Muerte en abril
19 de abril de 1974 » Cuarenta y siete
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Cuarenta y siete
Tras las palabras de Ross, resultaba más plausible que la casa de Lindsay fuese el lugar en el que se refugiaban los muchachos desaparecidos. Apartada, segura, no demasiado lejos de Glasgow. Un lugar ideal en el que esconderse. Los chicos habían aprendido allí a trabajar sobre el terreno, debían conocer bien el entorno. Por ese motivo, McCoy y Faulds estaban sentados en la parte trasera de un coche patrulla, con las luces y la sirena puestas, en dirección a Gourock y al ferri que llevaba a Dunoon.
McCoy les había contado a Murray y a Wattie lo que Ross le había confesado. También les dijo que estaba convencido de que decía la verdad. Murray maldijo y despotricó, pero para McCoy tenía sentido. Lo de las células era una buena idea, justo lo que hubiese llevado a cabo un militar inteligente. Enviaron a un equipo de investigación al cuartel por si acaso Meiklejohn había mentido sobre lo de esconder a Donny Stewart y para comprobar si había algún otro muchacho allí.
Wattie tenía pensado interrogar de nuevo a Ross. Le dieron ropa limpia, una taza de té y algo de comer. Quería ver si podía sacar de él algo más por la vía amable. Un rápido vistazo a los archivos que les había entregado Meiklejohn demostró que los jóvenes desaparecidos encajaban en el mismo perfil que Thomas Ross y Paul Watt. Bajas calificaciones, hijos únicos, padres desaparecidos, soñadores que andaban buscando un cambio en sus vidas. Lindsay los había escogido cuidadosamente. McCoy le dijo a Wattie que se comportase como el hermano mayor que Ross nunca había tenido, que se ganase su confianza.
Saber que Ross no era el único, que había otros cuatro artificieros sueltos, incluyendo a Crawford, implicaba que el asunto adquiría otro nivel. Trabajar contrarreloj obligaba a hacerlo todo al doble de la velocidad habitual. El coche en el que iban lo conducía Colin Nish, el mejor conductor de la comisaría; había recibido formación especial en Inglaterra. Les había parecido buena idea, pero ahora McCoy no lo tenía tan claro. Debido a la elevada velocidad, empezaba a sentirse mareado. Saltaban de un carril a otro, a veces incluso circulaban en dirección contraria. De esa manera, aumentaban sus posibilidades de morir en un accidente de coche antes incluso de llegar al destino. A todo esto, Murray había regresado a la calle Pitt para ponerles al día sobre los cuatro artificieros y para pedirles más recursos si era necesario. No envidiaba en absoluto la posición en la que Murray se encontraba.
—Esto es un puñetero infierno —dijo Faulds agarrándose con fuerza al asiento—. ¿No deberíamos decirle que aminorase un poco?
—No creo que pueda hacerlo —respondió McCoy encogiéndose al tomar una curva y ver aparecer el río Clyde y Dumbarton Rock—. Tendremos que confiar en él.
Además de conducir a Dios sabría cuántos kilómetros por hora, Nish hablaba por radio llevándose el receptor a la boca, intentando hacerse oír por encima del ruido del motor y del chirriar de los neumáticos.
—Estamos llegando a Port Glasgow, señor —gritó. Una pausa mientras escuchaba—. De acuerdo. Correcto.
Dejó el receptor en su sitio. Volvió la cabeza para mirar a McCoy y gritó:
—Cambio de planes. Una lancha de policía nos recogerá en el muelle de Greenock, en la aduana. ¿Sabe dónde está?
McCoy asintió.
Nish metió la quinta y adelantó a un MG.
—Estaremos allí en cinco minutos.
—Dios mío —dijo Faulds—. Esto parece una puñetera película de James Bond.
—Échale la culpa a Murray —dijo McCoy—. Creíamos que enviarían a agentes locales, pero él tenía otros planes. Porque no saben hacer la o con un canuto.
—Seguramente —reconoció Faulds—. ¡Joder! ¿Y ahora qué?
Nish cruzó dos carriles, realizó un giro con el freno de mano, enfiló la calle que llevaba al muelle de la aduana y detuvo el coche a escasa distancia del límite.
—Ya hemos llegado, caballeros —anunció—. Aquí es donde ustedes deben apearse.
Bajaron los escalones que llevaban hasta la lancha de la policía. Parecía una lancha rápida pintada de azul, con un diminuto parabrisas como única protección contra los elementos. Un joven agente con el uniforme de la policía fluvial les dio la mano y les dijo que se llamaba Archie Clegg. Acto seguido apretó a fondo el acelerador y la lancha salió disparada hacia delante, la proa se elevó hacia arriba y se alejaron del muelle.
A McCoy no solía gustarle lo de ir en barco, pero este viaje lo estaba disfrutando. Saltar por encima del agua a mucha velocidad significaba no tambalearse en exceso, así que no notaba el mareo. Se sentó al lado de Clegg mientras Faulds se quedó encogido en la parte de atrás, pálido como una sábana.
—No hay por qué llegar a Dunoon —gritó McCoy—. ¿Podrías dejarnos en Loch Striven? ¿Cerca de Glenstriven?
Clegg asintió.
—Sin problema. Estaremos allí en quince minutos.
McCoy permaneció a su lado todo el rato, disfrutando de la velocidad y notando las gotas de agua en la cara. Dejaron atrás Gourock, y McCoy se fijó en los grandes buques en el muelle de Holy Loch. Pero no llegó a ver ningún submarino. Pensó en Donny Stewart, tenía la impresión de que fuera lo que fuese lo que le había ocurrido no podía tratarse de nada bueno. Se preguntó qué significaría lo de la Muerte en Abril. Se dio la vuelta para mirar a Faulds, que estaba inclinado sobre la borda, limpiándose la boca con un pañuelo azul celeste. Cuando se volvió para mirar a McCoy, tenía un aspecto tan lamentable que este no pudo evitar echarse a reír.
—Muy gracioso, cabrón —dijo Faulds—. Me estoy muriendo.
Clegg aminoró la marcha, dibujó una amplia curva y se acercó a la costa de Glenstriven. Saltaron al estrecho embarcadero y lo recorrieron en dirección al pueblo.
—La casa está a unos diez minutos por la carretera —dijo McCoy.
Faulds asintió. Todavía tenía mala cara.
—Al menos nos encontramos otra vez en tierra firme —dijo.
La estrecha carretera estaba flanqueada por setos. Reinaba la calma, tan solo se oía el canto de los pájaros y, de vez en cuando, el mugido de una vaca. Podían verse los cerros al otro lado del lago, con sus cimas espolvoreadas de nieve. El sol se había abierto paso por entre las nubes y dejaba notar su calor en los hombros. Resultaba difícil hacerse a la idea de que estaban allí, en aquel entorno paradisiaco, para intentar detener a unos maniacos que pretendían que Glasgow saltara por los aires.
—¿Te gusta el campo? —preguntó Faulds.
—Qué va —dijo McCoy—. ¿Y a ti?
Faulds negó con la cabeza.
—Me he pasado la vida en Glasgow y en Belfast. Soy un urbanita. Toda esta naturaleza me pone nervioso. Puedo pasar un par de días, pero…
—¡Joder! —exclamó McCoy—. Se me había olvidado decírtelo con todo este jaleo. Cooper habló con su tío.
—¿Y? —preguntó Faulds, cauteloso.
—Los chicos de Belfast van a dejar las cosas tranquilas por un tiempo. Quieren revisar todo lo que pasó. Durante un tiempo, no vas a ser su objetivo.
Faulds se detuvo.
—¿Lo dices en serio?
McCoy asintió.
—Gracias a Dios —dijo Faulds.
McCoy señaló hacia la casa, que se veía entre los árboles.
—Ahí está. Knockland.
Cuando llegaron, había dos agentes de uniforme junto a la puerta. Habían llegado de Argyll y Bute. El más alto salió a su encuentro.
—Danny Finch —dijo—. A su disposición.
McCoy asintió y le dio la mano. Debía de tener unos veinte años. El otro se llamaba Jackson. Parecía más joven incluso.
—De acuerdo —dijo McCoy—. Vamos.
—Hay un problema —dijo Finch—. La puerta tiene un candado. Hemos llamado al interfono, pero nadie ha contestado.
McCoy pudo oír mascullar a Faulds entre dientes: «Mierda».
—¿Habéis traído alguna clase de equipo? —preguntó McCoy—. ¿Una cizalla? Nos iría bien.
Finch, como mínimo, tuvo la decencia de enrojecer.
—No —dijo—. Nadie nos dijo que la necesitaríamos.
McCoy resistió la tentación de gritar «¡¿Cómo cojones creíais que íbamos a entrar?!», e intentó mantener la calma.
—El lugar más cercano en el que podemos conseguir una es en la comisaría de Greenock —dijo Finch—. Nos llevaría un par de horas.
McCoy sacó su paquete de Regal, lo abrió, sacó un cigarrillo y lo encendió. De repente, se le ocurrió algo.
—¿Habéis venido en coche?
Finch asintió señalando hacia un Ford Cortina azul marino aparcado en la carretera.
—Vamos —le dijo McCoy a Faulds—. Estaremos de vuelta en media hora.