Muerte en abril

Muerte en abril


20 de abril de 1974 » Cincuenta y ocho

Página 69 de 87

Cincuenta y ocho

La única actriz escocesa que había conseguido ganar un Oscar no parecía encontrarse en su mejor momento. Difícilmente podría haberlo estado atada a un radiador junto a un cubo lleno de vómito y orines. Margo Lindsay estaba dormida, roncando como una mula.

—¿Con cuánta frecuencia ocurre esto? —preguntó McCoy.

La chica de pelo largo vestida con un mono que tenía al lado suspiró.

—Un par de veces al año. Dijo «voy a tomarme unas copas» y tres días después estaba aquí. No se preocupe, nos pide que la atemos cuando se desmaya. No es que la hayamos hecho prisionera.

McCoy asintió. No lo dudaba. Tenía la suficiente experiencia con alcohólicos como para creerlo.

—¿Cuándo crees que despertará? —preguntó Wattie.

—No sé —dijo la chica—. Una vez que empieza, no duerme, se pone a beber y a beber hasta que pierde el conocimiento.

—¿Con quién dirías que tiene más confianza aquí? —preguntó McCoy.

—Lo cierto es que es muy solitaria. Resulta difícil de creer tratándose de alguien que puso en marcha una comuna, pero es así.

—¿Alguna vez habla de su hermano? ¿De algún sitio adonde solían ir cuando eran pequeños? ¿De algún secreto que compartan?

La chica negó con la cabeza.

—Solo lo menciona para insultarlo. Eso es todo.

McCoy y Wattie la dejaron allí. Le pidieron a la chica que los llamase a la casa grande en cuanto Margo despertase. Regresaron al coche, que habían aparcado junto al establo de las vacas. Tenían que empezar a afrontar lo inevitable.

—Donny Stewart probablemente esté muerto a estas alturas —dijo McCoy.

—¿Faulds y los chicos no han encontrado nada? —preguntó Wattie.

McCoy negó con la cabeza.

—Hablé con él hace un rato. Ahora está supervisando lo de Michael Martyn. Han buscado en la casa, en todas las edificaciones, las bodegas, en todas partes.

Se metieron en el coche y se pusieron en marcha.

—¿Qué vamos a hacer en la casa? —preguntó Wattie.

—No lo sé —respondió McCoy, sintiéndose inútil—. Vamos a echar otro vistazo. A ver si podemos encontrar alguna pista de dónde lo escondió Lindsay.

—Lindsay es jodidamente rico —dijo Wattie—. Una casa grande. Un Daimler.

McCoy asintió, apretó el botón del encendedor del coche y sacó su paquete de tabaco. Ya había tenido suficiente aire fresco del campo.

—Sí. Generaciones con dinero. Todo heredado. Tu padre tendría algo que decir al respecto.

—Más bien despotricaría, supongo —repuso Wattie—. Es lo que hace siempre que alguien de la familia real sale por la tele. Probablemente lo recita de memoria. —Tosió. Impostó la voz para parecer enfadado y darle acento de Greenock—. ¡Jodidas sanguijuelas! ¿Quién paga todo eso? Los trabajadores, ¡quién si no!

McCoy se echó a reír. Encendió el cigarrillo con el mechero del coche.

—¡Todas esas joyas! Todos esos coches y el maldito tren y los malditos barcos, por no hablar de las mansiones. ¿Por qué tendría que necesitar una familia más de una jodida casa? ¡No puedes vivir en dos a la vez! Es un jodido des…

McCoy alzó la mano. Wattie se detuvo.

—Hijo de puta —dijo.

—¿Qué? —preguntó Wattie—. ¿De qué está hablando?

—Tiene otra propiedad. Por eso está tan tranquilo y sereno. Sabe que estamos buscando en los alrededores de su casa y le importa una mierda.

Wattie giró el coche en el camino de acceso a Knockland.

—¿Y dónde está?

—Quién cojones lo sabe. Habrá que buscar en los papeles de la casa, a ver si encontramos algún registro o recibo. Tiene que haber algún rastro de papel. Es posible que los chicos estén allí, ocultos, esperando a saber cuál es su misión.

—¿Quién está aquí ahora? —preguntó Wattie, señalando con el mentón hacia un Mercedes negro aparcado frente a la casa.

—Ni idea —respondió McCoy cuando Wattie detuvo el coche detrás—. No vamos a tardar en saberlo.

Ir a la siguiente página

Report Page