Muerte en abril

Muerte en abril


19 de abril de 1974 » Cincuenta y seis

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Cincuenta y seis

McCoy dejó a Stewart en el bar del hotel, atendido solícitamente por Jackie. De repente, se le ocurrió que tal vez había en su disposición algo más que el afán de conseguir una propina. Pero no era asunto suyo. Le resultaba curioso, solía pensar que la gente como él, con vidas un tanto desordenadas, eran la excepción. Estaba empezando a creer que, en cuanto arañabas un poco la superficie, comprobabas que ese tipo de cosas le pasaban a todo el mundo. Incluso a excapitanes de la Armada de Estados Unidos con muchísimo dinero. Bajó del taxi en Dumbarton Road. Su idea era subir la cuesta andando hasta el apartamento y así airearse un poco. Como mínimo, eso fue lo que se dijo. Comprobó la hora en el reloj: las nueve y media. Tiempo más que suficiente para tomarse un par de copas en el Victoria y meterse en la cama. Con todo lo que había visto en aquella habitación, su única esperanza de conciliar el sueño radicaba en meterse borracho en la cama.

Abrió la puerta. No era como el bar del hotel Central. Los parroquianos de siempre apostados en la barra, el habitual olor a tabaco y chaquetas mojadas. Metió la mano en el bolsillo para buscar monedas y se dirigió a la barra. Pidió una pinta de cerveza. El barman se la sirvió.

—Ha pasado alguien por aquí buscándote —dijo.

—¿El hombre de las apuestas Littlewood? —preguntó McCoy—. ¿He acertado la quiniela?

—Y una mierda. Un tipo joven. Dijo que volvería. —Señaló hacia la puerta—. Míralo, ahí está.

McCoy se dio la vuelta y vio a Billy entrando en el local. Alzó la mano para saludar. Parecía nervioso, como si no fuese él mismo.

—Al parecer, voy a tener que pedir otra pinta —dijo McCoy, y dejó un billete encima de la barra.

Billy se sentó al fondo del pub. Apoyó la espalda en la pared. Vestía su uniforme habitual: pantalones y chaqueta vaquera, media melena.

McCoy dejó las cervezas sobre la mesa y se sentó.

—No te veía desde hace tiempo.

—Cooper no viene por aquí, ¿verdad? —preguntó Billy.

—No, que yo sepa.

Billy pareció sentirse aliviado y le dio un trago a la cerveza.

A McCoy no se le ocurrió un modo más sencillo de plantear el tema.

—Por el amor de Dios. ¿Qué pasa, Billy? ¿Qué está ocurriendo?

Billy se encogió de hombros. Miró hacia el televisor que colgaba de la pared. Un borroso partido de fútbol en blanco y negro sin sonido. Volvió a mirar a McCoy.

—He intentado cambiar de aires. —Sonrió—. Pero no ha salido bien.

—¿Por qué? —preguntó McCoy—. Por lo que yo sabía, las cosas te iban bien con Cooper.

—Ahora lo sé, pero tenía a William Norton enganchado a mi chepa prometiéndome el mundo. Y fui estúpido. Le creí. Creí que era mi gran oportunidad. Pensé que iba a llevarme el bote, ¿verdad?

—Sigo sin entenderlo —repuso McCoy—. A Cooper le caes bien. Eres listo. Te escucha. Creía que ibais a estar juntos toda la vida.

Billy suspiró. Observó al chaval de los periódicos pasando por entre las mesas con un puñado de ejemplares del Daily Record del día siguiente bajo el brazo. COMPLOT FRUSTRADO PARA UNA ÚLTIMA BOMBA, podía leerse en la primera página.

—Contigo es diferente —dijo.

—¿A qué te refieres? —preguntó McCoy.

—Porque eres policía. No sabes lo que es trabajar con él, estar cerca de él todo el día. Cooper es Cooper. Algunos días es tu gran amigo y otros temes que te pegue una patada en el culo. Incluso tras todos estos años, sigo sin saber de qué humor va a estar. Estás tenso todo el rato. No trabajas para él, Harry, no sabes cómo es. No puedes saberlo.

—Eso es cierto —admitió McCoy—. Pero ¿realmente es tan malo?

—Ahora ya no importa. Está hecho.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó McCoy.

—Por eso estoy aquí —dijo Billy inclinándose hacia delante—. Tengo que pedirte un favor.

—Dime —insistió McCoy, con la esperanza de que no fuese a pedirle lo que él creía que iba a pedirle.

—¿Podrías hablar con él? —le preguntó Billy.

A McCoy se le cayó el alma a los pies.

—¿De ti?

Billy asintió.

—¿Le dirías que lo siento?

McCoy aplastó el cigarrillo en el cenicero.

—Creo que ya es un poco tarde para eso, Billy. ¿No te parece?

Billy tenía un aspecto horrible. Apoyó la cabeza entre las manos.

—¿Qué voy a hacer?

—Pero ¿tú no estabas ahora con Norton? —preguntó McCoy—. ¿No había sido esa tu gran idea?

—Sí, pero resulta que no soy más que otro empleado: haz esto, haz lo otro, salta cuando diga que saltes. —Alzó la vista. Sonrió—. Creo que me ha dado gato por liebre.

McCoy quería ayudar, pero no podía mentirle. Tan solo le daría falsas esperanzas y haría que todo fuese peor a largo plazo.

—Creo que has cruzado una línea con Cooper. Ya sabes cómo es. O estás con él o contra él.

Billy asintió.

—No me gusta tener que decirte esto, Billy, pero creo que será mejor que salgas por piernas. Lárgate de Glasgow. No sé qué otra cosa podrías hacer.

—Imaginaba que me dirías eso —declaró Billy—. Supongo que es lo que voy a hacer. —Se puso en pie—. Gracias, Harry. Siempre has sido un amigo.

McCoy se levantó. De repente, temió por la vida de Billy. Le dio un abrazo.

—Cuídate, ¿de acuerdo?

Billy asintió. Se dirigió a la puerta. Salió a la oscuridad de Dumbarton Road y la puerta se cerró a su espalda.

McCoy volvió a sentarse. Se sentía como una mierda. Lo lamentaba por Billy. Le había dado la impresión de que sería la última vez que lo viese. Se estaba cansando de esas cosas. Las amenazas y la violencia y las consecuencias. Vidas arruinadas. Sentía que estaba rozando su límite. No quería seguir viviendo así, formando parte de eso. No quería ver a chicos atados gritando de miedo, a hombres a los que tenían que extraerles pedazos de cristal de la cara. Las vidas de los padres destrozadas cuando él les decía lo que les había sucedido a sus hijos. Toda la mierda que le estaba cayendo encima últimamente era demasiado. Normal que tuviese una úlcera.

Se bebió lo que quedaba de cerveza.

Se fue a casa.

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