Muerte en abril

Muerte en abril


21 de abril de 1974 » Sesenta y seis

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Sesenta y seis

Dos de los agentes que formaban parte de los grupos de búsqueda tenían conocimientos en primeros auxilios. Se estaban haciendo cargo de Donny, tumbado en un sofá en la sala principal, intentando cortar la hemorragia. Haber subido a Donny al bote de remos casi había acabado con él. No podía caminar, resultó muy complicado encontrar una parte de su cuerpo que no le doliese para poder levantarlo. Lograron dejarlo en el suelo del bote y remaron hasta la orilla. Donny gritaba con tal fuerza de camino a tierra firme que Faulds lo había oído desde el bosque y ya estaba esperándole en la orilla acompañado por los dos agentes, ataviados con una manta para poder transportarlo.

McCoy, Faulds y Wattie, ahora con los pantalones puestos y una camiseta que había encontrado en el vestidor de Lindsay, estaban fuera, fumando. Esperaban un veredicto. Los agentes habían cortado sábanas para poder aplicarle vendas. Faulds había encontrado un botiquín en la cocina. A partir de ese momento, lo único que podían hacer era esperar y tener fe.

—¿Así que ha estado en el barco todo este tiempo? —preguntó Faulds.

McCoy asintió.

—Dios santo. Cuántas veces habré estado aquí mirando hacia el lago pensando en lo bonito que sería salir a navegar un rato.

—He llamado al hotel Central —dijo McCoy—. Su padre no estaba allí. Volveré a intentarlo dentro de un rato.

—El pobre desgraciado seguramente nos habrá estado oyendo hablar de él en el jardín —dijo Wattie.

—Y mientras tanto, Lindsay tumbado en la cama del hospital sabiendo perfectamente qué estaba ocurriendo —comentó McCoy—. Riéndose.

Escupió a la hierba. Cavendish no iba a poder tapar eso. Aunque Lindsay muriese antes, podrían acusarlo igualmente. Se aseguraría de que los periódicos conociesen el caso. Se volvió hacia Wattie.

—¿Cuándo vuelve Mary al Record? Es…

—Señor McCoy. —Uno de los agentes apareció en la puerta—. Venga, por favor.

McCoy lanzó el cigarrillo a la hierba y entró en la casa.

Por fortuna para él, habían cubierto a Donny con una sábana y una alfombra de tartán rojo, de ese modo evitó volver a ver todos aquellos cortes. La cara del joven estaba mortalmente blanca, demacrada, y tenía los ojos cerrados. Durante unos segundos, McCoy creyó que había muerto, pero entonces Donny abrió los ojos y le miró directamente.

—¿Crees que podrás responder algunas preguntas? —preguntó McCoy. Se acuclilló a su lado y le tomó de la mano—. Aprieta mi mano si la respuesta es sí. ¿De acuerdo?

Asintió levemente.

—¿Fue Lindsay el que te hizo esto?

Apretó.

—¿Sabes algo de las bombas?

Volvió a apretar.

—¿Qué se supone que va a pasar hoy?

Entendió de inmediato que Donny no podía responder sí o no. Le pidió disculpas, pero Donny, de repente, empezó a hablar. McCoy se inclinó para acercar la oreja a su boca.

—Es el día de Crawford. La grande.

—¿Sabes dónde la va a colocar? —preguntó McCoy.

Negó con la cabeza muy despacio. Intentó hablar, pero apenas tenía aliento.

—Quería poner una bomba en la base…

—Tómate tu tiempo —dijo McCoy.

Asintió. Lo intentó de nuevo.

—En la base naval, pero no pudo conseguir un pase de seguridad.

Empezó a toser. Un hilillo de saliva sanguinolenta le corrió por la barbilla. McCoy se lo secó con la manta.

—Va a ser en otro sitio. Algo que sorprenda a todo el mundo.

—¿Sabes dónde está ahora?

Negó con la cabeza.

—¿Se te ocurre algún posible objetivo?

Le empezaron a caer lágrimas por las mejillas. McCoy le apretó la mano.

—Está bien. Tu padre está aquí. Ha venido a buscarte. Es un buen hombre, lo entiende todo. Todo. —No tenía claro si a Donny le quedaría claro a qué se estaba refiriendo—. Ahora van a llevarte al hospital, para curarte. Tu padre llegará pronto, ¿de acuerdo?

Donny volvió a asentir y cerró los ojos.

McCoy se puso en pie y llevó al agente uniformado a un lado.

—¿Cómo lo ves? —le preguntó.

El agente era joven, apenas había superado la veintena. Su expresión confirmó lo que McCoy estaba pensando.

—No soy médico, pero está muy mal. Si sobrevive al traslado al hospital tal vez salga adelante. —Se encogió de hombros—. No lo sé.

McCoy le dio las gracias. Miró de nuevo a Donny Stewart. No era más que un joven estadounidense solitario en busca de amigos y ahora estaba ahí tumbado. Oyó la sirena de la ambulancia acercándose por el sendero de acceso. Lo que le ocurriese o dejase de ocurrirle a Donny Stewart ya no estaba en sus manos. Lo habían encontrado. Lo único que podían hacer era, por una parte, esperar a que la bomba de Crawford explotase y, por otra, rezar para que no causase muchos daños. Pero el máximo de daños era exactamente lo que aquel bastardo andaba buscando.

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