Muerte en abril

Muerte en abril


21 de abril de 1974 » Sesenta y cinco

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Sesenta y cinco

McCoy entró en la cabina del barco, donde apestaba a mierda y a humedad, y esperó a que sus ojos se adaptasen a la penumbra. Lo primero que notó fue que el suelo estaba cubierto de agua rojiza. Lo segundo, el hombre joven. Estaba desnudo, atado a una de las paredes, el cuerpo cruzado por unas tensas cuerdas. Por lo visto, algo había interrumpido a Lindsay. El brazo izquierdo del hombre era un amasijo de cortes y pinchazos. Algunos de los cortes estaban cubiertos de sangre coagulada, otros seguían frescos. McCoy bajó la vista. Se recompuso y volvió a alzarla.

El hombre tenía la cabeza caída sobre el pecho. El pelo rubio estaba embadurnado de sangre. No podía ver bien su cara, pero parecía alto y delgado. Tenía que ser él.

—¿Donny? —dijo McCoy.

No hubo respuesta. Había una cantimplora tirada al fondo de la cabina. La recogió y la agitó, parecía contener líquido. Desenroscó la tapa. Probó el contenido. Agua. Se la apoyó a Donny en los labios.

—Creo que se agotó gritando —dijo Wattie—. Creo que ha sido lo que he oído.

—¿Donny? —preguntó McCoy—. ¿Puedes oírme? Intenta beber un poco.

Nada.

—¿Donny?

—Espere —dijo Wattie acercándose. Echó la cabeza de Donny hacia atrás y McCoy vertió un poco de agua en su boca. La escupió y entonces abrió los ojos, los abrió mucho. McCoy consiguió verter algo más de agua en su boca, despacio, no quería que se atragantase, pero Donny bebía con ansia. McCoy acabó el contenido de la cantimplora y la bajó.

—¿Donny? —preguntó.

Donny asintió. Logró hablar. Fue apenas un susurro.

—¿Qué día es hoy? —dijo Donny.

—Domingo —respondió McCoy.

Donny le miró horrorizado.

McCoy negó con la cabeza.

—No ha pasado nada. Todavía no. Vamos a desatarte, ¿de acuerdo?

Donny asintió.

McCoy subió a cubierta cuando le retiraron la primera cuerda. Dejó allí a Wattie. No podía soportar los gritos al cortar las cuerdas ni ver correr la sangre por la carne dañada de Donny.

Esperaba que Donny fuese capaz de hablar cuando lo llevasen a la casa. Tenía muy mal aspecto. Estaba deshidratado, había perdido mucha sangre. Debía de llevar atado varios días. Solo Dios sabía cuánto habría sufrido en aquella cabina. Otro grito y a McCoy se le revolvió el estómago. Había visto el terror en su mirada cuando le dijo que era domingo. Era el día de la última bomba. La de Crawford. Por la expresión de Donny, tenía que tratarse de algo grande.

Se dio la vuelta y vio a Wattie en lo alto de las escaleras. Estaba cubierto de sangre. McCoy no estaba seguro de si era suya o de Donny.

—Ya lo he soltado —dijo—. Pero está muy débil. No sé si saldrá adelante.

—Lo hará —dijo McCoy—. Tiene que hacerlo. Dejémoslo en el barco.

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