Muerte en abril
19 de abril de 1974 » Cincuenta y uno
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Cincuenta y uno
No era una habitación grande, de unos tres metros cuadrados aproximadamente. No tenía ventanas, como Tommy había dicho, y estaba a oscuras. McCoy palpó la pared en busca del interruptor y encendió la luz. Oyó a Faulds, detrás de él, que decía: «Me cago en la puta», y entró.
El suelo al completo de la habitación estaba cubierto de fotografías, tres o cuatro capas de ellas, algunas apiladas. Había por todas partes, apenas se podía entrever el suelo en algunos puntos. Era imposible no pisarlas. McCoy bajó la vista. Su pie derecho estaba sobre una foto de un joven negro atado sobre lo que parecía un caballo con arcos, para hacer ejercicios gimnásticos, y su espalda era un amasijo de cortes y sangre. Bajo su pie izquierdo vio una hoja de contactos, con un montón de primeros planos diferentes o de cuerdas alrededor de brazos, atadas con tal fuerza que cortaban la carne.
Alzó la vista de inmediato, le latía el corazón con fuerza y empezó a marearse, pero no había modo de escapar. Las paredes también estaban cubiertas de fotos. Todas ellas de jóvenes sufriendo, atados, torturados, sangrando. McCoy se propuso respirar despacio, calmarse. Había hombres negros, hombres de aspecto asiático y montones de jóvenes blancos, algunos de uniforme, algunos en lo que quedaba del mismo o lo que podía distinguirse bajo las manchas de sangre.
McCoy sintió que se le revolvía el estómago, pero no quería vomitar bajo ningún concepto. Junto a la pared se alineaban cajas con hojas de contactos, a medio vaciar. Más dolor, más sangre. Había dos sillas de comedor, una con cintas de super-8 encima, metidas en pequeñas cajas amarillas. En la otra había un proyector. Podía leerse algo escrito en la pared de enfrente, en lo que McCoy esperaba que fuese pintura roja.
VATER! HILF MIR!
McCoy apartó a Faulds, salió a toda prisa de la habitación y logró encontrar un lavabo antes de vomitar. Se limpió, se lavó la cara con agua fría, regresó y se detuvo al lado de Tommy en el pasillo. Sacó sus cigarrillos y encendió uno. Oyó los pasos de Faulds en la habitación y después el zumbido de un proyector y la luz blanca que podía apreciarse por debajo de la puerta.
—¿Qué hay ahí dentro? —preguntó Tommy.
—Fotografías —contestó McCoy—. Fotografías de gente a la que están torturando.
—Madre de Dios —dijo Tommy santiguándose—. Me voy. No quiero ver nada de eso.
McCoy le vio alejarse. Ojalá él también hubiese podido hacerlo. No tenía claro qué era lo que acababan de descubrir. Algunas de las fotografías parecían antiguas, estaban descoloridas o habían adquirido una tonalidad marrón. ¿Desde cuándo venía sucediendo esto? Cesó el zumbido, la luz se apagó y Faulds salió de la habitación, con el rostro pálido y un par de fotografías en la mano.
Dio un par de pasos y empezó a patear la pared del pasillo. Salieron disparados algunos restos de yeso, pero él siguió pateando hasta quedar exhausto. Al detenerse, tuvo que enjugarse el sudor de la frente y echarse el pelo hacia atrás. Parecía poseído.
—Necesito una copa —dijo.
Minutos después, estaban sentados a la mesa del comedor. Dos vasos de cristal y un decantador con whisky frente a ellos. Faulds se había bebido ya la mitad de su copa. Seguía estando pálido. Le temblaba la mano.
—Nunca había visto nada parecido, Harry —dijo—. En toda mi vida. Cristo bendito.
McCoy tenía que preguntárselo, aunque no estaba seguro de querer oír la respuesta.
—¿De qué va la película?
Faulds negó con la cabeza.
—Sabrá Dios. Es como si la hubiesen rodado hace años. Tiene lugar en una habitación. Por lo que se ve a través de la ventana, parece África o algo así. —Le dio otro trago a su whisky—. Lo único que se puede ver es a un joven negro hecho polvo, como si le hubiesen dado una paliza, con la cara toda hinchada. Está atado a algo parecido a una cruz, una X de madera. Desnudo. Y entonces aparece un soldado, con uniforme británico y algo así como unas enormes tenazas en la mano. —Faulds clavó la mirada en la mesa—. Agarra los cojones del tipo con las tenazas y tira hacia abajo. No tiene sonido, pero puedes ver gritar al tipo. Sigue tirando y entonces los arranca y sale disparado un chorro de sangre… —Faulds alzó la vista—. No he podido ver más.
—Me cago en la puta —dijo McCoy—. ¿Ejército británico? ¿Estás seguro?
Faulds asintió. Le acercó una de las fotos. McCoy no quería mirarla, pero sabía que tenía que hacerlo. Se trataba de otro hombre negro, algo mayor en este caso, aovillado en el suelo de lo que parecía ser una celda, encima de un gran charco de sangre. Dos hombres de uniforme, jóvenes, sonrientes, de pie a su lado. Uno de ellos tenía el pie apoyado sobre la cabeza del hombre. Sonreían a la cámara, con pequeños látigos en la mano. McCoy le dio la vuelta a la instantánea. Había algo escrito detrás.
Manyani. Abril de 1956
—¿Manyani? —dijo McCoy—. ¿Dónde está eso?
Faulds se encogió de hombros.
—¿En algún lugar de África?
Le pasó otra foto a McCoy.
Era difícil de distinguir con claridad lo que se veía. Estaba un poco desenfocada. Parecía un pequeño pueblo, con cabañas. Había una pila de alguna cosa en el extremo de la imagen. McCoy pensó en un principio que se trataba de una hoguera, pero al mirar con más atención vio que se trataba de un revoltijo de brazos y piernas.
La dejó sobre la mesa. Intentó respirar lento. Echó un trago de whisky. Le dio la vuelta a la fotografía.
Batang Kali. Abril de 1948
—¿Qué significa todo esto? —preguntó McCoy—. ¿Por qué las tiene Lindsay?
—Esto no es lo más raro del asunto —dijo Faulds—. También he encontrado esto.
Le entregó otra fotografía. Parecía mucho más reciente. Un hombre despatarrado contra una pared de ladrillos, de puntillas. Pelo largo, moretones por todo el cuerpo, vestido únicamente con calzoncillos, con unos grandes auriculares cubriendo sus orejas. McCoy le dio la vuelta.
Brendan Shaughnessy. Dieciséis horas en posición de estrés. Ruido blanco. Ni comida ni bebida.
McCoy miró a Faulds.
—Conozco a Brendan Shaughnessy —dijo Faulds—. Era de la brigada Armagh. Lo arresté en una ocasión, imagínate, por conducir borracho. —Puso el dedo sobre la fotografía—. ¿Qué demonios hace una fotografía de Brendan Shaughnessy aquí? ¿Qué le hicieron?
McCoy negó con la cabeza.
—No tengo ni idea de qué es todo esto ni de qué relación tiene con Lindsay. Alguien que sepa del Ejército británico o de historia militar tendría que venir a echar un vistazo.
—¿Crees que Lindsay fue uno de los que tomó las fotografías? —preguntó Faulds.
McCoy pensó durante unos segundos.
—Podría ser. Ahora debe de tener casi sesenta años.
Sonó el teléfono.
McCoy y Faulds se miraron. Habían olvidado por completo la llamada. Echaron a correr hacia la sala principal y McCoy respondió. Escuchó lo que le decían.
—¿En serio? —Miró a Faulds, sonrió y alzó el brazo en señal de triunfo—. Eso es genial. Buen trabajo. Escucha, Wattie, quiero que busques a alguien en la universidad que sepa del ejército o de la historia militar reciente. Tienes que traerlo aquí lo antes posible. Nish, la lancha y todo lo demás, ¿de acuerdo? —Escuchó de nuevo—. Estupendo. —Colgó el aparato—. Por eso han tardado algo más en llamar. El cabrón metió la bomba en una bolsa. La escondió en un armarito que había en el lavabo, donde guardan los productos de limpieza. Tenía un temporizador preparado para las ocho en punto de esta noche. Viernes. En la hora más concurrida. Han logrado desactivarla. Todo en orden.
—¡Sí, señor! —exclamó Faulds.
McCoy asintió.
—¿Puedes hacerme un favor? Ve a buscar a los dos zoquetes de la local y diles que vayan al muelle de Glenstriven a esperar. Tienen que traer aquí al tipo de la universidad.
Faulds asintió.
—No te preocupes. Seguro que están ahí fuera fumando y rascándose el culo. Quejándose de que la policía de Glasgow no les deje participar en nada.
McCoy vio cómo se alejaba. Podría haber ido con él, pero tenía que hacer una cosa. Tenía que volver a la habitación e intentar encontrar algo que le ayudase a saber qué le había pasado a Donny Stewart. Y quería hacerlo solo. No quería que Faulds le viese desmayarse o volver a vomitar. Subió las escaleras con el estómago ya revuelto. Lo último que le apetecía hacer en el mundo era volver a entrar en aquella habitación, pero tenía que hacerlo. Se encomendó al cielo para no encontrar nada relacionado con Donny Stewart.