Muerte en abril
21 de abril de 1974 » Sesenta y cuatro
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Sesenta y cuatro
McCoy bostezó y echó un vistazo hacia la bahía. Otro domingo de trabajo. No eran más que las diez y ya hacía calor. Según la radio, iba a pegar fuerte durante los siguientes tres días. Lo había oído en el coche de camino a Greenock. Se estaba convirtiendo en una especie de costumbre: lo recogían en casa, después la lancha de la policía y la caminata hasta Knockland. El desplazamiento para ir al trabajo no estaba mal, no en días como ese. El agua centelleaba, los insectos zumbaban, notaba el calor del sol en la nuca.
Giró y echó a andar hacia la casa grande. El único inconveniente era que estaban atascados. No habían encontrado a Donny Stewart y tampoco había rastro alguno de los artificieros. La siguiente bomba seguramente explotaría ese mismo día y no tenían ni la más mínima pista de dónde o cuándo iba a ser. Pudo ver a Faulds en la ventana, con una taza de té en la mano. Se había estado quedando allí, no tenía mucho sentido volver a casa. La búsqueda se iniciaba por la mañana y solo se detenían cuando oscurecía. Los perros iban a llegar ese día, entrenados para detectar cadáveres. Tal vez encontrasen algo. No estaba seguro de cuánto tiempo podría Murray justificar los costes de una búsqueda que no estaba dando resultados, a pesar de lo que le había dicho Cavendish. Tenían que encontrar algo lo antes posible.
—Bonito día —dijo Faulds saliendo al jardín. Le tendió a McCoy una taza de té y se sentaron en un banco junto a los simétricos arriates de rosas—. Podría acostumbrarme a esto —dijo—. Me quedaría aquí.
—No lo dudo —dijo McCoy—. ¿Se están haciendo cargo de todo?
Faulds asintió. Cavendish y Barnes habían llegado el día anterior. Estaban metiendo en cajas de cartón todo lo que había en la habitación.
—Como si nunca hubiese habido nada.
—¿Tú crees que el profesor se llevó algo? —preguntó McCoy.
—Sería tonto si no lo hubiese hecho —contestó Faulds—. Pero dejemos que sea Cavendish el que se preocupe de eso. Anoche encontramos un trozo de tierra removida junto a la verja. Podría ser algo. Aunque podría no ser nada. Veamos qué tal lo hacen los sabuesos del demonio.
McCoy asintió. Le dio un sorbo al té.
—Al menos nos hemos librado de Barnes —dijo Faulds.
—Durante un rato.
Faulds se puso en pie y se sacudió los pantalones.
—Será mejor que vaya a ver qué están haciendo los equipos esta mañana. ¿Cuándo llegará Wattie?
McCoy comprobó la hora en su reloj.
—En cualquier momento.
—¿Qué vais a hacer hoy?
McCoy negó con la cabeza.
—Esperar. Esperar a que nos llamen de la comisaría para decir que ha estallado una bomba. Esperar hasta que Lindsay esté lo bastante recuperado como para hablar. Esperar hasta que encontremos a Donny Stewart. Me estoy volviendo loco, me siento un poco inútil, la verdad. Perfectamente podría volver a Glasgow esta tarde. Aquí no voy a hacer gran cosa aparte de admirar el entorno.
—Ah, bueno, no le des más vueltas —dijo Faulds—. Sé muy bien dónde me gustaría estar en un día como este.
McCoy lo vio alejarse en dirección a la casa. Se preguntó si los del Registro de la Propiedad habrían descubierto alguna otra posesión de Lindsay. Faulds tenía razón, tal vez podría disfrutar del rato que pasase allí. Caminó hacia la orilla. Se sentó apoyando la espalda en una barca de remos que habían dejado allí. Notaba el calor del sol en la cara, el sonido de las pequeñas olas y el zumbido de los insectos.
—Eso es lo que yo llamo trabajar duro.
McCoy abrió los ojos y miró a Wattie, de pie frente a él.
—Mierda, debo de haberme dormido. —Se enderezó—. Solo he cerrado los ojos un minuto.
—Claro —dijo Wattie sentándose a su lado—. Yo le creo, aunque la mayoría no lo haría.
McCoy sacó los cigarrillos del bolsillo de la chaqueta y encendió uno. Los dos allí sentados, mirando las barcas amarradas subiendo y bajando en el agua bajo la luz del sol.
—Me estoy asando —dijo McCoy. Se quitó la chaqueta—. Debemos de estar a más de veinte grados.
Wattie asintió.
—¿Cree que hoy explotará otra bomba?
—Es probable —respondió McCoy—. Solo falta Crawford, y me da la impresión de que la suya será la grande.
—Joder —dijo Wattie.
McCoy espantó una mosca de su cara. Salió volando y se posó en una piedra junto a la mano de Wattie. Una piedra que tenía una brillante mancha de sangre. Miró la mano de Wattie, le goteaba sangre.
—Estás sangrando —dijo McCoy.
—¿Qué? —preguntó Wattie. Observó su mano, la apartó para no verla.
—¿Qué pasa? —preguntó McCoy.
No hubo respuesta.
McCoy miró alrededor y pudo ver más restos de sangre en las piedras.
—¿Wattie?
Wattie se puso de pie y se dirigió hacia el agua. Se quedó allí, mirando a la lejanía. Incluso a esa distancia, McCoy pudo ver cómo la sangre le goteaba de la mano y caía sobre las piedras del suelo. Y entonces lo entendió.
—Wattie, quítate la chaqueta.
Nada.
Se levantó y fue hacia él.
—Quítate la maldita chaqueta, Wattie.
Wattie volvió la cabeza, se movió de un modo raro, se sacó la manga derecha y después el resto de la chaqueta. McCoy apartó la vista al instante, pero no antes de ver que la espalda de su camisa de color claro estaba oscurecida y húmeda por la sangre.
—No puede ser —dijo McCoy—. Dime que no lo has hecho.
Pero sí lo había hecho.
McCoy le ayudó a quitarse la camisa. No resultó sencillo porque la sangre la mantenía pegada a su espalda. Finalmente se la sacó, llevándose pegado también un largo vendaje para heridas. McCoy dio un paso atrás y observó. Dos largos cortes se cruzaban justo encima de las paletillas.
—Por Dios, Wattie, no tendrías que haber ido a ver a Lindsay por tu cuenta. Es un…
—Ahora lo sé. Me dijo que me diría dónde estaba Donny Stewart. —Hizo una mueca de dolor—. Pero no me lo dijo.
—Nunca tuvo intención de hacerlo, Wattie. Es parte del juego de Lindsay.
Wattie dejó caer la cabeza.
—Quería hacer algo por mi cuenta. Decirle a Murray que había conseguido algo. Encontrar a Donny Stewart. Ser un héroe. Va a librarse de mí, Harry, volveré a llevar uniforme, a hacer rondas.
—Eso no es así —dijo McCoy con más fe que convicción—. Las enfermeras te pusieron ese vendaje, ¿no?
Wattie asintió.
—No hace gran cosa.
—¿Te duele? —preguntó McCoy.
—Un poco. En el momento fue muy doloroso. Se aseguró de hacerlo lo más despacio posible.
—Madre mía —dijo McCoy apartando la vista. Podía imaginar la cara de Lindsay mientras trazaba la cruz en la espalda de Wattie. Volvió la cabeza y vio a Wattie sentado en las rocas desatándose los zapatos.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—Me voy a meter —respondió Wattie quitándose los calcetines y dejándolos dentro de los zapatos—. Creo que el agua salada me irá bien, lo limpiará todo.
McCoy iba a decirle que no estaba seguro de que el agua del lago fuese salada, pero se calló. ¿Qué sentido tenía? Si Wattie se encontraba mejor haciéndolo… Además, tenía que limpiarse la sangre de algún modo.
—Por Dios, Wattie, ¿de dónde los has sacado? —preguntó McCoy, señalando los calzoncillos de Wattie con dibujitos de Mickey Mouse.
Sonrió.
—Del catálogo de Mary. Están bien, ¿eh?
—Yo no diría exactamente eso —dijo McCoy.
Observó a Wattie meterse en el lago. Lanzó un gruñido cuando el agua fría le llegó a la altura de los calzoncillos de Mickey Mouse, después se sumergió. Sacó la cabeza del agua unos cuantos metros más allá. Parpadeó varias veces, debía de ser agua salada después de todo.
—¿Por qué no se baña, Harry? —gritó.
—Eso estaría bien —dijo McCoy.
Wattie era un gran nadador. Había ganado medallas. McCoy tan solo era capaz de hacer un par de largos en los baños de Springburn. Aun así, resultaba tentador, el sol seguía ascendiendo en el cielo y lo cierto era que hacía calor. Qué demonios. McCoy se desató los zapatos, se quitó los calcetines y agarró un remo.
Caminó por la orilla, arriba y abajo, con los pantalones remangados. No había sido consciente de lo desesperado que estaba Wattie, del miedo que tenía a perder su trabajo. Se había detenido, flotaba en el agua, a escasos metros de las dos barcas amarradas. Una era de remos, la otra era más bien un barco: con un largo mástil, cabina con ventanillas, parecía uno de esos con los que se navega alrededor de una isla o con los que se llega hasta Francia.
Qué diría Murray si pudiese verlos en ese momento. Probablemente no articularía palabra, simplemente estallaría de manera espontánea. Lo más adecuado sería regresar a la casa. Los del Registro de la Propiedad habían dicho que llamarían por la mañana, tenía que comprobar si habían encontrado algo que mereciese la pena investigar. Le gritó a Wattie que saliese. No le oyó, seguía haciéndose el muerto, con el rostro hacia el sol.
Se arremangó un poco más los pantalones y se adentró en el agua.
—¡Wattie!
En esa ocasión sí le oyó. Alzó la mano.
—¡Voy! —gritó. Empezó a nadar, pero se detuvo. Tenía la cabeza hacia un lado, sobre el agua.
—¡Vamos! —gritó McCoy—. ¡Tenemos que volver!
Wattie alzó la mano para darle a entender que se callase. Movió un poco más la cabeza hasta enfocarla hacia el barco grande. Empezó a nadar hacia él.
—Me cago en la leche —masculló McCoy.
Wattie llegó hasta un costado del barco. Se detuvo. Escuchó. Le gritó a McCoy.
—Oigo algo.
Subió al barco y desapareció dentro de la cabina.
McCoy negó con la cabeza, no sabía qué estaba haciendo Wattie. Se disponía a volver a gritarle cuando apareció en cubierta. Hizo bocina con las manos y gritó:
—¡Venga aquí rápido, McCoy! ¡Utilice el bote de remos!
McCoy logró meter el bote en el agua, lo empujó con fuerza, saltó dentro y agarró los remos. Se acercó lo suficiente al barco para lanzarle una soga a Wattie. Wattie la agarró y empezó a tirar de ella.
—¿Qué sucede? —preguntó McCoy al tiempo que subía al barco intentando mantener el equilibrio—. ¿Qué pasa?
El gesto de Wattie era sombrío.
—Hay alguien en el barco.
—¿Quién? ¿Está vivo? —preguntó McCoy.
—Apenas —respondió Wattie. Se dio la vuelta y descendió los escalones que llevaban a la cabina. McCoy tomó aire y le siguió.