Muerte en abril

Muerte en abril


19 de abril de 1974 » Cuarenta y ocho

Página 58 de 87

Cuarenta y ocho

McCoy dejó de escuchar las exageradas disculpas de Finch y se limitó a disfrutar de las vistas del mar mirando por la ventanilla mientras se dirigían a Dunoon. No le hacía gracia admitirlo, pero tendría que haberle hecho caso a Murray y haberlo comprobado todo dos veces. No confíes más que en la policía de Glasgow, le decía siempre. Todos los demás son oportunistas incompetentes. McCoy no solía mostrarse de acuerdo con él, pero las circunstancias apuntaban a que iba a tener que cambiar de opinión.

—Vamos a las atracciones —dijo McCoy camino de Dunoon.

—¿Las atracciones? —preguntó Finch—. ¿Por qué?

—Porque sí —zanjó McCoy. No se veía capaz de decir nada más.

Finch se metió en el aparcamiento dispuesto en el campo que había junto a la feria. McCoy salió del coche y le dijo que regresaría en diez minutos. Cerró la puerta. Necesitaba desahogarse.

La feria estaba preparada para ese día. Habían empezado a retirar las lonas de los puestos. Unos tipos comprobaban las atracciones. Alguien se puso a freír hamburguesas y cebollas, ese olor y el del algodón de azúcar se había extendido por todas partes. McCoy se acercó a un joven que llevaba una camiseta de Black Sabbath y pantalones vaqueros cortos.

—Eh, colega —le dijo—. ¿Hay alguien por aquí relacionado con Patsy Hearne?

El muchacho lo miró con suspicacia.

—¿Quién quiere saberlo?

—Yo. Harry McCoy. Amigo de Patsy del Barnardo’s. Lo vieron la otra noche en el Edrom. Necesito un favor.

Las referencias de McCoy funcionaron. Se alegró de no haber mencionado que era policía.

El joven señaló hacia un tipo que bailaba.

—¿Ves a ese tipo de la camiseta negra? Es Tommy, el primo de Patsy.

McCoy le dio las gracias. Esperaba que su plan funcionase. De no ser así, tendrían que esperar y tomar el ferri a Gourock. Entrevió a Finch dando una vuelta por un extremo de la feria. Tenía que cerrar el trato antes de que decidiese unirse a ellos. Se apresuró hasta llegar allí.

—¿Tommy? —preguntó—. ¿Puedo hablar un segundo contigo?

Tommy bajó la llave inglesa y le miró.

—Me llamo Harry McCoy. Soy amigo de tu primo Patsy desde que éramos niños, en Barnardo’s. ¿Puedo pedirte un favor? ¿Tienes alguna herramienta que pueda cortar un candado?

Tommy asintió. Parecía ser un hombre de pocas palabras.

—Genial. Puedes ganar cinco libras. Tenemos coche. Tardamos unos diez minutos en llegar. ¿Te parece bien?

Tommy volvió a asentir. Era como intentar mantener una conversación con una estatua.

—El coche está en la entrada, un Ford Cortina azul. ¿Nos encontramos ahí en cinco minutos?

McCoy se apresuró antes de que llegase Finch o que Dios los pillase confesados si Tommy de repente hacía alguna pregunta.

Estaban esperando en el coche. Finch hizo unas cuantas preguntas sobre trabajar en Glasgow, cuando Tommy apareció por la cuesta, con una gran bolsa de lona sobre el hombro. Era bajito pero parecía fuerte, acostumbrado al trabajo físico. Estaba a unos doce o trece metros de distancia. McCoy se disponía a abrir la puerta para dejarlo entrar cuando se detuvo, dejó la bolsa y se quedó allí mirando.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Finch.

—Ni idea, joder —dijo McCoy abriendo la puerta del coche—. Espera.

Caminó hasta donde se encontraba Tommy. Pretendía mostrarse amistoso.

—¿Todo bien, Tommy? —le preguntó.

—No —respondió Tommy con un marcado acento de Donegal—. No voy a montarme en un coche con un maldito policía.

Diez minutos después, tras un considerable esfuerzo de persuasión y un monto total de diez libras, aceptó que lo llevasen hasta las puertas de Knockland. Tommy seguía sin tenerlas todas consigo. Como cabía esperar, no dijo ni media palabra durante todo el trayecto. Sentado en el asiento trasero, parecía abatido, con la bolsa de lona sobre el regazo.

Faulds estaba sentado sobre el mismo tronco sobre el que McCoy se había sentado la última vez que había ido ahí. Se había quitado la chaqueta y espantaba los mosquitos con las manos.

—Traigo un poco de ayuda —dijo McCoy.

Faulds se puso en pie.

—Estupendo. Los bichos me están comiendo vivo.

Tommy se acercó a la puerta y observó el candado.

—Quieres que lo corte, ¿no es eso?

McCoy asintió y Tommy sacó una enorme cizalla de la bolsa.

—¿Dónde lo has encontrado? —preguntó Faulds.

—Soy amigo de su primo —dijo McCoy.

Tommy colocó el candado entre las enormes mandíbulas de la cizalla, apretó con fuerza, gruñó y presionó más fuerte. Se le puso la cara roja debido al esfuerzo, y después, con un «ping», un pedazo del candado salió volando junto a la cabeza de McCoy y la puerta se abrió de par en par.

—Será mejor que vayamos en coche —dijo McCoy—. Desde aquí hasta la casa todavía queda un buen trecho.

—Yo voy andando —dijo Tommy. Obviamente, volver a meterse en la parte trasera de un coche con un policía era más de lo que podía soportar.

A medida que ascendían hacia la casa, McCoy tenía más dudas sobre lo que podían encontrar allí. ¿Perros guardianes? ¿Un puñado de jovencitos armados? Lo mejor que cabía esperar era encontrar a cuatro adolescentes que se habían dado cuenta de que su líder había desaparecido y que el sueño de una Escocia libre de alcohol se había acabado. Tenía la intuición de que no iba a ser fácil. La expresión que Lindsay había utilizado para referirse a Donny Stewart todavía resonaba en su cabeza. «Uno de los elegidos para la Muerte en Abril». ¿Quería eso decir que ya estaba muerto? ¿O que iba a llevar a cabo algún tipo de misión suicida con bomba, al estilo de los pilotos kamikazes? Dios santo, eso era lo último que necesitaban.

El coche se detuvo frente a la entrada y todo el mundo se bajó.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Faulds mientras observaba el edificio.

McCoy dio un paso al frente.

—Esto —dijo y llamó al timbre.

Ir a la siguiente página

Report Page