Muerte en abril

Muerte en abril


20 de abril de 1974 » Cincuenta y siete

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Cincuenta y siete

—Ha conseguido desayunar un poco —dijo el doctor Basu—. Eso siempre es buena señal. Esta mañana todavía no ha tomado morfina, así que ahora seguramente sea el mejor momento para entenderse con él.

—Su hijo Crawford no ha pasado por aquí, ¿verdad? —preguntó McCoy.

El doctor Basu negó con la cabeza.

—Yo no lo he visto.

McCoy asintió, abrió la puerta de la habitación de Lindsay y entró seguido por Wattie. Olía a lejía y a desinfectante, igual que en todos los hospitales, pero también se apreciaba algo más: un leve aroma a putrefacción. Lindsay estaba sentado en la cama, con un ejemplar del The Times frente a él. Un cuenco de cereales vacío sobre la mesita. Su rostro parecía un poco menos hinchado y machacado que el día anterior. La pierna amputada estaba protegida por una jaula de metal bajo las mantas.

McCoy se sentó en una de las sillas junto a la cama. Wattie se quedó en la puerta, cerrada a su espalda.

Lindsay se quitó las gafas y dejó el periódico a un lado. Los miró con una expresión de aburrimiento y desprecio.

McCoy apenas pudo sostenerle la mirada. Los hombres como Lindsay le daban muchísimo asco, hombres que hacían daño una y otra vez a los demás y que lo disfrutaban. Y después se permitían mirar a gente como él como si fuesen ellos los que estaban equivocados por intentar detenerlos.

—Neil Harrison —dijo.

Lindsay se sorprendió. Dibujó una sonrisa en su rostro. Empezó a aplaudir lentamente.

—Bueno, al parecer le subestimé, McCoy. Bien hecho.

—¿Eso es todo lo que tiene que decir? —preguntó McCoy.

—¿Qué quiere que le diga? —preguntó Lindsay—. Me parece obvio. Ha encontrado mi habitación y se las ha apañado para entrar en ella. No era tarea fácil. ¿Puedo preguntarle cómo lo ha conseguido?

—No —dijo McCoy—. Lo que quiero que nos diga es esto: dónde están Crawford y el resto de los muchachos. Cuál es el plan.

Lindsay se dejó caer sobre las almohadas.

—¿Y por qué demonios les contaría eso?

—Porque de ese modo aclararía ese asunto antes del final. Llame también para que detengan las bombas. Todavía está a tiempo.

Lindsay soltó una risotada.

—McCoy. Diga las cosas por su nombre. Doy por hecho que es usted católico romano, pero no parece ser usted de los que creen en la expiación. Bueno, yo tampoco creo en ella. Estoy totalmente preparado para conocer a mi creador tal como soy. Si es que lo hay, quiero decir. El problema es que somos humanos venales. Desagradables, estúpidos y marcados por la mentira. No tenemos a nadie ante quien responder más allá de nosotros mismos. Estoy tranquilo sabiendo lo que he hecho y le aseguro que no voy a ofrecerle ningún tipo de confesión barata en el lecho de muerte. Tráteme con el respeto que merezco. —Se detuvo e hizo una mueca de dolor. Tomó aire un par de veces y prosiguió el discurso—. Pero tiene razón en una cosa. Me queda muy poco tiempo. Días, seguramente. Así que vamos a ponerle algo de interés al asunto, ¿le parece? ¿Por qué no jugamos un poco para pasar el rato? ¿Qué me dice?

McCoy asintió. Tuvo que sentarse sobre sus manos para no levantarse y golpear con ellas a Lindsay en la cara.

—Bien —dijo Lindsay—. Dejándome llevar por la magnanimidad, empezaré yo. El soldado Michael Martyn. Hay unas tierras abandonadas a pocos kilómetros al norte de la casa, en la costa. Hay allí dos árboles. Está enterrado entre ellos. Supongo que esa es la clase de cosas que anda buscando, ¿verdad?

—Dios santo —dijo McCoy—. ¿Va a afrontar este asunto como si fuese un juego?

—¿Por qué no? —preguntó Lindsay—. Estoy atrapado en esta cama, solo puedo ver un pedazo de Glasgow desde mi ventana, una ciudad por la que nunca he sentido gran cariño. Más borrachos per cápita que en cualquier otro lugar. Catedrales papistas por todas partes. Alimentándose de su propio desorden, con la gente de rodillas. Un patrimonio vendido por unas pocas monedas que los ingleses han lanzado en el cuenco de los mendigos. —Tomó aire de nuevo. Sonrió—. Por eso necesito divertirme de algún modo. Y engañar a bobos como usted es algo demasiado sencillo como para resistirse.

—¿Dónde va a explotar la próxima bomba? —preguntó McCoy finalmente.

—No —respondió Lindsay—. Es su turno. ¿Qué es lo que me va a contar usted? ¿Qué podría darme para no volar en pedazos a esa basura alcohólica de Glasgow?

A duras penas fue capaz de pronunciar lo que dijo.

—¿Qué es lo que quiere? —le preguntó McCoy.

—Vaya, vaya, no sea usted así. ¿Acaso no tiene sentido del humor? —replicó Lindsay. Volvió a sonreír—. Se lo voy a poner fácil. Lo que quiero es algo muy simple. Fácil de organizar. De hecho, es algo de lo que podemos encargarnos ahora mismo en esta habitación. ¿No le suena bien, señor McCoy?

—¿De qué se trata? —preguntó McCoy sentándose con fuerza sobre las manos.

Lindsay señaló con el mentón por encima de su cabeza.

—Ese tipo grandullón detrás de usted. Lo que quiero es que se quite la camisa y que me deje cortarle la piel de la espalda con un cuchillo Stanley. O con un escalpelo. Más fácil de encontrar aquí.

—¿Qué ha dicho? —exclamó McCoy—. ¿Se está quedando conmigo?

—¿Le ha dado esa impresión, McCoy? —preguntó Lindsay—. Obviamente, habría tenido más sentido pedírselo a usted, por lo de la simetría, supongo, pero es usted demasiado mayor, demasiado flacucho. El que está detrás de usted. Watson, ¿verdad? Me recuerda a un joven que vi morir a la sombra de los pinos. Una época gloriosa.

La sombra de los pinos. McCoy sabía exactamente de qué estaba hablando. El papel que había encontrado en el suelo. La película del joven guardia atado a un árbol, hombres esqueléticos en fila para poder acuchillarle.

Wattie no le quitaba el ojo de encima, parecía atemorizado.

—Ni en un puto millón de años —dijo McCoy.

—Una lástima —dijo Lindsay. Volvió a agarrar el periódico.

McCoy se inclinó hacia delante, le arrancó las páginas de las manos y salieron volando por toda la habitación.

—Escúcheme, pedazo de mierda. O empieza a hablar o…

—¿O qué? —gruñó Lindsay, repentinamente iracundo—. ¿Qué podría hacerme usted a mí, McCoy? Aquí soy yo quien está al mando. Soy yo el que dispone de la información que usted desea, y solo hay un modo de que pueda conseguirla, que me siga el juego. Mantendré la oferta durante veinticuatro horas.

Alargó la mano hacia el otro lado de la cama, agarró el vial de cristal de la mesita y le dio varios sorbos a través de una cañita. Apretó el botón de alarma.

—¿Dónde está Donny Stewart? —preguntó McCoy—. ¿Está vivo?

Lindsay se acomodó en las almohadas.

McCoy lo agarró y volvió a sentarlo. Se puso a gritar, no pudo evitarlo.

—¿Dónde cojones está? ¡Dígamelo!

Lindsay sonreía. Los ojos se le empezaron a poner vidriosos.

McCoy lo lanzó contra las almohadas.

—Supongo que todavía estará donde lo dejé —dijo Lindsay—. Es una lástima no haber podido acabar el trabajo que empecé.

McCoy se levantó de la silla, tenía que apartarse de Lindsay. No estaba seguro de cuánto tiempo más sería capaz de resistir el impulso de pegarle.

—Se lo juro, asqueroso viejo del demonio, voy a…

Se detuvo cuando se abrió la puerta y apareció una enfermera.

—¿Se encuentra bien, señor Lindsay? ¿Está cómodo?

—Estoy bien, querida —contestó—. Pero estoy muy cansado. Necesito descansar. ¿Podría acompañar fuera a estos caballeros? Gracias.

McCoy dio un portazo al salir, le propinó una patada al cubo y a la fregona que estaban junto a la pared del pasillo. Salieron volando, repiqueteando sobre el linóleo.

—¡Cabrón de mierda! —gritó.

La enfermera en el mostrador al fondo del pasillo alzó la vista y lo miró con desaprobación. Chasqueó la lengua. Volvió a bajar la vista cuando apreció la rabia en el gesto de McCoy. Este sacó sus cigarrillos y encendió uno. Le dio una profunda calada.

—Te juro que nada me daría más placer que sacarle la información a golpes.

—Tenga en cuenta que esa opción ya la probó alguien —dijo Watson. Se apoyó en la pared del pasillo. Miró a McCoy—. Lindsay va a hacer volar por los aires a Dios sabe cuánta gente más, Donny Stewart seguramente esté atado, muriéndose de hambre o de lo que sea que ese cabrón le haya hecho. Hay familias, padres y madres, que no tienen ni idea de qué les ha ocurrido a sus hijos y que no tienen modo de enterrarlos y de guardar luto por ellos adecuadamente. A menos que…

—¿A menos que qué? —preguntó McCoy.

—A menos que le sigamos el juego. —Dudó—. Puede cortarme o lo que cojones quiera hacer. No me importa. Serán unos minutos de dolor, después de todo. Merece la pena. Lo haré.

—Por Dios, Wattie, no puedes hacer eso. Ni en sueños voy a permitir que pase. ¿Me has oído?

Wattie le miró a los ojos.

—Nada de juegos. No vamos a pasar por el aro con ese miserable. Vamos a detenerlo a él y a sus muchachitos, lo juro. ¿De acuerdo?

Wattie asintió. No parecía tenerlas todas consigo.

—Vamos a ver qué tiene que decirnos su hermana. Si me quedo en el hospital un minuto más, haré algo que lamentaré.

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