Muerte en abril
19 de abril de 1974 » Cuarenta y cinco
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Cuarenta y cinco
Wattie pisó a fondo el acelerador y el coche derrapó en la esquina de Woodlands Road. Llevaban la sirena y las luces encendidas. McCoy estaba sentado en la parte trasera, intentando infructuosamente encenderse un cigarrillo mientras iba de un lado para otro.
—Allí —dijo Murray, señalando hacia el parabrisas.
Se veía una columna de humo gris a unos pocos centenares de metros de distancia. El olor a quemado llegaba hasta donde se encontraban. El tráfico se había detenido frente a ellos. Los agentes de policía intentaban que los conductores diesen la vuelta.
Wattie tocó el claxon.
—Agárrense —dijo al subir medio coche encima de la acera.
El vehículo se tambaleó de nuevo y McCoy se agarró al asiento de delante.
—No parece tan grande como la de la cervecera —dijo—. Menos mal.
Wattie no dejaba de tocar el claxon, pero no servía de mucho, porque la multitud de mirones que se había congregado ya era demasiado grande.
—Detente —dijo Murray—. Dejemos el coche aquí.
Cinco minutos más tarde, McCoy, Murray y Wattie observaban el oscuro y humeante agujero que poco antes había sido la licorería Agnew’s. Había cristales por todas partes, de los dos escaparates y de las botellas que estaban en los estantes de la tienda. Era imposible no pisarlos al caminar. El alcohol olía tan fuerte que se podía paladearlo al tiempo que se respiraba. También se percibía otro aroma, más tenue pero presente. Almendras.
—Uno podría emborracharse solo con este olor —dijo Wattie.
Murray puso los ojos en blanco.
—Sal afuera y asegúrate de que los agentes acordonan la zona. Haz algo útil.
Wattie se apresuró en dirección a las furgonetas de la policía aparcadas para bloquear el paso de la calle a ambos costados del lugar donde había explotado la bomba.
Murray señaló con el mentón a un adolescente que estaba sentado en el bordillo, con las manos esposadas a la espalda.
—¿Está bien?
—Eso creo —dijo McCoy—. No tiene cortes ni heridas visibles. No ha abierto la boca.
—No me sorprende. El muy estúpido escogió la licorería equivocada. Tendría que haber sabido que es mejor no meterse con Victor Wilkie. ¿Qué tal está?
—Pronto lo sabremos —dijo McCoy—. ¿Se va a quedar usted por aquí?
Murray negó con la cabeza.
—Voy a la calle Pitt. A calmar a los perros de presa. Vamos a ver qué le decimos a la gente de la prensa. Te veré en la comisaría.
McCoy lo vio acercarse a las furgonetas de la policía diciéndole a gritos a Wattie, mientras se alejaba, que se diese «prisa de una puta vez». Aunque la licorería quedó destrozada, los daños no fueron ni de lejos tan graves como en la cervecera. Un único muerto, un hombre mayor que pasaba por delante. Una herida grave, una mujer que trabajaba en la panadería de al lado. Los inquilinos de los apartamentos que estaban encima de la licorería parecían encontrarse bien. Había una gran grieta en la fachada del edificio.
Woodlands Road no quedaba muy lejos de la calle West Princes, donde había explotado la bomba que mató a Paul Watt. A unos cinco minutos caminando. McCoy ni siquiera se había parado a pensar por qué habrían elegido esa zona de la ciudad. No tenía nada especial. Pisos llenos de estudiantes universitarios. Unas cuantas familias asiáticas. Apartamentos baratos. No precisamente la zona habitual de la clase alta.
Podía oír a los periodistas gritándole desde detrás de la cinta policial, disparando los flashes de las cámaras al pasar calle arriba en dirección a la zona de recuperación que habían montado los servicios de urgencias. Pudo ver incluso la furgoneta de la STV acercándose hacia ellos por la calle Gibson. Esperaba que Wattie pudiese mantener infranqueable la zona acordonada.
Victor Wilkie estaba sentado en una silla plegable junto a la parte de atrás de una ambulancia. Una joven enfermera cortaba la manga de su camisa. La aflojó y empezó a retirar los pedazos de cristal de su brazo con unas pinzas. Tenía que resultar doloroso, pero Wilkie no parecía notarlo, tan solo estaba allí sentado mientras ella dejaba los fragmentos sanguinolentos en una bandeja con forma de riñón. Wilkie había sido policía. Todavía se le notaba. Alto, corpulento, con bigote negro y rapado.
—¿Se acuerda de mí? —preguntó McCoy, al tiempo que sacaba otra de las sillas plegables de la parte de atrás de la ambulancia y se sentaba en ella.
Wilkie lo observó. Negó con la cabeza.
—Creo que dejó usted el cuerpo un mes después de que yo empezase. Fui a la fiesta en el Glen Douglas. Menuda nochecita.
Wilkie sonrió.
—No la recuerdo muy bien, la verdad.
—¿Se encuentra bien? —preguntó McCoy asintiendo en dirección a la enfermera que trajinaba con su brazo—. ¿Podrá responder a unas cuantas preguntas?
—Estoy bien —dijo Wilkie—. Mejor hacerlo ahora, mientras pueda recordar. Mi memoria ya no es lo que era.
—De acuerdo. Cuénteme qué ha pasado, desde esta mañana.
La enfermera cambió el brazo de posición y empezó a extraer los cristales de la otra parte.
—Esta mañana me llamaron de la calle Pitt. Me pidieron que estuviese atento por si veía algún paquete o bolsa sospechosa o a alguien comportándose de un modo inusual. No le di importancia. Uno nunca cree que esas cosas puedan pasarle, ¿verdad?
McCoy negó con la cabeza.
—Así que vine y abrí la tienda. Como todos los días.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí? —preguntó McCoy.
Wilkie se lo pensó un rato.
—Unos seis años. Empecé un par de años después de retirarme. Me pasaba el día en casa y eso me estaba trastornando, por no hablar de mi señora. Así que acepté este trabajito, para entretenerme.
—Y…
—Abrí la tienda. Había un buen puñado de gente esperando fuera, los habituales. Los atendí, metí su dinero en el cubo de agua. Agarré…
—¿Cómo? —dijo McCoy—. ¿Cubo de agua?
—El dinero que traen está asqueroso. Han estado mendigando toda la mañana. Monedas sucias con restos de vete a saber qué. Van directas al cubo.
—Ah, ya entiendo. Lo siento.
—Así que los tipos volvieron a la calle —prosiguió Wilkie—. Repuse las botellas de los estantes. Y mientras las estaba colocando, vi a un cabroncete fuera. Llevaba una bolsa, una de esas de deporte. ¿Adi? ¿Adis?
—Adidas —dijo McCoy.
—Eso es. Estaba escrito en un lado. En fin. Pasó de largo varias veces, pensando que no podía verlo, pero tenemos espejos para controlar a los ladrones, así que lo vi. Después de varias idas y venidas, entró. Y entonces pensé: ya está. Me bajé de la escalera, me coloqué tras el mostrador y le pregunté qué quería. Mierda.
La enfermera dejó caer un pedazo grande en la bandeja e intentó frenar el chorrito de sangre que resbalaba por el brazo de Wilkie. McCoy le pasó un paquete de algodón sin mirar, la enfermera consiguió controlarlo y Wilkie prosiguió su relato.
—Me pidió una bolsa de patatas fritas, la pagó y se dirigió a la puerta. Sin la bolsa de deporte. Le dije: «Te olvidas la bolsa», pero él echó a correr. Cabrón de mierda. Así que salté por encima del mostrador y eché a correr tras él. Iba por la acera hacia el centro. Supe que no iba a poder pillarlo. Estoy mayor para eso. Así que le grité a los tipos que estaban excavando en la calzada. Les dije que lo detuvieran. Y por mis cojones que lo hicieron. Tres de ellos lo agarraron, lo tiraron al suelo. Estaba regresando a la tienda, para llamar por teléfono, cuando… ¡bum! Lo siguiente que recuerdo es estar tumbado en el suelo como si fuese un puto alfiletero, con cristales clavados por todas partes.
—Lo hizo usted muy bien, señor Wilkie.
—Te diré una cosa, hijo. He echado de menos los viejos tiempos. El subidón de adrenalina.
La enfermera estaba observando un gran pedazo de cristal verde con la etiqueta de la botella de vino enganchado en él. Wilkie lo tenía clavado junto a la muñeca.
—Lo siento, señor Wilkie. Este está demasiado profundo para quitárselo aquí. Voy a tener que llevarlo al Western. ¿De acuerdo?
Wilkie asintió y le permitió que le ayudase a entrar en la ambulancia. McCoy se despidió de él y le dio las gracias de nuevo. Se encaminó hacia donde estaba sentado el joven esposado.
—Yo te he visto antes —dijo al reconocer el cabello rojo del muchacho—. Estabas encalando de blanco el cuartel.
El chico lo miró. No podía tener más de dieciséis o diecisiete años.
—¿Cómo demonios te has visto envuelto en esta mierda? ¿Eres consciente del lío en el que te has metido?
El muchacho no dijo nada. Empezó a llorar.
—Ya es muy tarde para eso, hijo —dijo McCoy—. De poco te va a servir llorar y pedir perdón. Como no nos ayudes te van a clavar en una puta pared. Piensa en ello dentro de la furgoneta, ¿te parece?
Vio cómo subían al joven en la parte de atrás de la furgoneta de la policía. Sabía que no tendría por qué haberle dicho eso, pero había que presionar al chico para que hablase; iba a tener que ser incluso más desagradable para que soltase la lengua.