Muerte en abril
20 de abril de 1974 » Cincuenta y nueve
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Cincuenta y nueve
Kenny Barnes estaba sentado en uno de los sillones de la sala principal, con un ejemplar de Mayfair en el regazo. Alzó la vista cuando McCoy y Wattie entraron.
—Vaya, vaya, pero si es el querido amigo de los irlandeses —dijo—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Soy el detective asignado al caso —dijo McCoy—. ¿Qué cojones está haciendo usted aquí?
—Venga, hombre —respondió Barnes—. No seas así. Todos estamos en el mismo bando. —Echó un vistazo a su alrededor—. No imaginaba que alguno de vosotros tuviese pasta. Bonita choza.
Ver a Barnes allí sentado, con aquel chungo traje suyo, zapatos de plataforma, comportándose como si estuviese al mando, era más de lo que McCoy podía soportar. Pero tuvo que contenerse y decirle a aquel grasiento bastardo que había que ponerse en marcha.
—Quería darte las gracias —dijo Barnes—. Blythswood Square. Buen consejo. Encontré a una buena pava, tirada de precio, le di por todas partes. Es posible que vuelva esta noche si acabamos pronto aquí.
—¿Acabamos? —preguntó McCoy—. ¿Quiénes?
Barnes sonrió.
—Por eso he venido. Anoche recibí una llamada. Alquila un coche, me dijeron, recoge a alguien del aeropuerto de Glasgow y llévalo a la casa.
—¿A quién? —preguntó McCoy.
Barnes se encogió de hombros.
—Todo confidencial. No me dijeron su nombre y yo no lo pregunté. Me dijeron que mantuviese la boca cerrada y que hiciese lo que me decían.
—¿Dónde está? —preguntó McCoy.
Barnes señaló hacia arriba.
—En la planta de arriba. Me dijo que me quedase aquí abajo.
McCoy dejó a Wattie con él y subió las escaleras. La Brigada Especial ya estaba tardando en involucrarse. Deberían haber estado allí desde el principio. Esperaba que el superior de Barnes no fuese tan estúpido. Había un Mercedes aparcado fuera, tenía que ser un alto cargo, cabía suponer que tuviese cerebro.
Recorrió el pasillo hacia la estancia secreta de Lindsay. Tal vez la Brigada Especial dispusiese de un acceso especial a los registros de propiedad, a los registros de impuestos, cosas de ese tipo. Podría resultar de ayuda, facilitar que encontrasen la segunda propiedad de Lindsay.
Abrió la puerta.
Un hombre estaba sentado en una de las sillas, de espaldas a la entrada, observando la fotografía que tenía en la mano. Traje de raya diplomática. Un maletín en el suelo, a su lado. Debía de haber oído cómo se abría la puerta. Se volvió hacia McCoy. Sacudió la cabeza.
—Me dio en la nariz que ibas a ser tú —dijo—. Qué suerte la mía.
Si a McCoy le había sorprendido encontrarse a Barnes al entrar en la casa, reconocer a quien le estaba ahora mirando directamente lo dejó paralizado.
—¿Cavendish?
—Me dijeron que un detective de Glasgow estaba al mando. Supongo que era inevitable. —Se puso en pie—. Demos una vuelta, ¿te parece? Tenemos que hablar.