Muerte en abril

Muerte en abril


19 de abril de 1974 » Cincuenta y cinco

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Cincuenta y cinco

McCoy había apoyado la cabeza en la ventanilla del coche. Veía pasar el mundo al otro lado, intentando ordenar sus pensamientos. Si Burns estaba en lo cierto, no había modo de saber qué le había pasado a Donny Stewart. No quería ni imaginarlo. Y no solo se trataba de Donny. A saber cuántos chicos más habrían desaparecido allí. McCoy necesitaba que Lindsay empezara a hablar de las bombas y de los muchachos desaparecidos. Tenía que encontrar un modo de hacerle hablar. Había pensado en ir directamente al hospital, pero cuando llamó por teléfono al doctor Basu desde Greenock, este le dijo que volvía a estar inconsciente, que lo más adecuado era intentarlo por la mañana. Si dormía durante toda una noche, tal vez estaría en su sano juicio cuando se despertase. Se dijo que si Lindsay era consciente de lo que había hecho, tomaría más drogas de la cuenta para perder el sentido y no responder a ninguna pregunta relacionada con ese tema.

Wattie estaba al volante. Habían dejado a Faulds en la casa. Tenían que seguir buscando, por eso se iba a quedar a pasar la noche y volverían a empezar a primera hora de la mañana. El recuerdo de la habitación le golpeaba de vez en cuando. Comprobó la hora en su reloj. Casi las siete. Supuso que se tomaría otra copa y comería alguna cosa. Tal vez iría al Central. Si Stewart estaba allí, podría decirle lo estúpidos que habían sido Cooper y él. Si no estaba, no pasaba nada. Tenía otras cosas en la cabeza además de echarles la bronca. Por otra parte, ¿qué sentido tenía? Lo hecho, hecho estaba.

—¿Se duerme? —preguntó Wattie.

—Qué va —dijo McCoy. Se enderezó en el asiento. Se puso a buscar sus cigarrillos.

—¿Dónde quiere que lo deje? —preguntó Wattie—. ¿En la calle Gardner?

McCoy negó con la cabeza.

—En cualquier lugar del centro. Voy a ir a tomarme algo. ¿Te apetece?

—Me voy a casa a ver a mi retoño —respondió Wattie—. A ver qué ha preparado Mary para cenar. Seguramente me envíe a una freiduría.

McCoy encendió un cigarrillo. Dejó la cerilla en el cenicero de la puerta.

—No suena mal —dijo. Y lo creía. Recordaba las semanas posteriores al nacimiento del pequeño Bobby. El apartamento era un caos, pañales y botellas por todas partes, estaban demasiado cansados para cocinar y la mayoría de las noches compraban comida para llevar. Le alegraba el mero hecho de sentarse en medio del caos y ver dormir al bebé.

—¿Quiere venir a verlo? —preguntó Wattie.

McCoy negó con la cabeza. Después de lo ocurrido durante el día, no se sentía con fuerzas. Lo último que necesitaba era tener a un bebé entre los brazos y recordar qué se sentía.

—Iré a verlo el próximo fin de semana —respondió—. Lo llevaré al parque, así Mary y tú dispondréis de unas horas libres.

—Buena idea —dijo Wattie cuando se detuvo frente al semáforo de la calle Jamaica.

—Nos vemos en el Royal a las ocho de la mañana —dijo McCoy—. Veremos si podemos sacarle algo al bastardo de Lindsay.

Wattie suspiró.

—¿Quiere que venga a buscarlo?

—Creí que no me lo preguntarías —contestó McCoy saliendo del coche—. Hasta mañana.

El bar del hotel estaba abarrotado, como de costumbre. Turistas y hombres de negocios trajeados tomando algo antes de subir al tren. McCoy echó un vistazo alrededor y, de repente, Jackie se materializó a su lado.

—El señor Stewart está en el restaurante —le dijo.

McCoy asintió. Pensó en cómo se reducirían las propinas de Jackie cuando Stewart regresase a Estados Unidos. Atravesó el bar camino del restaurante. Sabía que Stewart le preguntaría si había alguna noticia sobre Donny y él tendría que decirle que no. No era del todo mentira. Todavía no sabían qué podía haberle pasado. McCoy tenía la ligera sospecha de que, fuera lo que fuese, no sería nada bueno y estaría relacionado con Lindsay, pero no quería decirle eso a Stewart. Por hoy había tenido suficiente. Abrió la puerta y vio a Stewart en una esquina, con el New York Times abierto frente a él. Stewart alzó la vista y lo vio mientras se acercaba por entre las mesas. Al menos, tuvo la decencia de parecer abrumado por la culpa.

—Harry —dijo—. Qué bien verte. ¿Tienes hambre? ¿Cenas conmigo?

McCoy asintió casi sin darse cuenta. No había comido en todo el día. Se sentó. Se fijó en los arañazos y los moratones en los nudillos de Stewart.

—Esas marcas son de boxear, ¿no?

Stewart asintió.

—Los guantes no me apretaban lo suficiente.

—¿En serio? —preguntó McCoy—. ¿Fuisteis hasta el Royal con los guantes puestos? Stevie también llevaba los suyos, ¿verdad?

Stewart se moría de la vergüenza.

—Harry, lo siento. Bebimos más de la cuenta y…

McCoy alzó la mano.

—Agua pasada. Ya sabes lo estúpido que fue hacerlo. No es necesario que te lo diga.

Stewart asintió.

—¿Alguna novedad?

—Nada específico —dijo McCoy—. Lo siento.

—Lo encontrarás.

McCoy asintió, menos seguro de lo que lo estaba Stewart. Le preocupaba que la fe que Stewart tenía en él fuese mayor de la que se merecía.

Cenó lo mismo que en la ocasión anterior. Bistec y vino tinto. McCoy no iba a quejarse, era mucho mejor que las barritas de pescado que tenía en casa. Dio buena cuenta de su plato. Dijo que no quería queso y después se comió la mitad del bistec de Stewart. Podían darle bien por saco a la úlcera.

—¿Qué has estado haciendo? —preguntó tras un trago de vino.

—Creo que le he mostrado una fotografía de Donny a toda la gente de Dunoon —dijo Stewart—. Volví esta tarde.

—¿Tuviste suerte? —preguntó McCoy, rebuscando su paquete de tabaco en los bolsillos, decidido a bautizar el cenicero limpio.

Stewart negó con la cabeza.

—Me estaba planteando la posibilidad de volver a centrar todo mi esfuerzo en la Armada. Para ver si mueven el culo y hacen algo.

—¿Cuánto tiempo te vas a quedar por aquí? —preguntó McCoy.

—El que haga falta —respondió Stewart. Su mirada evidenciaba determinación—. No me voy a ir hasta que encuentre a Donny. Es mi hijo y no puedo…

Y entonces empezó a llorar. McCoy no sabía qué hacer. Ya le incomodaba lo suficiente ver llorar a una mujer, por no hablar de un tipo tan grande como Stewart. Se inclinó hacia delante, palmeó la espalda de Stewart al tiempo que este sacaba un pañuelo del bolsillo y empezaba a enjugarse las lágrimas.

—Lo siento —dijo—. A veces me supera. Lo peor de todo es no saber nada. —Se sonó la nariz, volvió a secarse los ojos y metió el pañuelo en el bolsillo—. Lo siento, Harry. Creo que he llorado más esta semana de lo que lo había hecho en toda mi vida.

—Está bien —dijo McCoy—. Tienes todo el derecho.

—No sé por qué, pero Donny siempre me ha preocupado. Siempre he tenido miedo por él.

—¿Por qué? —preguntó McCoy.

Stewart dudó durante unos segundos. Después se puso a hablar.

—Desde que era un niño, siempre parecía el chaval con el que nadie quiere jugar a la pelota, el que acaba con el ojo morado, el que es motivo de burla, el que nunca recibe una invitación para una fiesta de pijamas. Solía volver a casa llorando, preguntándome qué tenía de malo, por qué la gente se reía de él. Y después, lo que pasó con el niño en el colegio… —Se encogió de hombros—. Creí que se abría ante él otro mundo de problemas. Que fuera cual fuese su vida, eso haría que le resultara cien veces más difícil.

—Y sabías muy bien cómo se sentía —dijo McCoy.

—Sí —dijo Stewart.

—Y no querías que le pasase a él.

Stewart le miró a los ojos. Tragó saliva.

—¿Cómo lo sabes?

—No lo sabía. No hasta ahora. Estuve haciendo preguntas por ahí. Quería saber dónde podría un marino estadounidense encontrarse con otras personas de esas inclinaciones. El tipo al que le pregunté me dijo: «¿Uno joven?». Como si también hubiese mayores. —McCoy sonrió—. Supuse que no tenía que haber muchos marinos estadounidenses mayores en Glasgow en este momento.

—Barry —dijo—. En el Backstage Bar.

McCoy asintió.

—¿Quieres saber la historia? —le preguntó Stewart.

—Solo si tú quieres contármela —contestó McCoy—. No es asunto mío.

Stewart alzó la vista y el camarero surgió de la nada.

—Dos Johnnie Walker —pidió Stewart—. Dobles. —Miró a McCoy—. Tras todos estos años, tal vez también yo tenga algo que contar.

Llegaron las bebidas y Stewart contó su historia. Cómo su padre había notado algo en él cuando era joven, cómo le obligó a entrar en la academia militar, dedicarse al boxeo, enrolarse en la Armada. Las cosas que hacía un hombre de verdad.

—Y lo hice —dijo Stewart—. Porque tenía miedo. Creí que si hacía todas esas cosas no habría modo de que pudiese ser, ya sabes… —Le dio un trago a su whisky—. Me casé, tuve un hijo. Hice todo lo que se suponía que tenía que hacer. Lo tenía todo bajo control. —Sonrió—. Pero ¿qué sucede cuando lo controlas todo? Incrementas la presión y, finalmente, la presión puede contigo. Así fue como acabé conociendo a alguien como Barry. Siempre lejos de casa, siempre con discreción, siempre con cuidado.

—¿Es suficiente? —preguntó McCoy.

—Lo es para mí —dijo Stewart—. Pero Donny pertenece a otra generación. Tal vez será más fácil para él, no lo sé. Tal vez hice lo mismo que hizo mi padre conmigo, me asusté y lo arrastré a la vida militar. Pero cuando lo encuentre le diré que lo sé, que no pasa nada. Le diré que su vida es solo suya.

—¿Le hablarás de ti? —preguntó McCoy.

Stewart negó con la cabeza y sonrió.

—Soy demasiado viejo para eso. Las cosas son como son.

McCoy alzó su copa.

—Por ti. Y que les den por saco a todos.

—Que les den por saco —dijo Stewart, y se bebió su whisky de un trago.

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