Muerte en abril
19 de abril de 1974 » Cuarenta y cuatro
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Cuarenta y cuatro
McCoy nunca se había sentido más inútil ni más frustrado en toda su vida. Habían hecho todo lo que estaba en sus manos. Desde la calle Pitt seguían telefoneando a bares y licorerías y ni siquiera habían completado la mitad de la lista. Meiklejohn no había recibido noticia alguna de los chicos o de sus padres. Según el doctor Basu, Lindsay seguía inconsciente y permanecería en ese estado hasta la tarde. Así que ahí estaban, sentados en la comisaría observando el reloj, esperando a que diesen las doce del mediodía. Faltaba media hora y no podían hacer nada. McCoy sacó una botella de Pepto-Bismol del cajón del escritorio y bebió un poco. No resultó de gran ayuda.
A pesar de haberse levantado a las cinco de la mañana, no estaba cansado. Al igual que todos los demás, se sentía alerta, tenso, sin parar de fumar, por Escocia. Aplastó su cigarrillo en el cenicero de su escritorio, lleno hasta los topes. Tenía que hacer algo, pensar en otra cosa. Vio entrar a Wattie en la comisaría, llevaba una botella de Irn-Bru en una mano y una bolsa de patatas fritas en la otra. Se levantó y fue hasta la mesa de Wattie, apartó una silla y se sentó frente a él.
—¿Has vuelto a hablar con Patsy Hearne? —le preguntó.
Wattie asintió.
—Vengo de ahí. —Desenroscó la tapa de la botella y le dio un buen trago—. Me ha contado exactamente lo mismo que cuando fuimos a verlo, no ha cambiado una sola palabra. La última vez que vieron a Jamsie Dixon estaba en las atracciones, fue cuando le dieron el dinero.
—¿Y ahora qué? —preguntó McCoy.
Wattie suspiró. Abrió la bolsa de patatas. Se la tendió. McCoy metió la mano, agarró un puñado y se las llevó a la boca.
—La hostia. Estoy atascado —dijo Wattie—. ¿Seguro que tiene suficientes patatas?
—Comes demasiado —dijo McCoy masticando con fuerza—. Debes contárselo a Murray.
—Lo sé. Pero voy a esperar hasta después de las doce. Si no pasa nada, tal vez esté de buen humor y será más sencillo. Si no, se me va a comer vivo. ¿Alguna idea?
¿Qué podía decirle? ¿Que Billy era quien había matado a Jamsie Dixon pero que no tenía prueba alguna más allá de lo que Cooper le había dicho?
Negó con la cabeza.
—Pensaremos en algo.
—Será mejor que lo hagamos pronto. Por cierto, Mary va a volver al trabajo. Empieza la semana que viene.
—Buena noticia —dijo McCoy—. Estará más contenta.
—Lo está. Casi bailaba por la habitación cuando me lo dijo. Creo que Duggie está echando un diente. Tiene la cara roja, se queja y me muerde la mano. Cree que…
—¡Vosotros dos! ¡Venid!
Se dieron la vuelta y vieron a Murray en la puerta de su despacho, señalándolos. Volvió a entrar en el despacho.
—Dios santo. ¿Qué querrá ahora? —dijo Wattie al ponerse en pie.
—No tardaremos en saberlo —repuso McCoy.
Murray estaba en mangas de camisa y corbata, arremangado, mostrando sus carnosos antebrazos. La camisa parecía cara. Vivir con Phyllis Gilroy, sin lugar a dudas, le estaba cambiando. Aunque todavía no había logrado nada con respecto a la pipa. Acababa de fumarse una, todo el despacho apestaba a tabaco Newton’s Gold Flake. Se sentaron y esperaron hasta que puso fin a la llamada de teléfono que estaba atendiendo. Colgó el auricular y los miró.
—Llamaban de la calle Pitt. Han realizado tres cuartas partes de las llamadas. En algunos de esos lugares empiezan a hacerse preguntas. La prensa no tardará en meter las narices.
Los tres fijaron la mirada en el reloj que colgaba de la pared. Faltaban diez minutos para las doce. McCoy sintió que se le encogía el estómago una vez más. Intentó no pensar en las personas inocentes que habían ido a trabajar y que, en cuestión de diez minutos, perderían la vida.
—¿Estás aquí?
Murray le miraba fijamente. Asintió.
—Watson, necesito que le pidas un favor a tu Mary. Estaría muy bien que, con mucha discreción, descubriese si en el Record han recibido algún otro mensaje de los Hijos de los 51 o de quién coño se trate.
Wattie asintió.
Murray lo miró.
—¡Corre! ¡Jodido payaso!
Wattie se puso en pie y salió a toda prisa del despacho. Murray negó con la cabeza.
—No sabría decirte si este muchacho es tonto o no.
—No lo es —dijo McCoy—. Pero él está convencido de que usted cree que lo es, así que está un poco nervioso.
—Por Dios. Esto es una comisaría de policía, no un jodido psiquiátrico —dijo Murray—. Tiene que ponerse las pilas. Es un adulto con un hijo, no un adolescente. ¿Cómo está llevando lo de Jamsie Dixon?
—No muy bien —respondió McCoy—. Pero nadie podría hacerlo mejor. Se trata de un mafioso cargándose a otro. Las posibilidades de que encontremos algo útil son escasas. Sabe tan bien como yo cómo van las cosas. Verá, le ayudaré con eso en cuanto pase lo de la bomba. Creo que está durmiendo unas tres horas por noche con lo del bebé. Recuerdo bien esa época. Fui un zombi durante seis meses.
—Como tú veas —dijo Murray—. Pero, pase lo que pase, necesitamos resultados.
McCoy comprobó la hora. Un minuto para las doce. El segundero siguió haciendo clic y llegó a las doce. Miró a Murray. No sabían bien qué estaban esperando, ¿el ruido de una explosión distante? No se oyó ninguna, tan solo el tictac del reloj y los gritos de un borracho que maldecía en el mostrador de la entrada.
—Ya son las doce —dijo.
Murray asintió y tamborileó con su pluma sobre el escritorio.
—A lo mejor no ha sido más que una falsa alarma —comentó McCoy con más convicción de la que realmente sentía.
—Eso espero —dijo Murray—. No tardaremos en saberlo. Se me olvidó preguntarte. ¿Qué se supone que significa todo ese asunto de Donny Stewart? ¿Eso de que va a convertirse en uno de los de la Muerte en Abril?
—No tengo ni la más remota idea —dijo McCoy—. Cuando me lo dijo ya estaba más allí que aquí, a lo mejor hablaba por hablar. Esa cantidad de morfina…
Sonó el teléfono de Murray. Ambos lo observaron durante unos segundos. Murray respondió. Escuchó. McCoy lo observaba. En cuestión de segundos, al ver el gesto de su rostro, supo que Lindsay no hablaba por hablar.
Había explotado otra bomba.