Muerte en abril
19 de abril de 1974 » Cincuenta y tres
Página 63 de 87
Cincuenta y tres
McCoy estaba sentado en las escaleras que daban a la puerta de la casa, observando las idas y venidas. Habían enviado a unos veinte agentes desde Argyll y Bute. Se hallaban en la zona de césped, fumando, haciendo bromas entre ellos. Las furgonetas que los habían traído estaban aparcadas en línea en el sendero de acceso. Ahora solo faltaba que llegase Wattie y asignase las tareas. Encendió un cigarrillo y apartó los mosquitos de su cara con la mano.
Tenía el pálpito de que Crawford Lindsay era el elemento clave. Había ayudado a organizar el tema de las bombas, y ahora que Lindsay estaba fuera de combate, el joven Crawford debía de haber tomado las riendas de las siguientes acciones que se iban a llevar a cabo. Había mentido sobre Neil Harrison y su traslado a Londres. La pregunta era si sabía por qué había mentido. ¿Le habría pedido su padre que lo hiciese o su implicación era más directa?
Un movimiento en la curva del sendero de acceso llamó su atención. Eran Faulds y Wattie y un hombre que parecía ir proclamando que se dedicaba a la docencia. Llevaba un traje de tweed, la camisa medio fuera de los pantalones y unas pequeñas gafas redondas. Miraba a un lado y a otro tratando de no quedarse atrás, debía de resultarle difícil, pues iba cojeando, arrastraba la pierna izquierda.
Wattie hizo un gesto con la mano y McCoy también le saludó. Se alegraba de verlo, no solo porque la búsqueda tenía que dar comienzo. Aquella gran cara de bobo, de un modo u otro, siempre alegraba a McCoy. Se puso en pie, se sacudió la tierra del trasero de los pantalones, y esperó a que llegasen.
—Estupendo, Harry —dijo Wattie—. Veo que las tropas han llegado.
—Tienes que organizar la búsqueda —dijo McCoy—. Por los terrenos y también en las edificaciones exteriores. Estamos buscando tierra removida recientemente, árboles caídos, bodegas, sótanos. Esa clase de cosas.
—¿Buscamos un cuerpo, entonces? —preguntó Wattie.
—Tal vez más de uno.
Wattie asintió, echó a andar y le dijo a voz en grito al grupo de agentes uniformados que se agrupasen.
—Este es el profesor Burns —dijo Faulds.
McCoy le tendió la mano y Burns se la estrechó. Hizo un gesto con la cabeza en dirección a la casa.
—Es una David Bryce —dijo con una sonrisa.
—¿Una qué? —dijo McCoy.
—El arquitecto. Lo sé porque yo crecí en una de ellas. Inzievar House. Cerca de Dunfermline.
—¿En serio? —dijo McCoy, preguntándose por qué siempre tenía que tratar con escoceses que hacían gala de un pijo acento inglés—. Vamos. Necesito que le eche un vistazo a una cosa.
McCoy le llevó hasta el comedor. Sirvió un vaso de whisky y se lo ofreció. Burns parecía anonadado.
—Beba —dijo McCoy—. Va a necesitarlo.
Burns dio un trago e hizo una mueca.
—No me apasiona el whisky. Me va más el vino tinto.
—Seguro que conseguimos encontrarle algo de eso —dijo McCoy—. Hughie, ¿podrías traernos una botella de vino tinto del sótano?
Faulds asintió y se apresuró en su busca.
—Su hombre, Watson —dijo Burns—. No me ha explicado por qué tenían que traerme aquí. ¿Es algo relacionado con historia militar?
McCoy asintió.
—En la planta de arriba hay una montaña de fotografías. Necesito que intente identificar dónde se tomaron y cuál es el motivo. Al parecer, las más antiguas tiene que ver con la guerra y llegan hasta Irlanda del Norte. ¿Entra en su especialidad?
Burns asintió.
—Soy especialista en conflictos coloniales. Restos del Imperio, cómo se liberaron, cómo alcanzaron la independencia. Sobre la Segunda Guerra Mundial no estoy tan puesto, a decir verdad.
Faulds regresó con una polvorienta botella que le entregó a Burns.
—He pillado la misma que Margo estaba bebiendo —dijo—. No sé nada de vino.
Burns tomó la botella. Alzó las cejas.
—¿Chateau Marquis de Terme? No está nada mal. Es una lástima tener que abrirla sin nada de comer o sin una mayor ceremonia.
—Ábrala —dijo McCoy—. Lo va a necesitar.