Muerte en abril
20 de abril de 1974 » Sesenta y dos
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Sesenta y dos
Margo Lindsay estaba sentada en una silla de cocina sobre el césped de la parte de atrás de la granja, mirando hacia el lago. Soplaba el viento, el agua del lago estaba picada y las nubes corrían rápidas por el cielo. Tenía una taza de té en la mano y una manta de tartán sobre los hombros. No ofrecía muy buen aspecto, temblaba ligeramente. Normal.
McCoy encendió un cigarrillo y esperó a que ella hablase.
—Mi hermano y yo nunca hemos tenido una relación muy estrecha —dijo—. Nuestra infancia fue la típica de los niños de clase alta. Le enviaron a un internado justo cuando yo nací. Él tenía ocho años, era un niño. No teníamos mucho en común. Tan solo lo veía durante las vacaciones y él nunca mostró ningún interés por mí. —Sonrió—. Yo era una chica. No le resultaba de gran utilidad para jugar a los soldados. —Le dio un sorbo a su té—. Después del internado, ingresó en el ejército. Estaba en el extranjero la mayor parte del tiempo. Nos encontrábamos en bodas y funerales. Todo muy cordial, pero distante. —Alzó la vista cuando voló por encima de ellos una gaviota—. Y por si lo de ser actriz no fuese lo bastante malo, cuando empecé a interesarme por la política de izquierdas comenzó a mostrarse mucho menos cordial. Mi hermano es, cómo lo diría, un hombre difícil. —Miró a McCoy—. ¿Qué ha hecho? ¿Algo malo?
McCoy no iba a contarle que era sospechoso de asesinato.
—Creemos que ha organizado a un grupo de muchachos que están poniendo bombas. Quiere una Escocia diferente.
—Ay, Dios. No tendrá que ver con eso de acabar con el alcohol y la Declaración de Arbroath, ¿verdad? Lleva años con ese tema.
—¿La Declaración de Arbroath? —preguntó McCoy.
—En 1320, un grupo de nobles, cincuenta y uno para ser exactos, redactaron una carta declarando la autonomía de Escocia. Daba la impresión de que Angus creía que aquello tenía que volver a pasar. Por suerte, ya no vivimos en una sociedad feudal.
—Cincuenta y uno —dijo McCoy—. Los Hijos de los 51. Ahora tiene sentido.
—Nada me gustaría más que una Escocia independiente —prosiguió Margo sin apartar la vista del lago—. Pero no tendría nada que ver con la visión de mi hermano. Independiente, socialista, no unida a Inglaterra o Estados Unidos, dirigida por personas del pueblo. —Se volvió hacia él—. Y así será. Lo sé. Tal vez yo no llegue a verlo, pero pasará.
McCoy asintió. Le pareció que tenía que hacerlo; por educación.
—¿Su hermano tiene alguna otra propiedad? ¿Algo que recibiese en herencia?
Ella sonrió.
—La respuesta es que, de ser así, yo no lo sabría. Tiene que ver con la primogenitura, como manda la tradición.
—¿Primogenitura? —preguntó McCoy.
—El hijo mayor se lo queda todo. Todas las tierras, propiedades y títulos. Así que si heredó alguna otra cosa aparte de la casa grande, nunca lo sabré, a menos que él quisiera contármelo.
—¿Le habló alguna vez de un lugar secreto? ¿O recuerda algún lugar adonde fueran siendo niños?
—No. Había una parcela a unos seis kilómetros, por esta carretera. Solíamos ir allí.
McCoy asintió. No le contó que era allí donde estaban buscando el cadáver de Michael Martyn.
—Si se acordase de algo en ese sentido, hágamelo saber.
—Por supuesto —dijo Margo. Dudó—. ¿Me vio ayer?
McCoy no estaba seguro de si se trataba de una pregunta o de una afirmación. Volvió a asentir.
—No es agradable. Pero pasa. Mi madre era alcohólica. Y mi padre también. De ahí viene el odio de Angus por el alcohol. Dice que es para lograr que Escocia deje de estar arrodillada. Pero no es así. Tiene que ver con encerrar a mi madre en el desván cuando pillaba una curda y de mi padre pegándole cuando se pasaba con el whisky. Que era la mayoría de las noches. Debía de ser el único niño de ocho años del mundo desesperado por regresar al internado. —Se recolocó la manta sobre los hombros y miró a McCoy—. No sé qué es lo que habrá hecho mi hermano, señor McCoy, y no quiero saberlo. Pero sí sé una cosa. Fue un niño majo, como cualquier otro. No es culpa suya haberse convertido en la persona que es ahora. Fue culpa de mis padres.
McCoy se puso en pie.
—¿Sabe algo de Crawford?
Margo parecía no haber entendido.
—¿Crawford?
—Su hijo.
Margo negó con la cabeza.
—Mi hermano no tiene hijos. A ver, déjeme suponer. ¿Unos veintipocos, fuerte, militar?
McCoy asintió.
—¿Quién es, entonces? —preguntó—. ¿Su novio?
Margo negó de nuevo.
—Su discípulo, señor McCoy. Ha tenido unos cuantos. Y suelen ser más fanáticos que mi propio hermano. Ándese con cuidado.