Muerte en abril
19 de abril de 1974 » Cincuenta
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Cincuenta
McCoy y Faulds estaban en la sala principal, ambos con la vista clavada en el teléfono, esperando a que sonase. McCoy vertía la ceniza del cigarrillo en la palma de su mano, porque no había sido capaz de desentrañar si alguno de los pequeños recipientes que había por allí era un cenicero o alguna valiosa antigüedad; optó por lo más seguro. Se acercó a la chimenea y lanzó allí la ceniza, le dio una última calada al cigarrillo y también lo lanzó dentro. De repente, algo le vino a la cabeza.
—¿Dónde se ha metido Tommy? —preguntó.
—Se habrá ido a dar una vuelta —dijo Faulds—. Su bolsa todavía está aquí.
—¿Por qué tardan tanto? —se impacientó McCoy—. Tendríamos que saber algo de ellos ya.
—¿Les diste el número?
—No, Hughie, supuse que serían capaces de adivinarlo. ¿Tú qué crees…?
—Ustedes dos están buscando algo, ¿verdad?
Se dieron la vuelta y vieron a Tommy en la puerta.
McCoy asintió.
—Estamos intentando encontrar a un tipo que ha desaparecido. Creemos que puede estar herido o algo peor.
Tommy recapacitó durante unos segundos y asintió.
—Traiga mi bolsa —dijo dándose la vuelta y empezando a subir las escaleras. Se detuvo a la mitad y se dio la vuelta—. Los polis no están aquí, ¿no?
McCoy negó con la cabeza.
—Están echando otro vistazo ahí afuera. Tommy, sabes que nosotros también somos policías, ¿verdad?
—Lo sé —dijo—. Pero llevan traje, no uniforme. Eso significa que son ustedes los jefes, así que supongo que no serán estúpidos del todo.
—Gracias —dijo McCoy. No tenía claro si aquello había sido un halago o un insulto.
Tommy asintió y siguió subiendo las escaleras.
La primera planta de la casa tenía los pasillos y los dormitorios enmoquetados. En las paredes colgaban astas de ciervo y cuadros de paisajes de las Tierras Altas. A través de las ventanas podía verse el verde de los árboles agitados por el viento. Tommy los condujo por un pasillo hacia la parte de atrás de la casa y se detuvo al final de este.
McCoy dejó la bolsa en el suelo, pesaba una tonelada. Miró hacia la pared, después a Faulds y finalmente a Tommy. No imaginaba por qué estaban allí.
—Tommy. ¿Qué estamos…?
—Nunca imaginé que ayudaría a la policía, pero creo que aquí hay algo que no encaja —dijo Tommy, y golpeó a lo largo de la pared. Incluso McCoy pudo oír sonidos diferentes. Rebuscó en su bolsa, sacó de ella un largo destornillador y lo pasó por la pared. Atravesó el papel pintado con facilidad, parecía estar recorriendo un surco. Siguió la línea que trazaba el surco, hasta dibujar un gran rectángulo en el papel. Dio un paso atrás y observó su obra con orgullo—. Estuve echando un vistazo al edificio desde fuera. Había espacio para una habitación, pero no tenía ventanas. Pensé que podía ser algo así como una alacena o un armario de seguridad, pero era demasiado grande. Se trata de una habitación.
McCoy observó asombrado cómo arrancaba el papel del rectángulo. Le resultó fácil. Una pequeña chapa de madera cubierta a su vez por papel pintado de flores. Detrás había una puerta.
—Me cago en la puta —maldijo Faulds.
—Muy astuto —dijo Tommy entre dientes—. Esta casa es de un militar, ¿verdad?
McCoy asintió.
—Eso lo explica todo —prosiguió Tommy, señalando hacia la cerradura de la puerta—. Es una cerradura Mersey.
—¿Para qué sirve esto en una casa? —preguntó Faulds.
—Diseño militar —dijo Tommy—. Se utilizaba para guardar armas y esas cosas. No es el tipo de cerradura que tendrías en la puerta de tu dormitorio. De hecho, nunca había visto ninguna de estas fuera de una instalación militar. Solo pones una si realmente no quieres que nadie entre ahí.
—Mierda —dijo McCoy—. No lo entiendo. ¿Cómo es que sabes tanto de estas cosas?
Tommy parecía un tanto avergonzado.
—Digamos que no siempre he trabajado en las atracciones. Estoy ayudando a Patsy hasta que encuentre otra cosa.
McCoy pasó a su lado y llamó a la puerta. Gritó.
—¡Donny! ¿Estás ahí?
Escuchó. No hubo respuesta. Volvió a intentarlo.
—¡Quieto! —gritó Tommy empujándolo a un lado. Observó la puerta de arriba abajo. Golpeó con cuidado donde McCoy había golpeado y se echó hacia atrás. Observó la puerta de nuevo. Masculló «qué zorro» y empezó a dar golpecitos en la puerta siguiendo un patrón—. Creía haberlo oído —dijo después de un minuto, volviéndose hacia McCoy y Faulds—. La madera solo tiene tres centímetros de grosor, es como una cubierta. La puerta de verdad está debajo. Suena a hierro.
—Santo Dios —dijo McCoy—. No quiere que entremos de ninguna manera, ¿es eso? ¿Qué vamos a hacer? No vamos a atravesarla. Tendríamos que traer a ingenieros de Glasgow y eso nos llevaría tres horas.
—No necesariamente —dijo Tommy—. Prometedme que no le diréis a nadie cómo vamos a abrirla.
McCoy asintió.
—No tendré problemas con la policía, ¿verdad?
McCoy hizo el signo de la cruz en su pecho.
—Te lo juro por la tumba de mi madre.
Tommy lo miró a los ojos.
—Soy un hombre de palabra, no me tomo los juramentos a la ligera. Usted tampoco, ¿verdad?
McCoy asintió. No tenía por qué contarle a Tommy que su madre estaba viva y que había perdido su sentido del honor hacía un par de años.
—Bien —dijo Tommy, rebuscando en su bolsillo y sacando toda una serie de ganzúas ensartadas en un anillo—. Vamos a probar suerte.
McCoy y Faulds se sentaron en el suelo del pasillo para observar cómo Tommy trabajaba. Llevaba ya unos veinte minutos. Por lo que McCoy pudo ver, abrir una cerradura consistía en introducir la ganzúa en la cerradura, remover y después maldecir. No tenía ni idea de qué podía haber en la habitación, en qué estado podía encontrarse Donny, si estaría vivo o no. De lo único de lo que no cabía duda era que Lindsay se había tomado muchas molestias para asegurar el lugar, y que fuera lo que fuese lo que ocultaba allí tenía que tratarse de algo turbio.
—¿Cómo lo llevas, Tommy? —preguntó.
—Estoy en ello —dijo—. Estas cerraduras son endiabladas, cuestan una eternidad… —Se detuvo. Giró la ganzúa. Se oyó un suave clic. Una gran sonrisa se dibujó en su cara—. Ya lo tenemos. Toda suya.
McCoy y Faulds se pusieron en pie. Esperaron hasta que Tommy recogió sus cosas, las metió en su bolsa y la apartó a un lado.
McCoy dio un paso al frente y empujó la puerta hacia dentro.