Muerte en abril

Muerte en abril


19 de abril de 1974 » Cuarenta y seis

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Cuarenta y seis

—No va a funcionar —dijo McCoy—. Tres de nosotros ahí dentro será demasiado. Se asustará, porque tres personas forman una especie de muro. No querrá hablar.

Murray le miró desde el otro lado de su escritorio. Wattie parecía aliviado. Estaban en el despacho de Murray. El muchacho los esperaba en la sala de interrogatorios. Según las fotos y los archivos que les había entregado Meiklejohn, se trataba de Thomas Ross. Parecía más joven de lo que era. Había cumplido dieciocho el mes anterior. Vivía en Patrick con su madre. Calle Peel, a escasos metros del apartamento de McCoy. Trabajaba en Galbraith como aprendiz de carnicero.

—¿Qué dices? Ahora resulta que tú eres el único que ha interrogado a un sospechoso —replicó Murray.

—No —contestó McCoy con paciencia—. Pero creo que en esta ocasión saldrá mejor si le interrogo yo solo.

—Necesitamos información ya. No puedes joderla, McCoy —dijo Murray.

—No pretendo hacerlo —dijo McCoy—. Esa es la cuestión.

Murray tamborileó con los dedos sobre la mesa.

—Trabajamos contrarreloj. Te doy veinte minutos. Si no sacas nada, entramos nosotros.

McCoy asintió.

—Lo conseguiré.

Abrió la puerta de la sala de interrogatorios. Con toda la intención, habían metido al joven en la más pequeña y mugrienta de todas. También era la que estaba más lejos del despacho. Colocó un vaso de agua encima de la mesa, frente a Ross.

—Pensé que tendrías sed —dijo—. Bebe.

Ross tomó el vaso y bebió hasta la mitad. No tenía buen aspecto. Miraba sin descanso de un lado a otro. Daba la impresión de que los obreros que lo habían detenido le habían dado una tunda. Estaba empezando a aparecerle un moratón bajo uno de los ojos y también tenía un corte en la mejilla. Su camisa azul claro se veía sucia y rota por el hombro.

Dejó el vaso y miró a McCoy.

—¿Puedo ver a mi padre? —preguntó—. Quiero ver a mi padre.

McCoy dejó su pila de carpetas sobre la mesa y se sentó.

—Ni hablar —dijo—. Eres un adulto. Lo eres desde hace dos años.

Ross parpadeó varias veces. Incluso las pestañas las tenía pelirrojas.

McCoy sacó una foto de una de las carpetas y la dejó frente a Ross. Una mujer de mediana edad les sonreía, con un sombrero navideño de papel y un vaso en la mano.

Ross la observó. Después miró a McCoy.

—Esta es Una Pollock —dijo—. Trabajaba en Tennent’s.

Sacó otra fotografía de la carpeta y la dejó frente a Ross.

—Esto es lo que le hiciste.

Ross observó la fotografía. Empalideció de golpe. Se apartó de la mesa y vomitó el agua en una papelera. Un olor acre llenó al instante la diminuta sala de interrogatorios.

McCoy podía entenderlo. A duras penas era capaz él mismo de mirar aquella instantánea.

—Habrás visto que las dos piernas están separadas del cuerpo. De la cabeza apenas quedó nada. Su marido tuvo que identificarla por la alianza de boda. Verás, Thomas, quiero que pienses en esto. ¿Qué crees que te va a pasar cuando le enseñen esta foto al jurado?

Ross se estaba limpiando la boca con el puño de su camisa. No dijo nada.

—¡Ah! Entiendo —dijo McCoy—. El entrenamiento del bueno de Lindsay. Diles tu nombre, tu rango y tu número de identificación si te capturan, nada más. Pues bien, a la mierda con eso. No estamos en una película de guerra. Esto es real, hijo, y va a ser todavía más real. No lo pillas, ¿verdad? Aquí puedo hacer lo que me dé la gana. Patearte todo lo que quiera, romperte las costillas. Cualquier cosa.

Ross empezó a llorar, las lágrimas le corrían por las mejillas.

McCoy se sentía como un cabrón, pero tenía que seguir adelante. Recordó que morirían más personas si no lograba que el chico hablase. Tenía que presionarle más.

—A nadie le importas y nadie va a venir a salvarte. Una tenía cuatro hijos, tres nietos y otro en camino. Ella sí importa, pero tú no importas lo más mínimo.

McCoy se recostó en su silla.

—¿Sabes una cosa? No pareces tan estúpido, así que es posible que hayas entendido que el plan de Lindsay con sus soldaditos de juguete se ha acabado. Ahora estamos aquí, tú y yo. Y si no empiezas a hablar, todo empeorará. Empeorará mucho.

Sacó su paquete de Regal del bolsillo y encendió uno. Empujó el paquete y las cerillas sobre la mesa en dirección a Ross. El muchacho tomó uno y lo encendió con manos temblorosas.

—Yo no la maté —dijo—. No fui yo.

—Importa bien poco —prosiguió McCoy—. La bomba de la cervecera Tennent’s se fabricó con mezcla Co-op. La bomba que has puesto en la licorería fue construida con mezcla Co-op. Estás metido en esa organización. Existe una cadena de causalidad. ¿Sabes qué significa eso?

Ross negó con la cabeza.

—Significa que te van a acusar exactamente de lo que hizo tu colega, el que dejó la bomba en la recepción de Tennent’s. Asesinato. Te declararán culpable. ¿Cómo no iban a hacerlo cuando te han pillado con las manos en la masa? A la gente no le gusta que exploten bombas en su ciudad. El juez se sabrá presionado e intentará que te caiga la mayor condena posible. ¿Te gustaría saber cuál podría ser?

Ross no apartaba los ojos de él. Le temblaba el labio inferior.

—Entre veinte y veinticinco años en la cárcel. Y si crees que lo que te va a pasar en este cuchitril es malo, no tienes ni puta idea de lo que le pasará a un joven bien parecido como tú en la cárcel. Le darán la vuelta a tu culo como a un calcetín.

Dejó que asimilase la idea durante un rato.

—Anda, dime. ¿Vas a tirar tu vida entera a la basura, tu vida al completo, por lealtad a un pijo cabrón del ejército que se divierte haciéndose pajas con adolescentes en el bosque o alguna otra cosa por el estilo?

Ross miraba ahora al suelo. Las lágrimas y un hilillo de saliva le habían mojado el regazo. McCoy apartó la vista. No quería hacer lo que estaba haciendo, pero tenía que hacerlo. Se acercó a Ross y le palmeó la espalda. Sacó un pañuelo del bolsillo y se lo dio.

—Tienes la oportunidad de contarme todo lo que sepas de Lindsay y de su campaña de bombas. Es tu única oportunidad. Si lo haces, todo cambiará. Le diré a todo el mundo que has colaborado. Meiklejohn te escribirá una bonita carta de recomendación. Le dirás a todo el mundo que lo sientes mucho y que Lindsay te llevó por el mal camino, y todo mejorará para ti. —McCoy se puso en pie y se dirigió a la puerta—. Volveré dentro de cinco minutos. Toma la decisión correcta.

McCoy se apoyó en la pared del pasillo. Encendió otro cigarro. Últimamente, casi encendía un cigarrillo con otro. Sacó la botellita de Pepto-Bismol del bolsillo de su chaqueta y le dio un trago. Tenía el sabor del yeso disuelto en agua. Hacía mucho que no le pegaba a un sospechoso en un interrogatorio. No tenía intención de volver a hacerlo. Aquellos a los que había zurrado podían sobrellevarlo, eran delincuentes veteranos, hombres duros. En aquel tiempo solía decirse que el fin justificaba los medios, pero igualmente se sentía como una mierda y dejó de hacerlo. No estaba seguro de si asustar de aquella manera a un muchacho de dieciocho años en lugar de pegarle era algo más aceptable. En cualquier caso, se sentía como uno de aquellos matones que él tanto odiaba, abusando de alguien simplemente porque podía hacerlo. Tenía que acabar con aquello lo antes posible. Tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó. Abrió la puerta.

Ross estaba sentado en la silla. El ojo se le estaba hinchando. Tenía la cara bañada en lágrimas, manchada de vómito. Se notaba que el miedo le invadía a oleadas. Repiqueteaba con el pie en el suelo. Le había arrancado el filtro al cigarrillo, había sacado las hebras de tabaco y las había dejado en el cenicero.

McCoy se sentó.

—¿Estás listo?

Ross asintió.

—Es la decisión correcta, hijo. ¿Dónde y cuándo explotará la siguiente bomba? —preguntó.

—No lo sé —respondió Ross.

McCoy hizo el ademán de levantarse. Ross le agarró por el brazo para que se detuviese.

—¡No le miento! ¡Por favor! Así es como lo organizó Lindsay. De verdad.

McCoy volvió a sentarse.

—Lo llama la estructura en células. ¿Sabe en qué consiste?

McCoy negó con la cabeza.

—Ilústrame.

—La idea es que nadie sepa más de lo necesario. De ese modo, si te atrapan o si hay una brecha de seguridad, no puedes dar información porque no la tienes. Nos llamaba células. Yo lo único que conocía era mi labor. La licorería. No sé nada más.

—¿Estás seguro? —preguntó.

Ross volvió a asentir.

—Los únicos que conocían el plan al completo eran Lindsay y Crawford. Ellos nos asignaban las labores. Lo hacían todo cara a cara, nada quedaba escrito.

—¿Cuántos erais?

—Cuatro. George, Bobby, Henry y yo. Además de Crawford y Lindsay.

—¿Y Donny Stewart?

Ross negó con la cabeza.

—¿Por qué no?

—Cuando la bomba estalló en el apartamento, llamó a Lindsay desde Glasgow, necesitaba que fueran a buscarlo. Así que Lindsay y yo fuimos en el coche.

—¿El Daimler?

—Sí. Lo recogimos detrás del cuartel. Se había estado escondiendo en el almacén de atrás.

—¿Meiklejohn estaba al corriente?

Ross negó con la cabeza.

—No. Lindsay lo consideraba uno de los enemigos. Nos había dicho que nos mantuviésemos alejados de él, que no le dijésemos nada. Así que recogimos a Donny, pero fue muy raro. Tenía un gran corte hacia abajo en la pierna, le salía mucha sangre. Creo que se cortó con el cristal de un cuadro que había encima de la chimenea del apartamento.

—¿Y qué tiene eso de raro?

—Lindsay. No podía dejar de mirar la pierna de Donny. Le hizo quitarse los pantalones antes de entrar en el coche. Dijo que quería ver la herida al completo. Así que Danny se los quitó al lado del coche y se quedó allí, con las piernas separadas. Fue como si Lindsay se quedase hipnotizado, no dejaba de mirar la herida de la pierna.

Ross tragó saliva. Daba la impresión de que quería decir algo, pero le daba miedo.

—¿Qué sucede? —preguntó McCoy—. Vamos, Tom, ya casi lo has conseguido.

Ross se limpió la nariz. Mantuvo la cabeza gacha. No quería mirar a McCoy.

—Todo el rato que estuvo mirándolo, mirando su pierna, tuvo una erección. Se notaba en sus pantalones.

Empezó a llorar.

McCoy sacó otro pañuelo del bolsillo y se lo tendió. Se dio cuenta de que era uno de los buenos, uno de los que Susan le había regalado en Navidad. Tenía bordadas sus iniciales en una esquina: H McC. Ross tomó el pañuelo, se sonó la nariz un par de veces y se enjugó las lágrimas.

—¿Qué pasó después?

—Regresamos a Knockland, y, por la mañana, Donny se había marchado. Había vuelto a la Armada.

—¿Cómo dices? —preguntó McCoy.

—Volvió al barco. Me lo dijo Lindsay. Me dijo que era donde mejor podrían curarle la pierna, que era mejor que ir al hospital, por si empezaban a hacerle preguntas.

McCoy se recostó en su silla. Se preguntó qué demonios le habría ocurrido realmente a Donny Stewart. No había regresado al barco. De eso estaba seguro.

—Va a entrar el detective Watson. Quiero que vuelvas a explicarlo todo y que intentes recordar incluso alguna cosa más. No te preocupes, él es un buen tipo, no como yo. Cuéntale todo lo que puedas. ¿De acuerdo?

Ross asintió.

—¿Estás seguro de que no sabes dónde podemos encontrar a los otros muchachos?

Ross negó con la cabeza.

—Lo único que sé es lo que Crawford me dijo. Nos controlaban cada media hora, para asegurarse de que no hablábamos unos con otros.

McCoy asintió. Se dio la vuelta para marcharse.

—¿Cómo os convenció Lindsay? ¿Cómo os hizo creer todas esas cosas sobre Escocia, todo lo del asunto de la bebida?

—¿Ha llegado a conocerlo? —preguntó Ross, repentinamente animado.

McCoy asintió.

—Entonces sabrá cómo es. Es brillante. Y de entre todos los cadetes nos eligió a nosotros cinco. Nos dijo que éramos una banda de hermanos, que estaríamos juntos toda la vida.

—¿Y le creísteis? —preguntó McCoy.

Ross asintió y volvió a bajar la vista a su regazo.

—Nunca había tenido amigos de verdad, ni en el colegio ni en el trabajo. Ahora tenía a Lindsay y a los otros. Formaba parte de algo. Era alguien. —Alzó la vista. Sonrió—. Habría seguido al coronel Lindsay al fin del mundo.

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