Muerte en abril

Muerte en abril


20 de abril de 1974 » Sesenta y uno

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Sesenta y uno

Murray estaba sentado al otro lado de su escritorio, tenía en la mano una hoja de papel.

—Esto ha llegado desde la calle Pitt hará cosa de una hora. —Empezó a leer—: «Es necesario movilizar todos los recursos para cazar a los artificieros. Quedan cubiertas las horas extras y los que tengan que interrumpir las vacaciones. Se requiere la ayuda de todas las fuerzas que estén en la reserva. Se tendrá un acceso extraordinario a la información del Ministerio del Interior durante la búsqueda».

Alzó la vista y miró a McCoy.

—¿Tienes amigos en las altas instancias? ¿Hay algo que no me hayas dicho, McCoy?

—Ojalá. No tiene nada que ver conmigo. Probablemente están desesperados por arreglar este asunto antes de que aparezcan más titulares en plan GLASGOW ATERRORIZADA POR LAS BOMBAS.

Murray dejó el papel en la mesa. No parecía totalmente convencido con su explicación.

—No estoy seguro de que esto nos convenga —dijo McCoy—. El Registro de la Propiedad podrá resultarnos útil, y lo del Ministerio del Interior lo acelerará todo, pero aun así llevará su tiempo. Necesitamos que nos dejen en paz, no otro puñado de gente rondando por aquí como moscas.

—¿Y cómo vamos a lograrlo? —preguntó Murray.

—Tenemos que encontrar a Donny Stewart, si es que todavía está vivo. Creo que esa es nuestra mejor baza. O bien está escondido en algún lugar de sus tierras, o en alguna otra propiedad de Lindsay. Faulds se encuentra ahora en la casa grande organizando a los que van llegando para que la búsqueda sea más efectiva. Pero sigue siendo como buscar una aguja en un pajar. Las tierras de Lindsay son inabarcables.

—¿Y su hermana?

—Iré a verla ahora mismo. Con un poco de suerte, habrá dormido hasta ahora. A lo mejor puede decirnos si el padre de Lindsay le legó alguna propiedad más.

—Margo Lindsay, todavía no puedo creerme que la conozcas —dijo Murray, un poco emocionado aún—. Era una mujer muy hermosa.

—Lo sigue siendo —dijo McCoy—. Cuando no está como una cuba, quiero decir.

Llamaron a la puerta. La agente Walker asomó la cabeza.

—Alguien le busca, señor McCoy —les interrumpió—. El señor Meiklejohn.

—Estupendo —dijo McCoy—. ¿Te importa traerlo aquí?

Walker asintió y desapareció.

—El tipo del cuartel —aclaró McCoy—. Ha estado buscando a otros soldados desaparecidos.

—Por Dios —dijo Murray—. Esperemos que no haya encontrado ninguno. Por cierto, le compré un Joan Eardley a Phyllis. Buena idea.

—¿Un qué? —preguntó McCoy.

—Es una artista. De Glasgow. Phyllis ya tenía un cuadro suyo, le gusta esa pintora. En la cocina, el gran cuadro de los niños con palabras pintadas.

—Ah —dijo McCoy fingiendo recordar.

—No fue lo que se dice barato, te lo aseguro. Le gustará.

Meiklejohn apareció junto a la puerta. Su aspecto resultaba un tanto chocante sin uniforme. Pantalones de pana y camisa arremangada. Con una bolsa al hombro.

—Entre —dijo McCoy—. Siéntese.

Meiklejohn entró en el despacho y se sentó en una silla. Estiró la pierna delante de él.

—Jefe inspector Murray —dijo McCoy—. El jefe. ¿Qué tal todo?

Meiklejohn se inclinó y le dio la mano a Murray, después rebuscó en la bolsa y sacó un cuaderno de tapas duras. Los miró.

—Seis posibilidades —dijo.

—¿Tantas? —preguntó McCoy.

—Siete si contamos a Neil Harrison. Todos hombres jóvenes, soldados o cadetes, desaparecidos en abril o justo antes. El primero fue en 1961. Un joven llamado Duncan McNab que se ausentó sin permiso en el cuartel de Cupar. La última vez que lo vieron fue en un autobús a Glasgow.

—Algunos de ellos pueden ser desertores —dijo Murray— que querían ocultarse del ejército.

Meiklejohn asintió.

—Eso espero. —Dejó el cuaderno sobre el escritorio de Murray—. Todo lo que he podido averiguar de cada uno de ellos está aquí.

McCoy tomó la foto del chico que gritaba de la mesa de Murray.

—Siento lo que le voy a enseñar, pero tiene que ver esto —dijo—. ¿Lo reconoce?

Meiklejohn se puso blanco.

—Es Neil Harrison.

—Gracias —dijo McCoy—. ¿Le habló Lindsay alguna vez de otra propiedad?

Meiklejohn reflexionó durante unos segundos y negó con la cabeza.

—No que yo recuerde, pero, para ser sincero, no creo que me lo hubiese dicho a mí. Tal vez su hermana sepa algo.

McCoy se puso en pie.

—Las grandes mentes piensan las mismas cosas. ¿Le importaría quedarse aquí y repasar este material con Thomson?

—Por supuesto.

—¿De cuánto tiempo disponemos hasta que explote otra bomba? —preguntó Murray.

—No lo sé —dijo McCoy—. De momento, ha transcurrido un par de días entre cada una de ellas. La del pub la encontramos ayer, así que…

—¿Mañana? —preguntó Murray.

McCoy suspiró.

—Podría ser. Mejor me voy.

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