ellos? «Mis chicos van a incendiar vuestras ciudades». Al parecer, fuera cual fuese la misión que aquel lunático les hubiese encomendado, ya había comenzado.
Meiklejohn parecía tan preocupado como el propio McCoy. Estaba sentado al otro lado del escritorio, con el lápiz entre los dientes y la mirada perdida.
—¿Podría quedarse aquí todo el día, por si acaso llaman o aparecen? —preguntó McCoy.
Meiklejohn asintió.
—¿Dispone de alguna fotografía de los chicos que pudiese darnos? —preguntó McCoy.
—Sí, tengo fotos de todos ellos en sus respectivos expedientes.
Meiklejohn separó las fotos grapadas en lo alto de cada uno de los archivos. Se detuvo.
—No es algo muy ortodoxo, pero podrían llevarse los expedientes —dijo—. Tienen números de teléfono, direcciones, esa clase de cosas. Podrían resultarles útiles.
—Wattie, encárgate de eso —dijo McCoy—. Avisa por radio. Que envíen un coche a cada una de las direcciones, que pregunten a los padres. A ver si alguno de los chicos soltó prenda respecto a lo que pensaban hacer.
Wattie asintió.
—Me encargo. —Recogió los archivos y se dirigió a la puerta.
Meiklejohn todavía parecía perplejo.
—¿De verdad cree que van a empezar a poner bombas? —preguntó—. Conozco a esos chicos. Me cuesta imaginarlo.
—No lo sé —reconoció McCoy—. Pero tenemos que empezar a actuar como si fuesen a hacerlo. Si sucede algo al mediodía podremos confirmarlo.
—¿Y qué pasará si es así? —preguntó Meiklejohn.
—Se desencadenará todo.
McCoy se puso en pie. Meiklejohn también. De nuevo, una mueca de dolor. Se apoyó en la mesa.
—Usted sirvió en Irlanda del Norte —dijo McCoy—. ¿Alguna vez oyó hablar de oficiales de paisano con libertad para hacer lo que les diese la gana?
Por el gesto de Meiklejohn, parecía que hubiese visto a un fantasma, había empalidecido.
—¿Por qué me lo pregunta?
—Estoy interesado —dijo McCoy—. He oído hablar de ellos. ¿Usted no?
Meiklejohn negó con la cabeza.
—¿Le suena Paul McVeigh?
Meiklejohn tardó más de la cuenta en responder.
—No, nunca he oído hablar de él. ¿Por qué lo pregunta?
—No importa —respondió McCoy—. Si cualquiera de los chicos o de sus padres se ponen en contacto con usted, llámeme de inmediato a la calle Stewart, ¿de acuerdo?
Meiklejohn asintió.
McCoy lo dejó allí, tras su escritorio, todavía con la cara lívida. No tenía claro si se debía al dolor de la pierna o a lo que le había preguntado.
Cruzó el patio del cuartel preguntándose cuál debía ser el siguiente paso. Probablemente no podían hacer gran cosa aparte de esperar hasta las doce del mediodía y ver qué sucedía. Hasta entonces, había que intentar encontrar a los chicos.
No sabía si merecería la pena hablar con la hermana de Lindsay. Tal vez supiese algo sobre lo que se había estado llevando a cabo en la casa grande. Parecía bastante simpática, pero no estaba seguro de hasta qué punto querría colaborar con la policía contra su hermano.
Casi había llegado al coche, podía ver a Wattie hablando por la radio al tiempo que leía los archivos que tenía en la mano, cuando oyó un ruido de algo que se arrastraba a su espalda. Al darse la vuelta vio a Meiklejohn cojeando hacia él. Su cara era un reflejo del dolor que sentía.
—¡McCoy! Espere un minuto.
McCoy esperó hasta que Meiklejohn se aproximó. Apoyó la mano en la pared.
—No sé por qué me ha hecho esas preguntas —dijo—. Pero tiene que andarse con cuidado. —Le temblaba la pierna y el sudor perlaba su frente—. Se hacen llamar Det. Son mala gente. No rinden cuentas ante nadie. Se les permite hacer todo lo que quieran.
—Pensaba que formaban parte del ejército —dijo McCoy.
—A nivel nominal, sí —admitió Meiklejohn—. Pero las normas no van con ellos. Tenga cuidado con quién habla de esto. No les gusta que se les conozca, no quieren que nadie sepa de su existencia. —Frunció el ceño—. Porque, oficialmente, no existen.
—¿Cómo es que sabe tanto de ellos? —preguntó McCoy—. ¿Sabe usted qué pasó con Paul McVeigh?
Meiklejohn negó con la cabeza.
—Ya he hablado demasiado. Solo le digo que tenga cuidado, McCoy. Mucho cuidado.
McCoy vio cómo se daba la vuelta y se alejaba renqueando hacia el cuartel.