Muerte en abril
19 de abril de 1974 » Cuarenta y nueve
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Cuarenta y nueve
McCoy no esperaba que contestasen y mucho menos ver salir a quien salió. Se oyeron pasos, el pomo giró y se abrió la puerta. Al otro lado apareció Margo Lindsay. Llevaba puesto un mono holgado de hombre y su famosa cabellera pelirroja recogida en una cola de caballo. Tenía una botella de vino tinto medio vacía en una mano y en la otra una copa de cristal.
—Te conozco —dijo balanceándose ligeramente—. McCoy.
—Así es —dijo él.
Alzó la botella y sirvió una considerable cantidad de vino en la copa. Se lo bebió y se limpió la boca.
—La última de la bodega de mi padre. Chateau Marquis de Terme, 1952. El viejo hijo de puta empezó con seis cajas y ahora solo quedan esta botella y otra más. —Lo miró a los ojos—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Tengo que echar un vistazo a la casa —dijo McCoy.
Ella sonrió.
—¿Has traído una orden judicial? —Alzó la mano—. La verdad es que me da igual si la traes o no. Hace años que no hablo con el cerdo de mi hermano. —Hizo una reverencia y abrió la puerta del todo—. Adelante.
Dejó la puerta abierta para que McCoy entrase, ella salió y echó a andar por el camino de tierra sin ser capaz de trazar una línea recta.
—¿Esa es Margo Lindsay? —preguntó Faulds. La vieron dar otro trago más mientras caminaba.
—Sí —dijo McCoy. Se volvió hacia los dos agentes uniformados—. Vosotros dos, comprobad el terreno, echad un vistazo en los edificios anexos, garajes, establos y esas cosas.
Finch asintió y los dos agentes se encaminaron a la parte trasera de la casa.
—No sabía que fuesen familia —comentó Faulds.
—Ella vive en una comuna varios kilómetros más allá —dijo McCoy—. Un puñado de hippies.
Abrió la puerta y entraron. No estaba seguro de cómo creía que iba a ser la casa de los Lindsay, tal vez parecida a un cuartel del ejército, pero no tenía nada que ver con eso. El vestíbulo estaba enmoquetado de color azul claro, en las paredes había escenas de caza y paisajes. De una de las paredes colgaba un enorme espejo dorado. En la de enfrente, sobre una mesa de pie reposaba un libro abierto, como el de las reservas de los restaurantes.
McCoy leyó la cubierta: VISITAS, escrito en letras doradas. No pudo evitar ojearlo.
¡Gracias por este glorioso fin de semana! Duff y Diana, agosto de 1924
Brendan Behan 21/2/54
¡Dos truchas! Boothby, septiembre 1965
La lista era interminable. McCoy conocía a algunas de las personas. El resto parecía una lista inacabable de lores, sirs y damas. Cerró el libro. Encima del secreter había una colección de fotos enmarcadas. Cacerías. Salidas de pesca. Gente vestida para jugar al tenis. Gente nadando en el lago.
Recorrieron el pasillo hasta llegar a una puerta. La abrieron.
—Me cago en la puta —dijo Faulds—. No está nada mal.
Y no lo estaba. La estancia, de techos muy altos, era un despliegue de lujo. Papel pintado estampado, moqueta verde pálido cubierta con alfombras orientales, varios sofás rodeando una mesa de café cubierta de libros y pequeños objetos decorativos de aire japonés. Había lámparas de pie por todas partes, las paredes estaban cubiertas de cuadros, sillones con cojines bordados. Un gran ventanal en el extremo de la sala enmarcaba unas vistas del lago y de los cerros que se elevaban más allá.
Apareció Tommy, se sentó en uno de los sillones, de cara al ventanal. Parecía contento.
—Si ves algo u oyes algo, nos pegas un grito. ¿De acuerdo? —dijo McCoy.
Tommy asintió, acomodándose en el sillón de terciopelo.
Faulds y McCoy recorrieron el resto de la casa. Resultaba fácil olvidarse de lo que estaban haciendo allí y simplemente dejarse llevar por la fascinación.
—¿Qué hay que hacer para vivir en un lugar así? —preguntó Faulds cuando llegaron a la biblioteca, con estanterías de pared a pared plagadas de libros con lomos dorados, escritorios y una escalera de caoba montada sobre ruedas.
—Es fácil —dijo McCoy—. Solo tienes que nacer en la familia adecuada.
El dormitorio de Lindsay estaba en la habitación de al lado. Desde allí también se tenían vistas de la bahía. Cuadros de hombres de aspecto severo y hermosas mujeres en las paredes. Una hilera de botas bien pulidas en el suelo, junto al sofá. McCoy se sentó en la cama, provista de cuatro columnas.
—Creo que estamos buscando en el lugar equivocado. No me imagino a Lindsay permitiéndole a un puñado de adolescentes de Glasgow corretear por aquí.
—No —dijo Faulds—. ¿Es posible que haya algún barracón o algo parecido? Debían de dormir en algún lugar cuando venían aquí los fines de semana.
—Es cierto —reconoció McCoy levantándose—. ¿Qué probabilidades hay de que esos dos zoquetes puedan encontrarlo?
—Escasas —dijo Faulds—. Vayamos a echar un vistazo.
Dejaron a Tommy sesteando en su sillón y salieron a la luz del sol. Había un sendero de grava que bordeaba la casa. Tenía que llevar a algún sitio. Echaron a andar.
—Estaba pensando en lo que dijo Ross sobre la estructura en forma de células. Sé que creíamos que este es el lugar más obvio para ocultarse, pero si lo que dijo Ross es cierto —argumentó McCoy—, es más probable que se hayan dispersado en diferentes lugares. Lindsay no les habría permitido permanecer juntos. Es probable que estén en Glasgow, en apartamentos o en pensiones diferentes, no aquí, esperando a que demos con ellos.
—Seguramente —dijo Faulds—. Pero, de ser así, ¿cómo vamos a encontrarlos? No tenemos ninguna posibilidad.
—Tal vez deberíamos regresar a Glasgow y organizar una búsqueda…
Un silbido. Después otro.
—Que Dios nos asista —dijo Faulds—. Los boy scouts deben de haber descubierto algo.
Y así era. Habían encontrado el barracón. Era una cabaña de troncos alargada, con diminutas ventanas en uno de los costados y tejado de tejas negras. En el interior había dos hileras de catres de campaña, algunas con las sábanas revueltas. Daba la impresión de que quien hubiese estado allí había salido a toda prisa. Había pequeñas tazas medio llenas de té sobre una mesita. Un gastado ejemplar de Playbirds en el suelo. Las taquillas estaban abiertas. A los pies de una de ellas, en el suelo, había ropa de deporte hecha una bola. Una gran cruz de San Andrés colgada de una de las paredes y un estandarte de tela en otra en la que se leía DEFENS.
—¿Habéis encontrado algo? —McCoy le preguntó a Finch.
Negó con la cabeza.
—Parece como si no hubiese habido nadie en este sitio desde hace unos cuantos días. Hay restos de comida en la basura y moscas por todas partes. La puerta estaba abierta de par en par.
McCoy vio a Faulds vaciando la basura frente a la puerta. Un batiburrillo de bolsas de patatas, de dulces, lo que parecía un aperitivo de pescado envuelto en papel. Un pañuelo con lo que McCoy esperaba que fuesen mocos. Faulds no parecía tener muchos reparos, lo estaba revolviendo todo sin miramientos. Tomó una pequeña bola de papel. La desenrolló. Miró a McCoy.
—¿Qué pasa? —preguntó McCoy—. ¿Qué es?
Faulds se puso en pie y fue hacia McCoy. Se lo mostró. Parecía un trozo arrancado de un papel más grande.
ros Ba
—¿Qué significa? —preguntó McCoy.
—Quién sabe —dijo Faulds—. Seguramente, nada.
—Aunque podría ser algo. ¿Por qué si no lo habrían roto en pedacitos?
—¿El nombre de alguien? —preguntó Faulds—. La B está en mayúscula.
Se sentó en uno de los catres. Vio unas zapatillas de deporte debajo del de enfrente. Se dio cuenta de que Finch estaba remoloneando a su lado. Alzó la vista.
—En Greenock hay una freiduría —dijo— llamada Coia’s. La regentan griegos, no italianos, la compraron.
McCoy asintió. No tenía ni idea de por qué Finch le hablaba de una freiduría.
—¿Está bien? —preguntó.
—Bueno —respondió Finch—. Allí trabaja un tipo que se llama Stav. Stavros. ¿Podría ser él?
—Stavros Ba… —dijo Faulds—. Encaja, pero no tiene mucho sentido.
—Ba —dijo McCoy. Se puso en pie—. ¡Joder!
—¿Qué sucede? —preguntó Faulds.
—No es un nombre —dijo McCoy—. Ba, es un bar. El Andros Bar.
—Dios santo, podrías tener razón —reconoció Faulds—. No queda muy lejos de la calle West Princes y de la licorería. Es un antro, la verdad, pero está en Great Western Road. La misma zona. ¿Crees que es un objetivo?
—Podría ser —dijo McCoy.
Faulds volvió al lado de la basura y se puso a rebuscar con cuidado. Desenrolló todos los trocitos de papel. Alzó la vista y negó con la cabeza.
—Mierda —dijo McCoy—. Es la mejor pista que tenemos. —Se volvió hacia los jóvenes de uniforme—. ¿Cuál de vosotros dos corre más rápido?
—Yo —respondió Finch.
—De acuerdo. Corre a la casa grande. Llama a la calle Stewart y pregunta por Watson y Murray. Diles lo que hemos encontrado. Que evacúen el Andros Bar de Great Western Road. Diles que es posible que ya hayan colocado la bomba. ¿Me has entendido?
Finch asintió.
—¡Vamos! —gritó McCoy—. ¡Rápido!