Muerte en abril
20 de abril de 1974 » Sesenta
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Sesenta
Dieron un paseo junto a la orilla del lago. El sol se hallaba en lo alto del cielo. Un par de botes atados a una boya se mecían con la brisa. En la lejanía, un transatlántico se alejaba del puerto de Greenock. Se oía gritar a algunos de los chicos de Faulds en el bosque; la búsqueda proseguía. No habían encontrado nada todavía.
—¿Cuándo nos vimos por última vez? —preguntó Cavendish—. Recuérdamelo.
—Hará un par de años —respondió McCoy—. Me dijo que era un pedazo de mierda y que le revolvía las tripas.
Cavendish sonrió.
—Una situación difícil que tenía que zanjar de inmediato. Estoy seguro de que lo entendiste.
Lo único que entendió fue que habían enviado a Cavendish desde Londres para cerrar un caso que apuntaba directamente a algunos de los integrantes de la flor y nata de la alta sociedad británica. Culpable o inocente, poco importaba: lo único importante en ese momento era que ciertos individuos no se viesen expuestos.
—¿Para eso está aquí ahora? —preguntó McCoy.
—No —contestó Cavendish—. En esta ocasión es diferente. En esta ocasión necesito tu ayuda.
McCoy negó con la cabeza.
—Jamás imaginé que fuese a decir algo así.
—Sí, para mí también supone una sorpresa. Pero en este asunto no lo hemos hecho bien, nos hemos metido en un lío. Digamos que nos hemos equivocado.
—¿A qué se refiere? —preguntó McCoy.
—Conocíamos el pequeño pasatiempo de Lindsay y su «Escocia Libre». Le permitimos seguir con él. Parecía algo inofensivo. ¿Sabes lo que es una bandera falsa?
McCoy negó con la cabeza.
—Nos servíamos de Lindsay como una especie de pararrayos para atraer a otros fanáticos. A decir verdad, principalmente se trataba de tipos miserables de pubs de Edimburgo que decían tonterías sobre ejércitos privados y la Piedra del Destino. Todo el rollo de la liberación de Escocia, el Club 1320. Payasos. No merecía la pena preocuparse.
—¿Y creyeron que tampoco merecía la pena preocuparse por Lindsay? —preguntó McCoy.
—Así es —respondió Cavendish—. Durante un tiempo, funcionó. Logramos descubrir una conspiración seria para asesinar al príncipe Carlos el año pasado. Un lobo solitario consiguió acercarse mucho a él. Así que Lindsay parecía útil y creímos que lo teníamos bajo control, que, en esencia, era uno de los nuestros. Esa clase de talentos nos resultan muy útiles. Nos parecía un intercambio bastante decente.
—Técnicas de tortura —dijo McCoy.
Cavendish pareció sorprenderse. Entonces lo entendió.
—Ah. Tu charla con el profesor Burns. Un hombre interesante. Sí, Lindsay fue muy útil en el pasado.
—¿El pasado?
—Sí. Obviamente, tenemos que separar nuestros caminos por completo lo antes posible. Lo último que necesitamos es que esté involucrado con el Ejército británico.
McCoy se echó a reír.
—Pues les va a resultar un poco difícil. ¡Él forma parte del maldito ejército!
—De hecho, está retirado —dijo Cavendish—. Desde esta mañana. Será una novedad para él, pero así están las cosas.
Cavendish se acuclilló, tomó una piedra y la lanzó al agua.
—Estas cosas pasan. Una manzana podrida afecta a toda una organización. Por supuesto, no sabíamos nada de esta visión extremista de Escocia, y menos aún del ejército privado que ha estado organizando o de su intención de poner bombas. Una sorpresa total y terrible. Un buen hombre que se apartó del camino. Imposible de predecir.
McCoy se detuvo, se sentó en un bote vuelto del revés y encendió un cigarrillo.
—¿Cómo piensan hacerlo? —preguntó—. ¿Cómo van a lograr que la gente se trague ese montón de mierda?
Cavendish sonrió.
—Ahí es donde entras tú —dijo—. En primer lugar, necesitamos que se le ponga fin a la campaña de bombas lo antes posible. Hasta el momento, has hecho un buen trabajo. Vamos a ofrecerte toda la ayuda y los recursos que necesites. Más ayuda de la que puedes imaginar. —Sonrió de nuevo—. Para mi sorpresa, al parecer tú eres nuestra mejor baza.
—De acuerdo —dijo McCoy—. Pero tengo algunas condiciones.
Cavendish puso los ojos en blanco.
—No creo que lo hayas entendido, McCoy. Te estoy dando una orden, no estoy negociando.
—Burns ha visto la foto de Brendan Shaughnessy —dijo McCoy—. Lo ha visto todo. Está al corriente de sus sucios asuntillos de Belfast.
Cavendish intentó disimular su asombro.
—A Burns podemos contenerlo. Es un agitador izquierdista reconocido. El Movimiento Tropas Fuera, Partido Socialista de los Trabajadores. No será difícil menospreciar sus opiniones, hacer que parezcan ridículas.
—¿Está seguro? —preguntó McCoy—. ¿Cómo saben que no ha hablado ya con Amnistía Internacional? ¿Cómo saben que no he hablado yo con ellos?
Cavendish sacó una pitillera de plata y encendió un cigarrillo. Reflexionó durante unos segundos. Observó a unos pájaros que volaban por encima de sus cabezas.
—¿Qué quieres?
—Quiero que aleje de mí al payaso de Barnes. Cree que soy una especie de contacto del IRA, cree que soy un espía importante.
Cavendish asintió.
—Siempre he pensado que Barnes es una carga. No es el más brillante. Hecho.
—Hay una cosa más.
Cavendish volvió a asentir.
—El IRA cree que Hughie Faulds tuvo algo que ver con el asesinato de Paul McVeigh. Ya han intentado matarlo en una ocasión. Quiero que los aleje de él.
Cavendish negó con la cabeza.
—Creo que nos sobrestimas. El IRA es una organización terrorista, no hablamos con gente como ellos.
—Sí que lo hacen —dijo McCoy—. Negócielo de algún modo. O Faulds tal vez recuerde quién lo hizo.
—¿Y de quién estaríamos hablando?
—La Det —dijo McCoy.
En esa ocasión, Cavendish no fue lo bastante rápido para fingir. Parecía genuinamente sorprendido.
—Eres un tipo muy escurridizo, McCoy. Sabes demasiado para tu propio bien.
—¿Estamos de acuerdo? —preguntó McCoy.
Cavendish lanzó su cigarrillo hacia el lago.
—Estaba en lo cierto. Eres un pedazo de mierda. Pero también eres útil. Hecho. Ahora haz que acaben las puñeteras bombas y déjame encargarme del resto.
Echaron a andar de vuelta a la casa.
—¿Y qué pasa con todas las personas que Lindsay ha matado? —preguntó McCoy—. Los jóvenes del ejército.
—Eso también habrá que silenciarlo. Pero primero, que se acaben las bombas, ¿estamos?
McCoy asintió, preguntándose en qué estaría pensando realmente Cavendish. Cómo iba a manejar todo lo que Lindsay había hecho. Se dijo que ese no era su problema. Aunque había una cosa que sí sabía. Esa clase de cosas no pueden enterrarse sin más. Y él iba a hacer todo lo posible para que así fuese. Los padres de muchachos como Neil Harrison tenían derecho a saber qué les había pasado a sus hijos, por horrible que eso fuese. Stewart tenía derecho a saber qué le había sucedido a su hijo Donny. Poco importaba lo que le hubiese prometido a Cavendish.