Muerte en abril

Muerte en abril


20 de abril de 1974 » Sesenta y tres

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Sesenta y tres

McCoy observó el reloj que colgaba de la pared de la comisaría. Había vuelto después de verse con Margo. No tenía mucho sentido quedarse en la casa para ver si aparecía el cadáver. Se puso en pie y se desperezó. La gente del Registro de la Propiedad esperaba tener toda la información al día siguiente. También telefoneó al doctor Basu. No había señal alguna ni de Crawford ni de ninguna otra persona, y Lindsay estaba «cómodo», significara eso lo que significase. Se disponía a salir de allí cuando su teléfono sonó de nuevo. Respondió. Nada de formalidades. Tan solo la voz de Cooper:

—Jumbo va hacia allí.

Después se oyó un clic y se acabó la llamada. Casi se había olvidado de que tenía que meter a Jumbo esa noche entre rejas. Todavía no sabía por qué.

Salió de la comisaría. Tenía ganas de alejarse de aquel ambiente viciado. Estaba anocheciendo, las nubes adquirían una tonalidad rosácea. Se encendió un cigarrillo justo en el momento en que Jumbo apareció por la esquina. Parecía haberse ensanchado, si es que eso era posible. Caminaba sin prisa, casi dos metros de músculo, pero acompañados de una inteligencia más bien justita. Jumbo vio a McCoy, se dibujó una amplia sonrisa en su cara y le hizo un gesto con la mano. A decir verdad, era como un niño grande. Vaqueros, jersey y zapatillas de deporte, como siempre.

—¡Señor McCoy! —exclamó—. ¡Qué gusto verle!

—¿Has estado levantando pesas, Jumbo? —preguntó McCoy—. Estás impresionante.

Sonrió y negó con la cabeza.

—Solo he estado trabajando de jardinero. Cuando el señor Cooper no me necesita, trabajo con una empresa que arregla los jardines de la gente pija.

—¿Cómo es eso? —preguntó McCoy.

—Fácil —respondió Jumbo. Se le ensombreció el gesto—. No creo que pueda volver a hacerlo con frecuencia ahora que el señor Cooper ha salido de la cárcel.

—Es verdad —dijo McCoy. Todavía no tenía ni idea del porqué de lo que iba a hacer—. Voy a detenerte por estar borracho y por desorden público. ¿Sabes el motivo?

Jumbo negó con la cabeza.

—El señor Cooper me ha dicho que haga todo lo que usted me diga.

—Bien —repuso McCoy—, eso significa que vamos a ir a un pub.

Diez minutos más tarde estaban en el Lauder’s. No era el que se encontraba más cerca, pero McCoy no quería cruzarse con nadie de la comisaría. Pidió una pinta para él y una pinta y un whisky doble para Jumbo. Jumbo nunca había sido un gran bebedor. Le daba la impresión de que otra pinta y otro whisky doble lo dejarían fueran de combate, lo suficiente en cualquier caso para que Billy, en el mostrador de entrada de la comisaría, no pensase que algo estaba fuera de lugar.

—No me gusta el whisky —declaró Jumbo con un gesto de desagrado.

—Mala suerte —dijo McCoy—. Tienes que emborracharte.

Jumbo miró el vaso con desconfianza, se lo bebió de un trago e hizo una mueca. Lo mismo que habría hecho un niño tomándose una medicina.

—¿Has visto a Billy? —preguntó McCoy.

Jumbo negó con la cabeza vigorosamente.

—No desde que el señor Cooper salió de la cárcel. Me ocupé del jardín de la casa mientras estuvo fuera y Billy se presentaba por allí a veces, pero no sé qué pasó. No es muy amable conmigo y yo mantengo las distancias.

A McCoy no le sorprendía. Billy nunca le había dedicado mucho tiempo a Jumbo y mientras conspiraba tendría incluso menos razones para aguantarlo.

—¿Y qué tal con Iris?

Jumbo le dio un buen trago a su cerveza y McCoy le hizo un gesto al barman que venía a decir «otra ronda».

—Iris deja que me quede en casa si no está Billy.

—Eso está bien —dijo McCoy—. Es una casa bonita. ¿Dónde te quedas el resto de las noches? —preguntó, consciente de que no tenía ni idea.

—En diferentes sitios —respondió Jumbo—. A veces en Memen Road. —Parecía un poco avergonzado—. A veces en Great Eastern, sitios así.

—Por amor de Dios, Jumbo, eso no está bien. Hablaré con Cooper. Vamos a conseguirte una habitación fija en la casa. Te lo debe por todo lo que has hecho en el jardín.

—¿Y qué pasa si Billy está allí? —preguntó Jumbo.

McCoy empujó la pinta y el whisky doble hacia él.

—No creo que tengamos que preocuparnos por eso.

Necesitaron tres rondas para que Jumbo pareciese lo bastante borracho como para no levantar sospechas. McCoy lo condujo por la calle hasta la comisaría. Jumbo se tambaleaba ligeramente.

—Cuando lleguemos, no digas nada, ¿de acuerdo? —dijo McCoy.

Jumbo asintió. No daba la impresión de poder articular gran cosa.

A Billy, el sargento del mostrador, no le hizo ninguna gracia verlos entrar. Movió la cabeza a un lado y a otro cuando McCoy empujó a Jumbo y lo sentó en el banco que había junto a la puerta.

—Mi turno está a punto de acabar, ¿no podrías enviar a este capullo a su casa? —preguntó.

—Por lo general, es lo que haría —dijo McCoy—, pero el muy cabrón me ha pegado una patada en los huevos.

Billy suspiró.

—Pues vamos allá.

McCoy levantó a Jumbo y lo acercó al mostrador.

—Nombre —dijo Billy.

—Jumbo —dijo Jumbo.

Billy puso los ojos en blanco.

—Nombre real, payaso.

—Mark Munroe —dijo Jumbo.

A McCoy le sorprendió. No creía haber oído nunca el auténtico nombre de Jumbo.

—Vacía los bolsillos —dijo Billy al tiempo que sacaba un formulario de pertenencias y escribía «Mark Munroe» en la parte de arriba.

Jumbo rebuscó en los bolsillos de sus vaqueros. Sacó un paquete medio vacío de gominolas, veinte peniques, un llavero de pata de conejo y una billetera con una imagen de un cowboy.

Billy la abrió. Dejó escapar un silbido. Empezó a contar todos los billetes.

—Doscientas setenta libras —dijo—. A alguien le ha tocado la lotería.

Para McCoy también supuso una sorpresa. Nunca habría imaginado que Jumbo tuviese tanto dinero. Seguramente eran todos sus ahorros. Jumbo no era capaz de lidiar con una cuenta bancaria.

—No me encuentro bien —dijo Jumbo. Tenía una pinta horrible—. Creo que voy a vomitar.

—Oh, por todos los santos —gritó Billy—. ¡No se te ocurra vomitar!

—Creo que te lo dejo aquí —dijo McCoy dirigiéndose a la puerta. Lo último que oyó fue a Billy chillando «¡Me debes una, McCoy!», y un ruido que daba toda la impresión de ser vómito cayendo sobre el suelo de linóleo.

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