Muerte en abril
19 de abril de 1974 » Cincuenta y cuatro
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Cincuenta y cuatro
McCoy condujo a Burns hasta la habitación, ahora con una copa de vino en la mano. Le dijo que iba a ver cosas horribles. Burns parecía asustado.
—Lo siento —dijo McCoy—. Pero tiene que entrar ahí. ¿De acuerdo?
Burns asintió y abrió la puerta. McCoy no tenía pensado volver a entrar. Le dijo a Burns que bajase cuando hubiese acabado y que lamentaba ponerle en esa tesitura. Faulds sí entró con el profesor. Era el único que sabía cómo funcionaba el proyector.
McCoy permaneció en la sala principal, observando el reloj que había en la repisa sobre la chimenea. Llevaban ya una hora allí arriba. A través de un ventanal enorme podía ver a Wattie y a una larga fila de agentes uniformados recorriendo el terreno. Una casa hermosa, whisky de malta y vino tinto del caro, antigüedades por todas partes, y ¿qué estaban haciendo allí? Intentando descubrir qué retrataban las más horribles fotos que McCoy había visto en su vida. En ocasiones como esa, lamentaba haberse hecho policía. Sacó su botellín de Pepto-Bismol y le dio otro trago. No estaba seguro de si le iba bien o no, porque el estómago le dolía la mayor parte del tiempo.
Oyó pasos en la escalera y vio aparecer a Faulds, con una pila de fotos bajo el brazo. Burns iba detrás de él, con la copa de vino vacía en la mano. McCoy vio cómo Burns se acercaba al aparador, llenaba la copa hasta el borde y se bebía la mitad de un trago. Volvió a llenar la copa. Se sentó en el sofá y se llevó las manos a la cabeza.
McCoy miró a Faulds y gesticuló con la boca: «¿Se encuentra bien?».
Faulds se encogió de hombros. Y sin que se oyese palabra, dijo: «¿Cómo cojones saberlo?», y dejó las fotografías sobre la mesa.
Burns alzó la cabeza.
—Tendría que haberme advertido.
—Lo hice —dijo McCoy.
—No creo que nada me hubiese podido preparar para eso, pero podría haberlo intentado.
—Lo siento —dijo McCoy—. Pero no podía arriesgarme a que se negase a entrar.
—Me rompí la pierna esquiando cuando tenía catorce años —dijo Burns—. Una rotura fatal. Mi intención era alistarme en el ejército. —Sonrió—. Cuando esa posibilidad se esfumó, decidí estudiarlo. Ha sido el trabajo de mi vida, algo de lo que he disfrutado inmensamente. Hasta hoy. Así es. Hoy me he planteado que ojalá no me hubiera interesado jamás por la historia militar. Que ojalá hubiera dedicado mi tiempo a la Grecia antigua, a cualquier cosa que hubiese significado no tener que entrar en esa habitación. —Dio otro trago de vino—. Pero he entrado —dijo—. Así que, dígame, ¿qué quiere saber?
—De qué van esas fotos —dijo McCoy—. Los que aparecen ¿son oficiales? ¿Todo tiene que ver con Lindsay o hay una razón mayor? ¿Y qué tiene que ver el mes de abril con todo el asunto?
—Empecemos con Lindsay —dijo Burns—. A partir de ahí, todo se complica. Lindsay era…, ¿es? —Alzó la vista.
—Coronel Angus Lindsay. Esta casa es suya.
—Por lo visto, estaba en los Highlanders —dijo Burns—. Las primeras cosas que he encontrado están fechadas en abril de 1945. Cuando liberaron Buchenwald.
—Dios mío —dijo McCoy.
—Hay varias fotografías de oficiales. Por lo que yo recuerdo, el plan era grabar lo que había ocurrido en los campos para mostrárselo al pueblo alemán, hacerles conscientes del horror que habían causado. Fue un proyecto rápidamente archivado cuando los rusos se convirtieron en el enemigo. —Sonrió—. Pero esa es otra historia. Otras fotografías parecen instantáneas amateurs, seguramente tomadas por Lindsay. Y, por desgracia, también hay un fragmento de película. Da la impresión de que se pasó la cinta a un formato mayor para poder verla en un proyector de ocho milímetros. Para uso doméstico, del tipo que se suele utilizar para enseñar las grabaciones familiares o de las vacaciones. —Dio otro buen trago de vino—. Tanto las instantáneas como la película muestran lo mismo. Cuando liberaron los campos, y esto pasó en muchas ocasiones, los sentimientos estaban, comprensiblemente, a flor de piel. En más de una ocasión, las autoridades miraron para otro lado cuando los prisioneros, aquellos que eran capaces de hacerlo, se vengaban de los guardias que, por desgracia para ellos, habían sido atrapados. —Se puso en pie y repasó la pila de fotografías, encontró la que andaba buscando y se la pasó a McCoy—. Eso es lo que muestran las fotos de Lindsay.
McCoy se armó de valor y bajó la vista.
Un joven rubio, con el uniforme medio desgarrado, estaba atado a un árbol, con las manos a la espalda. Parecía sano, pero su torso estaba cubierto de sangre seca. Un hombre demacrado, medio esquelético, le estaba apuñalando en el pecho mientras otros tantos esperaban detrás de él, formando una fila, con un cuchillo o trozos de cristal en las manos.
—Los prisioneros estaban muy débiles —dijo Burns—. Sus cortes y heridas no eran muy profundos. Si viese la película, algo que no le recomiendo, entendería que fue la acumulación lo que le mató. Tardó un buen rato en morir. —Otro trago de vino—. Ese parece ser el primer acontecimiento, y el más importante, en el que Lindsay se interesó. De ahí lo que está escrito en la pared. Vater! Hilf mir!
—¿Qué significa? —preguntó McCoy.
—Significa «Padre, ayúdame». Seguramente, era lo que decía el hombre mientras se ensañaban con él.
Burns vació la copa.
—¿Podemos abrir otra botella? —preguntó.
Faulds asintió y fue en busca de ella.
—A partir de aquí, las cosas se ponen turbias —dijo Burns.
—¿A qué se refiere?
—Existe una parte de la historia militar de la que nunca hablamos. La historia de las cosas que se hicieron mal, de forma ilegal. Torturas, abusos. Tuvieron lugar, especialmente, en los conflictos coloniales. La cuestión radica en saber si Lindsay estuvo allí dejando constancia o si lo instigó. ¿Conoce Amnistía Internacional?
McCoy negó con la cabeza.
—Es una entidad benéfica relativamente nueva. Más bien, un grupo de protesta. Investigan abusos en los derechos humanos. El trato que se les dio a los prisioneros políticos rusos en el gulag, esa clase de cosas. —Se puso en pie, se acercó a la pila de fotografías y escogió la de Brendan Shaughnessy—. Esta es la fotografía más reciente. Da la impresión de ser algún tipo de centro de detención en Irlanda del Norte.
Faulds apareció con otra botella en la mano.
—¿Este va bien? —preguntó. Burns ni siquiera la miró. Asintió sin más. Faulds tomó el sacacorchos y la descorchó.
—Amnistía Internacional publicó un reportaje, hará un par de años, en 1971, si no recuerdo mal. Afirmaba que los prisioneros del IRA estaban siendo torturados. El Gobierno británico dijo que eso no tenía sentido. Lo pasó por alto. Dijeron que era propaganda republicana. —Alzó la foto de Brendan Shaughnessy—. Perdone el tono melodramático, pero aquí tenemos la pistola humeante.
Faulds le pasó otra copa y comentó:
—Esto provocaría la Tercera Guerra Mundial en Irlanda.
Burns asintió.
—Uno de mis alumnos de doctorado está investigando la caída del poder colonial y cómo tendió hacia el abuso en sus últimos días. —Señaló las fotos—. Adén, Malasia, Kenia, Irlanda e incluso Corea. Todo está ahí, fotografiado por Lindsay. —Burns bebió vino. Sonrió—. Casi parece una coincidencia que el mismo hombre estuviese presente en todas esas ocasiones.
—¿Quiere decir que estaba allí de manera deliberada? —preguntó McCoy.
Burns asintió.
—Los británicos utilizaron su poder colonial para muchas cosas, pero una de ellas fue perfeccionar sus técnicas de interrogatorio y tortura. Lo que aprendieron en los campos Mau Mau de Kenia ayudó a concretar lo que estaba pasando en las afueras de Belfast, por decirlo de algún modo.
—¿Así que a eso se dedicaba realmente Lindsay en el ejército? ¿A refinar las técnicas de tortura? —preguntó McCoy.
Burns se encogió de hombros.
—Cabe la posibilidad.
—Y le pilló el gusto —comentó Faulds—. Siguió haciéndolo cuando se retiró.
—Los cadetes desaparecidos —dijo McCoy—. Por amor de Dios.
Pensó en la fotografía de Neil Harrison gritando. Se preguntó cuántos más habrían pasado por eso. Burns parecía haberle leído la mente.
—Hay seis o siete fotos que no parecen tener un enfoque militar. —Se dirigió al aparador para llenar de nuevo su copa. Se detuvo. Observó uno de los sillones de gastado cuero rojo. Se volvió hacia McCoy—. Por Dios. Una de las fotos fue tomada ahí. En ese sillón.
Se le aflojaron las rodillas y cayó sobre la alfombra como si fuese un niño. Empezó a llorar.
McCoy le pasó la bebida. Le dio las gracias. Y se dirigió hacia la puerta.