Mis recuerdos

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El caso de España ante el mundo » Ratificación de una actitud.

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EL CASO DE ESPAÑA ANTE EL MUNDO

París, 7 de enero de 1946. Queridos hijos: Carmen ya os ha contestado sobre todos los asuntos de familia; yo os informaré de cosas relacionadas con el problema de España en el cual vengo interviniendo desde mi llegada a París. Esta carta y los documentos adjuntos os los envío a título de información a fin de que podáis juzgar cuando os hablen de mi posición política.

El hombre propone…

Después de haber sido víctima de las intrigas que me hicieron dimitir la Presidencia del Partido y más tarde provocaron la crisis del Gobierno que presidía en mayo de 1937; después de echarme de la Presidencia de la minoría parlamentaria y de la Comisión Permanente de las Cortes, y luego de la Secretaría de la Unión General de Trabajadores, y, por último, la campaña indigna por difamatoria hecha contra mí entre mítines y periódicos, presentándome como el enemigo número uno de la clase trabajadora, hice el propósito de no intervenir en nada relacionado con la emigración de los españoles. Así lo cumplí hasta que fui detenido por los alemanes. Esta idea de inhibición se afirmó más en mi espíritu durante el tiempo de mi estancia en poder de los alemanes. Mi ilusión era salir en libertad, reunirme con Carmen y la tía, y después reunimos todos en México, donde viviría tranquilo en el seno de la familia aguardando el momento de poder celebrar en España sendos Congresos, del Partido y de la Unión General, donde se nos juzgaría a todos por nuestra actuación en España y en el exilio, y luego, definitivamente, retirarme de toda actuación política. Pero, «el hombre propone y los acontecimientos disponen».

Primeras impresiones.

Al volver de Alemania a Francia he recibido varias sorpresas. Me encontré organizados un Partido Socialista Obrero Español y una Unión General de Trabajadores de España en Francia, siguiendo el criterio por mí sustentado desde el comienzo de la emigración, es decir, no considerarnos representación de los organismos residentes en nuestro país, sino de los exilados, exclusivamente, si éstos nos elegían. Al mismo tiempo conocí las dificultades que se habían tenido que vencer hasta ver constituidas dichas organizaciones. Esto me produjo gran satisfacción y solicité mi ingreso en el Partido y en la Unión.

Otra de las sorpresas que recibí fue ver en los cargos principales del Partido y de la Unión General a Trifón Gómez (vicepresidente del Partido y presidente de la Unión), Saborit (vocal de la Unión) y Muiño (vicesecretario de la Unión), en compañía de De Francisco, Llopis, Pascual Tomás y otros compañeros.

Trifón, Saborit y Muiño son los boicoteadores del movimiento de diciembre de 1930 cuyo objetivo era instaurar la República, a pesar del compromiso contraído; entonces consideraban que los trabajadores no debían cooperar al establecimiento de la República burguesa. Estos mismos individuos fueron enemigos de la huelga del 34, hasta el punto de publicar un periódico, «Democracia», con el único objeto de injuriar y calumniar a los que tomamos parte en ella, que estábamos en la cárcel y además representábamos al Partido por haber sido elegidos en el Congreso de 1932.

Por este hecho, la Agrupación Socialista Madrileña suspendió los derechos a Saborit, Director de «Democracia». No tengo noticias de que dichos individuos hayan hecho ninguna declaración rectificando su error. Por si esto fuera poco Trifón Gómez era ya ministro del Gobierno fantasma presidido por Giral.

Cuando entré en casa de Calviño y me salieron al encuentro, alargándome la mano, me resultó muy desagradable. Pero ¿qué podía hacer? ¿Estaba yo, en esos momento, en situación de recordar a Trifón y a Saborit sus traiciones y recriminar a De Francisco, Llopis y Pascual Tomás por haber reivindicado a los primeros y colaborar con ellos? Era imposible.

Toda esa mezcolanza me hizo creer que se había llegado a un acuerdo tácito para una tregua en la lucha interna, a fin de aunar los esfuerzos, haciéndolos más eficaces, para derribar al régimen de Franco. Esta creencia se afirmó más en mi espíritu al enterarme que durante mi odisea se habían preocupado por mi suerte amigos y enemigos políticos y personales, incluso los individuos de que he hecho mención.

Por otra parte, me informaron de la existencia en Francia de otro Partido Socialista Obrero Español y de otra Unión General de Trabajadores de España, dirigidas por Amaro del Rosal, Enrique Santiago, Julio Hernández, Julia Álvarez y otros, pero no me dijeron una palabra acerca de la actitud de intransigencia contra estos elementos y contra el Partido Comunista, hasta el extremo de no aceptar el diálogo, de palabra o por escrito con ellos.

Las cartas y telegramas recibidos felicitándome por mi libertad, incluso de los socialistas que en España me persiguieron como a un perro rabioso, han sido muchos. Las entrevistas que me han solicitado, con el mismo objeto, han sido numerosas; todavía, al escribir estas líneas, no han cesado las visitas diarias, de todos los sectores de la política española y del extranjero. Yo no quiero, ni debo hacer una discriminación o excepción entre los solicitantes; primero, porque mi costumbre de siempre ha sido, en el orden político, mantener con mis mayores enemigos políticos, hasta con mis difamadores, relaciones correctas, por no tratarse exclusivamente de mi persona, sino del Partido y de la Unión, aunque tenga que hacer cosas contra mi voluntad, sin que esto sea óbice para mantenerme inflexible en la defensa de las ideas y tácticas socialistas. Jamás he temido el contagio de las ideas contrarias; mis convicciones están lo suficientemente arraigadas para que puedan ser desviadas en una simple conversación. Además, por un elemental deber de gratitud no debía negarme a recibir a nadie, pues acaso cometiera el error de negarlo a quien se había interesado por mi libertad; eso no sería decente. Por ello he recibido y estoy recibiendo, a todo el que quiere verme. Yo no he llamado a nadie, ni he deseado entrevistarme con nadie.

Entrevista con el P. C.

Una de las entrevistas fue con el Comité del Partido Comunista de España. Nadie podrá alegar más motivos de agravio con los comunistas que yo; hablé con ellos en los términos de mayor cordialidad posible.

Después de charlar sobre la vida en el Campo de Oraniemburg condujeron la conversación hacia el tema de la colaboración y la unificación. Mi contestación fue clara y terminante:

«Lo considero imposible —dije—, antes es necesario crear un clima de respeto y consideración mutuos, evitando las ofensas personales en el periódico o en el mitin. Hecho eso, si los acontecimientos políticos lo imponen, será posible, algún día, colaborar juntos y así la acción conjunta será eficaz». Yo no hipotequé la conducta política del Partido para el porvenir. Sin embargo, esto se ha visto con disgusto por las Ejecutivas del Partido y de la Unión y ha sido discutido con acritud en algunos Grupos departamentales, haciéndose manifestaciones como éstas:

Saborit: Valiera más no hubiera ingresado todavía en el Partido.

Un afiliado: ¡Ojalá se hubiera quedado en Alemania!

¡Hasta ese punto tienen envenenado el espíritu!

Proposición al Congreso Mundial de Sindicatos.

En otra entrevista. Amaro del Rosal y Enrique Santiago me manifestaron que se habían presentado en el Congreso Mundial de Sindicatos dos proposiciones en favor de España. Una firmada por Amaro y otra por Pascual Tomás. Expusieron el deseo de celebrar, las Uniones Generales, una reunión conjunta presidida por mí y tratar de ponerse de acuerdo a fin de presentar una sola proposición firmada por los dos y evitar así aparecer divididos, impidiendo la repetición del lamentable espectáculo del Congreso de Londres. Contesté que no era de mi incumbencia resolver ese pleito, sino de las dos partes, y en cuanto a que yo presidiera la reunión, no lo aceptaría sino a petición de las organizaciones.

Pascual Tomás recibió de Amaro del Rosal, una carta proponiéndole lo mismo que a mí. Después de discutirlo entre las dos Ejecutivas de la Unión me comunicaron su conformidad, incluso en que yo presidiera. Se celebraron dos reuniones y llegaron al acuerdo de presentar una sola proposición firmada por Pascual y Amaro. Durante las reuniones. Amaro y los que le acompañaban propusieron fuera yo el defensor de la propuesta en el Congreso, a lo cual me negué rotundamente. No he tenido en este asunto ninguna otra intervención.

Como el hecho estaba en contradicción con las manifestaciones anteriores de no tener trato alguno con los disidentes, los afiliados han pedido a las Ejecutivas explicaciones, y como han hecho creer que las reuniones conjuntas se celebraron a indicación mía, no siendo verdad, sino para cubrir su inconsecuencia, no dando en el periódico información exacta de lo sucedido, manteniendo así el equívoco, ha recaído sobre mí la sospecha de una intromisión mía, lo cual ha originado discusiones en las asambleas departamentales nada favorables a mi persona.

Mitin France-Espagne.

La Sociedad Francia-España organizó un mitin en favor de nuestro país, dicho acto era público, fue presidido por un francés, hablaron en él el señor Pórtela Valladares, el Secretario de la C.G.T. de Francia, Saillant, un delegado de los Estados Unidos de América del Norte al Congreso Mundial de Sindicatos y un comunista: «La Pasionaria». Fui invitado como espectador a sentarme en la Presidencia; no estoy afiliado a dicho organismo, no ostenté representación alguna y no hice uso de la palabra. También ha sido esto motivo de disgusto en las Ejecutivas y en algunos Grupos departamentales, so pretexto de que intervienen, en esa organización, comunistas, dando origen a discusiones desagradables llegándose a afirmar que yo no debía asistir a esos mítines.

Consulta del señor Giral.

El señor Giral hizo, antes de llegar yo a París, al Partido y a la Unión en Francia una consulta sobre si podía ampliar el Gobierno con representaciones del Partido Comunista y de los disidentes. Las comisiones Ejecutivas contestaron favorablemente a la entrada de los primeros y en contra de los segundos. No he intervenido, ni directa ni indirectamente, en el asunto, todavía no estaba en París, pues a pesar de eso, se ha hecho creer, con mala fe, que he sido yo el autor o inductor de la contestación levantando gran marejada en México entre los elementos contrarios a esa opinión.

Sobre la colaboración con el P.C.

Han sido muchos los periodistas que me han hecho «interviews» y varios los artículos que yo he hecho; también he escrito muchas cartas contestando a compañeros que me pedían opinión sobre problemas políticos y de la emigración; en ninguna parte he dicho que el Partido Socialista debe acercarse, colaborar o fusionarse con el comunista. Lo dicho por mí ha sido que, en política, es un error mantener relaciones de agresividad con elementos afines, que conviene tenerlas lo más correctas posible, pero siempre manteniéndonos en nuestras posiciones. He manifestado que es contrario a todo sentido político afirmar que no se colaborará jamás con cualquiera de los partidos antifascistas porque eso es hipotecar la conducta del Partido Socialista para el futuro, afirmaciones que, como tengo dicho varias veces, un acontecimiento político, por ejemplo, unas elecciones, nos puede obligar, contra nuestra voluntad, a rectificar dicha afirmación, quedando en una situación nada airosa.

Esto se ha tergiversado por ignorancia en unos y de mala fe en otros, haciendo uso de mis cartas privadas en actos públicos a fin de presentarme entre los correligionarios como defensor de actitudes políticas contrarias a mis pensamientos.

Carta a las C.C.E.E. del P.S.O.E. y de la U.G.T. que trata de la Libertad Individual.

En vista de esto y para saber a qué atenerme en lo sucesivo, he dirigido a las Comisiones Ejecutivas la carta que sigue:

«Estimados compañeros: Siendo evidente que mis entrevistas con algunos elementos políticos no pertenecientes al Partido ni a la Unión, y mi asistencia, como espectador, al mitin en favor de España organizado por el Comité Francia-España, han sido vistos con disgusto no sólo por esas Ejecutivas, sino por algunos afiliados, hasta el punto de producirse discusiones violentas en las reuniones departamentales; conociendo que por ese motivo miembros de esas Ejecutivas han pronunciado frases como ésta: “Más valía que hubiera retrasado su ingreso…” y algunos afiliados ésta otra: “Ojalá se hubiera quedado en Alemania”, y no siendo mi propósito perturbar la armonía dentro del Partido y de la Unión, como tampoco estar dispuesto a consentir se me coarte la libertad individual, en tanto no realice actos contrarios a los principios fundamentales de nuestro Partido y de nuestra Unión General, me veo obligado a dirigiros las preguntas siguientes:

»¿Pueden los afiliados celebrar entrevistas particulares con personas pertenecientes a otros organismos políticos o sindicales, siempre que en dichas entrevistas no se trate nada en contra del Partido y de la Unión?

»¿Es permitido a los afiliados asistir como particulares a actos públicos organizados por entidades adversarias de las nuestras?

«¿Pueden los afiliados exponer, pública o privadamente su opinión sobre problemas políticos o sindicales relacionados con el Partido y la Unión General y acerca de la emigración y la vuelta a España?»

Contestación de las C.C.E.E.

He recibido la contestación siguiente:

«Las Comisiones Ejecutivas del Partido y de la Unión han conocido su carta, la han examinado y han acordado contestarla en los siguientes términos:

»Las Comisiones Ejecutivas no han examinado en ningún momento el hecho de que usted haya celebrado las entrevistas a que se refiere; lo que sí hemos examinado son las consecuencias que fatalmente se derivarían de la explotación que de esas entrevistas harían sus visitantes en cuestión. Sospechábamos que las presentarían con la mala fe en ellos habitual; que tratarían de acentuar determinadas expresiones de usted, con el fin de acusar posibles discrepancias, o, en todo caso, para producir confusión entre nuestros militantes.

»No nos equivocamos. Nuestros compañeros quedaron, al principio, sorprendidos por las noticias, que fueron seguidas inmediatamente por una “ofensiva de paz”, ya que muchas de nuestras Secciones locales, por no decir todas, recibieron la visita de representantes de esos elementos a fin de “establecer relaciones”, “como se ha hecho en París”, de “acuerdo con lo que piensa Caballero”, “para ayudar la tarea de nuestros dirigentes” y otras fórmulas más por el estilo, con que obsequiaron a nuestros compañeros.

»A pesar de los esfuerzos realizados en ese sentido, justo es proclamarlo, no han logrado resquebrajar la disciplina de ninguna de nuestras Secciones. Lo que sí han conseguido, es que hayamos recibido no pocas consultas y demandas de información. Precisamente por eso, la Comisión Ejecutiva del Partido, en su Circular número 28 dirigida a sus Secciones, fechada el 20 de octubre, dijo lo siguiente:

“‘…A saludarle —a usted— han acudido, además, otros elementos, cuya visita ha sorprendido a muchos compañeros nuestros, a juzgar por las consultas que nos hacen.

»Sepan esos compañeros nuestros que el hecho de que nuestro camarada Largo Caballero —nuestro afiliado, ya que, en cuanto llegó a París, cumpliendo, como siempre, sus deberes de socialista, se dio de alta en nuestra Organización—, haya recibido a los comunistas y a los escisionistas —Caballero ha recibido y recibe, como siempre, a todo el que quiere verle—, y el hecho de que en la conversación haya sostenido el criterio justo de que hay que cesar toda campaña de injurias y calumnias para crear el clima moral que haga posible en su día, el diálogo entre todos los sectores proletarios —ni más ni menos que lo que venimos diciendo y practicando nosotros desde siempre—, han sido interpretados tendenciosamente y explotados con estruendo por quienes tratan de sembrar la confusión entre nuestros compañeros. Eso es todo lo sucedido. Nuestros compañeros no tienen por qué sorprenderse ante esa campaña típica, que no es ciertamente la primera, ni será seguramente la última”.

»Como usted ve, por los términos mismos de nuestra Circular, la Comisión Ejecutiva del Partido, no enjuicia las entrevistas en sí mismas sino la explotación que de ellas hicieron los visitantes.

»No le ocultamos, desde luego, que las energías que llevamos consagradas a tranquilizar a nuestros compañeros, por este asunto, hubiéramos preferido emplearlas en labor más constructiva.

»En cuanto a la asistencia de usted, como espectador, al mitin organizado por el Comité France-Espagne, podemos decir lo mismo, siquiera en este asunto haya concurrido la circunstancia —aparte la significación personal de usted, cuyos gestos tendrán siempre, contra su voluntad, el eco singular inherente a su prestigio— que ha dado mayor realce al hecho, de haber ocupado usted un puesto en la tribuna presidencial, aunque nosotros no ignoramos cómo se produjo el hecho.

“Respecto a la frase que se atribuye a miembros de nuestras Comisiones Ejecutivas, podemos asegurarle que en ninguna de nuestras reuniones ha sido pronunciada por compañeros nuestros semejante expresión, ni otra alguna susceptible de tamaña interpretación. Por el contrario, las Comisiones Ejecutivas han expresado su gran alegría y su más viva satisfacción por la incorporación de usted a nuestras Organizaciones.

»En cuanto a la frase que se pone en boca de “algunos afiliados nuestros”, ha querido la casualidad que el compañero Secretario general del Partido se haya enterado de ello, bien fortuitamente por cierto, durante su viaje a Marsella hace unos días. Y la verdad de los hechos es la siguiente: Al llegar a conocimiento del Secretario general de aquel Comité Departamental de la UGT el hecho de que se había proferido semejante frase, comenzó las averiguaciones previas para incoar expediente. Y de sus averiguaciones resultó que, un compañero, hablando con otro, dijo, refiriéndose a usted: “¡Ojalá se hubiera callado!” Quien oyó la frase, al repetirla, dijo lo que creyó haber oído, esto es, “¡Ojalá se hubiera quedado!” Y como quedarse usted no podía quedarse más que en Alemania, la frase quedó transformada, al repetirla, en “¡Ojalá se hubiese quedado en Alemania!”, que es como, con envidiable celo, se la han transmitido a usted. Ésa es la verdad de cuanto ha ocurrido. Un caso típico de los muchos que registra la llamada psicología del testimonio. Por lo demás, si tuviésemos que hacernos eco de cuanto dicen que se dice y de cuanto se asegura haber oído, que se trae y se lleva, consciente o inconscientemente, con mejor o peor intención, no acabaríamos nunca. Los compañeros de Marsella, dicho sea en honor a la verdad, han dado muchas pruebas y siguen dándolas de la gran devoción que sienten por usted.

«Termina usted su carta haciéndonos tres preguntas:

»La primera dice: ¿Pueden los afiliados celebrar entrevistas particulares con personas pertenecientes a otros Organismos políticos o Sindicales, siempre que en dichas entrevistas no se trate nada en contra del Partido y de la Unión?

»Nuestra contestación es afirmativa.

»La segunda pregunta dice: ¿Es permitido a los afiliados asistir, como particulares, a actos públicos organizados por entidades adversarias a las nuestras?

»Nuestra contestación es igualmente afirmativa.

»La tercera pregunta dice: ¿Pueden los afiliados exponer pública o privadamente su opinión sobre problemas políticos o sindicales relacionados con el Partido y la Unión General y acerca de la emigración y la vuelta a España?

»A esta pregunta, por desgracia, no podemos contestar, como a las anteriores, con un monosílabo. Aun a trueque de alargar un poco más esta ya demasiado larga carta, tenemos que hacer algunas reflexiones. Claro está que nos damos perfecta cuenta de lo absurdo que resulta que nosotros nos permitamos decirle a usted —a usted, que ha formado parte durante tantos años de las Ejecutivas del Partido y de la Unión, hasta el punto de que no habrá jurisprudencia, si vale la expresión, en nuestras Organizaciones que no haya sido sentada por Ejecutiva en la que usted interviniese— lo que puede y debe hacer un militante nuestro. Ya sabemos que lo que usted desea es conocer el pensamiento, el criterio de estas Ejecutivas. Pudiéramos contestarle brevemente diciendo: “Estas Ejecutivas reconocen a sus militantes los mismos derechos que en España reconocían a sus militantes las Ejecutivas de que usted formaba parte”. Pero tememos que esta respetuosa respuesta no le satisfaga a usted, ya que lo que usted desea conocer es el pensamiento actual de las Ejecutivas actuales. Por eso se lo vamos a exponer, seguros, por lo demás, de no decir nada nuevo.

»El Partido y la Unión, en Francia, no han cambiado las costumbres, ni las normas que se tenían en España. Así, al menos creemos nosotros. Por lo tanto, nuestros afiliados, aquí, gozan de los mismos derechos que allí tenían. Si alguna aclaración al ejercicio de esos derechos merece hacerse, sería la de desear que en todo momento se tengan presentes las circunstancias del exilio y la situación especial de nuestro Partido, todavía convaleciente y en período de reconstrucción. Esto es, que esas circunstancias y esa situación, quizás aconsejen a nuestros militantes la conveniencia, en determinados casos, de autolimitarse sus propios derechos. O por lo menos de autorrestringirse el ejercicio de los mismos.

»El Partido y la Unión, en Francia, han celebrado sus Congresos y unos Plenos Nacionales, en los que han afirmado una política y han adoptado unas posiciones, que las Ejecutivas procuran aplicar, seguir y, cuando es menester, adaptar a las exigencias de la realidad. De esa política y de esas posiciones —no obstante haber sido aprobadas por unanimidad— se puede discrepar, desde luego. Creemos que las Asambleas son los lugares y los momentos adecuados para exponer esas discrepancias, caso que existan, y para expresar iniciativas en las que no hayamos pensado. Sin embargo nuestras Ejecutivas no sienten el fetichismo del procedimiento. Cualquier afiliado puede dirigirse directamente a nosotros. Nosotros, después, si ha lugar, encauzamos el procedimiento.

»Después de lo que acabamos de decir, esto es, siendo ésa nuestra conducta, nos dolería que se pudiese mermar la autoridad de las Ejecutivas, haciendo públicas las discrepancias que pueden existir, sin haberlas discutido previamente, con nosotros, sea directamente, sea por conducto de las Secciones respectivas.

»Eso en cuanto a las discrepancias que, por el hecho de publicidad, pueden disminuir la autoridad de las Ejecutivas. En cuanto a si se pueden exponer pública o privadamente opiniones, iniciativas o soluciones a nuestros problemas, el derecho de todo militante a hacerlo es, a nuestro juicio, evidente. Pero volvemos, nuevamente, a lo que decíamos antes. Si lo que se pretende es que el Partido y la Unión hagan determinadas cosas o adopten determinadas actitudes distintas de las mantenidas hasta ahora o en las que no hemos pensado, deben nuestros militantes dirigirse previamente a sus Ejecutivas.

Por lo demás, nuestra única preocupación es acertar. Nuestra gran obsesión es acrecentar el crédito y la autoridad del Partido y de la Unión, para que sean en todo momento expresión fiel de las ansias del proletariado español. Por eso agradecemos sinceramente cuantas ayudas se nos presten en ese sentido. Por eso deseamos, por eso pedimos encarecidamente que militantes como usted —usted más que nadie—, nos aconsejen y ayuden a realizar la tarea que nos confiaron nuestros compañeros en los últimos Congresos del Partido y de la Unión celebrados en Francia. Seguros estamos de que el consejo de usted no habrá de faltarnos nunca, como ya nos lo ha demostrado, para bien de nuestras ideas y para engrandecimiento del Partido y de la Unión.

»Sabe que, como siempre, quedan suyos y de la Causa Obrera y Socialista.

»Por las Ejecutivas del Partido y de la Unión General. El Secretario general de la U.G.T., Pascual Tomás.

El Secretario general del Partido Socialista Obrero Español, Rodolfo Llopis».

Nueva Carta a las C.C. E.E.

A esa carta contesté con otra en los siguientes términos:

«Como no es mi propósito polemizar, me limito a deciros que la contestación a la última pregunta no me satisface.

«Puesto que hacéis referencia a las costumbres y normas de la Unión General en España me permito, a título de información, recordaros lo que sigue:

«Declaración de principios.

»La Unión General de Trabajadores de España es una institución eminentemente de productores, organizados por grupos afines de oficio y profesiones liberales, que, para mantenerse en sólida conexión, respeta la más amplia libertad de pensamiento y táctica de sus componentes, siempre que estén dentro de la orientación revolucionaria de la lucha de clases y tiendan a crear las fuerzas de emancipación de la clase obrera, asumiendo algún día la dirección de la producción, el transporte y la distribución e intercambio de la riqueza social.

»Artículo 2°, letra a) La Unión General de Trabajadores de España, en virtud de las variadas tendencias ideológicas y doctrinarias sustentadas por los obreros afiliados a las organizaciones federadas, es una organización completamente democrática, y con el fin de mantener la unidad orgánica, material y moral entre los trabajadores, necesaria para realizar los fines enunciados, sostiene:

»a) Que los afiliados tienen completo derecho para hacer propaganda de sus especiales puntos de vista en lo que respecta a la organización y que esta libertad no puede ser restringida ni coartada, siempre que ella no se haga a base de diatribas, calumnias o difamación de los principios y acción de la Unión General.

»Ésta ha sido la costumbre y norma de nuestro organismo sindical en España, pudiendo así hacerse grande y ser respetada por sus mayores enemigos.

»Los Estatutos de la Unión General en Francia, en su base 7.ª, dicen:

»Los Grupos o afiliados que no acaten las resoluciones de la U.G.T. o que hagan manifestaciones contrarias al espíritu de las mismas, serán igualmente dados de baja.

»Yo me acojo a las costumbres y normas de la Unión General de España, porque son la democracia, la libertad, el libre examen, con el máximo respeto a las personas. Lo establecido en Francia me repugna, porque es la restricción y la coacción del pensamiento, es incompatible con los ideales que persigue la clase trabajadora».

Estos hechos me han colocado en situación delicada dentro del Partido y de la Unión, agravada al observar que los periódicos socialistas, sistemáticamente, no quieren publicar una línea para explicar el asunto.

Reflexiones sobre el Apoliticismo.

Además, revisando los periódicos me entero de resoluciones tan contrarias al espíritu y a la letra de nuestras organizaciones en España que seguramente, de haberlo visto antes, habría reflexionado mucho si debía o no solicitar el ingreso.

Entre otras me encuentro dos merecedoras de ser comentadas:

«La Unión General de Trabajadores de España en Francia declara en virtud de acuerdos adoptados en su último Congreso celebrado en España, su solidaridad con el Partido Socialista Obrero Español. A este efecto, en su actuación en Francia, se considera representada en el orden político, por dicho Partido, al que apoyará en su campaña en pro del restablecimiento de la legalidad republicana en nuestro país». (Boletín de la U.G.T., diciembre de 1944).

Al leer esto mi asombro no tuvo límites. ¿En qué preceptos reglamentarios o antecedentes de nuestra U.G.T. se puede haber fundado esta resolución? En ninguno. Sólo un prejuicio o celos contra los sindicatos puede haberla inspirado, sin tener en cuenta los graves perjuicios que, de cumplirse, ocasionaría a la clase trabajadora. Por fortuna los hechos han venido a demostrar la imposibilidad de hacer efectivo acuerdo tan absurdo.

La teoría del apoliticismo en los sindicatos es ocasionada por el desconocimiento absoluto de lo que es la lucha de clases, y está en pugna con los principios marxistas. Ésa es la teoría clásica del anarquismo bakuninista que produjo la escisión en el movimiento obrero internacional. Toda lucha económica de la clase obrera lleva inherente la lucha política. Es incomprensible que cuando la Confederación Nacional del Trabajo de España, abandona su apoliticismo lo recoja la Unión General de Trabajadores de España, pasando, teóricamente, de la acción política a la acción directa.

Pero dicho acuerdo, ¿puede hacerse efectivo? Veámoslo con algunos ejemplos.

En agosto de 1917, se declaró en España una huelga general cuyo propósito fue cambiar el régimen monárquico por el republicano. ¿Era un acto político? Indudablemente. Según dicha resolución, la U.G.T., debía haber dicho al Partido: «Como tú me representas en el orden político, la huelga la realizas tú, yo no debo mezclarme en los problemas políticos como el derrocamiento de la monarquía». ¿Podría o debía hacerlo? Cualquiera que tenga un poco de buen sentido habrá de declarar que era imposible sustraerse al cumplimiento de ese deber, porque el Partido no podía realizar el movimiento huelguístico.

El año 30, el Comité revolucionario, requirió al Partido y a la U.G.T. a fin de que se adhiriesen al movimiento con objeto de implantar la República, afirmando que si no cooperaban, sería imposible realizarlo y por lo tanto no se podría proclamar la República. La única cooperación que reclamaba era la huelga general pacífica. Dicho movimiento, ¿era un acto político? Evidentemente. La huelga, ¿a quién correspondía declararla? ¿Al Partido o a la U.G.T.? Sin duda a la última. ¿Podría decir al Partido que como la representaba en el orden político, la hiciese él? Sería absurdo.

En octubre del 34, los partidos enemigos de la República se decidieron a dar el asalto al Poder, entrando en el Gobierno del señor Lerroux. Se trataba de un problema eminentemente político, había que realizar un acto de protesta enérgico a fin de evitarlo, ese acto era el paro general. ¿Quién podría declararlo? ¿El Partido solo? No. La U.G.T., o ambos conjuntamente. En ese caso no se consideró tampoco la U.G.T. representada, en el orden político, por el Partido. ¿Es que, como nuestros enemigos, vamos a condenar las huelgas políticas?

Se dirá: eso era en España, en Francia es otra cosa.

La Junta de Liberación, ¿qué hace? ¿Política? Entonces no tiene sentido que esté representada la U.G.T. estándolo el Partido Socialista Obrero Español, el cual según la resolución tomada, representa a aquélla en el orden político.

Se celebran actos públicos de apoyo y adhesión al Gobierno del señor Giral. Son actos políticos, sin embargo, en ellos toma parte activa la U.G.T., a pesar de considerarse representada por el Partido, en el «orden político».

El señor Giral solicitó un representante de la U.G.T. para formar parte del Gobierno que él preside. Si se considera representada, «en el orden político», por el Partido y formando éste parte del Gobierno, ¿por qué designó como Ministro suyo a su Presidente? Lo lógico era haber renunciado por considerarse ya representada «en el orden político».

Es indudable que la Federación Mundial de Sindicatos, si quiere hacer algo eficaz, habrá de realizar presión sobre los gobiernos de todos los países al objeto de que rompan las relaciones diplomáticas y económicas con Franco; esta acción tiene un verdadero carácter político.

Es que, ¿debe delegar en la Internacional Socialista que es el organismo eminentemente político? No creo lo haga así. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que ningún organismo obrero consciente de su misión debe renunciar a su acción política, so pena de morir por inacción.

En los Estatutos de la U.G.T. de España, en el artículo primero, que trata del objeto a cumplir, en el punto 6.° se dice:

«Intervenir constantemente, en todos los problemas nacionales que afecten a la clase trabajadora, y defender las libertades individuales, actuando sobre el Poder público para que sean respetados». ¿Puede cumplirse ese deber delegando en un partido, aunque éste sea el Socialista, todo lo concerniente al orden político? Sin hacer política, ¿cómo podrían las Sociedades Obreras obtener de los gobiernos la Legislación del Trabajo consignada en los acuerdos del Congreso Internacional de 18 89? Sin hacer política, ¿cómo habría podido concurrir la U.G.T. a las Conferencias Internacionales del Trabajo, ni haber tenido intervención en el Instituto de Reformas Sociales, primero, y en el Consejo de Trabajo, después, donde se discutía, no ya con patronos solamente, sino con los representantes del Gobierno? Lo importante es que la U.G.T. haga política socialista y no que delegue su actuación, «en el orden político», en ningún partido, sino en todo caso, actuar conjuntamente en los problemas que coincidan sus opiniones, pero siempre conservando su personalidad e independencia.

Sospecho que los autores de tan desdichada resolución han pensado que no existe más acción política que la lucha electoral y les ha conducido a ello, la idea nada nueva, para algunos, de apartar a los sindicatos de las luchas electorales. Otro error. En España existen pueblos donde no hay Agrupación Socialista y las Sociedades Obreras han elegido concejales. ¿Hubiera sido mejor dejar el campo libre a los enemigos de los trabajadores? En elecciones generales muchas organizaciones obreras han votado cantidades importantes para gastos de las elecciones y han hecho intensa propaganda en favor de las candidaturas socialistas, ¿qué ha perjudicado esto al Partido ni a las ideas socialistas? ¿Habría sido mejor se limitasen a reclamar más salario y menos horas de trabajo? ¿Y si se ponen candidaturas frente a las del Partido?, dirán algunos. ¿Es que la resolución de delegar en el Partido Socialista lo referente a la acción política puede evitarlo, o provocarlo? Eso no ha sucedido nunca ni sucederá si las direcciones de la U.G.T. son socialistas y se conducen como tales.

Más sobre la libertad de opinión.

Otra de las cosas que me ha producido desencanto ha sido el criterio establecido acerca de la libertad de opinión dentro de nuestra Sindical, en Francia.

La Base 7.ª de los Estatutos declara: «Los grupos o afiliados que no acaten las resoluciones de la U.G.T. o que hagan manifestaciones contrarias al espíritu de las mismas, serán igualmente, dados de baja».

¿Cómo es posible que la U.G.T. obligada a defender la libertad de opinión prohíba en su seno exponerlo libremente, siempre respetando a las personas? ¡Qué diferencia de dicha Base con el artículo 2.° de los Estatutos de la Unión de España!

La diferencia entre el espíritu y la letra de la base 7.a de los actuales Estatutos y la Declaración de Principios y artículo segundo de los de España, es enorme. La primera representa la restricción y coacción del pensamiento, la autoridad; y el segundo, como la Declaración de Principios, es la libertad, la democracia, el libre examen, el derecho a cooperar con la inteligencia al mejoramiento de la Organización.

Resulta algo monstruoso que después de haber sufrido la dictadura negrinista en España, la de Petain y Laval en Francia, y la de Hitler en Alemania, cuando se lucha en nuestro país y en la emigración para restablecer la libertad destruyendo el régimen falangista; cuando han muerto millones de hombres para destruir el fascismo, al volver a Francia se encuentre uno con un espíritu dictatorial en el seno de nuestras organizaciones que prohíbe recibir visitas en su casa, recomendar la corrección entre los diferentes sectores obreros, asistir a los mítines porque en ello toman parte elementos políticos adversarios a nuestras organizaciones y discutir la opinión de los demás. Con ese criterio, algún día, no se podrán leer otros periódicos, ni otros libros que los editados por nosotros. Es indudable que el espíritu inquisitorial y dominante preside mucho en nuestras decisiones. A nuestras organizaciones en Francia se les ha impreso un espíritu de intolerancia y tan estrecho que le hace incompatible con su finalidad de democracia y libertad.

El Gobierno Español en Exilio.

Otro problema, no menos importante, es el referente al Gobierno español en el exilio en relación con la ayuda y adhesión que debe prestársele, si éste actúa o no en forma apropiada para resolver, lo más pronto posible, el problema de España.

Al llegar a París procedente del campo de Oraniemburg, Alemania, una de las primeras preguntas que se me hicieron fue: ¿Qué le parece el Gobierno español? Si nadie ha podido, no ha sabido o no ha querido hacer otra cosa mejor, me parece bien, contesté, y creo un deber ayudarle y apoyarle.

En la forma de la contestación se vislumbra ya cierta reserva, pero me parecía nada político haber dado una contestación absolutamente negativa.

Puedo demostrar con documentos escritos[12] por mí durante el tiempo que estuve en el Cuartel general ruso, y con cartas anteriores a 1940, que no tenía opinión favorable a la constitución de un Gobierno en el exilio por considerar fenecidas todas las instituciones que simbolizaban la segunda República española, proclamada el 14 de abril del 31. Pero ¿qué podía hacer? ¿Romper lanzas contra la situación de hecho encontrada? No sería político. Perjudicaría a la causa de todos: la vuelta a España. Me resigné a aguardar que los acontecimientos me indicaran la conducta a seguir.

Observé que nuestras Organizaciones habían tomado lo del Gobierno español tan en serio que daban la sensación de ser más republicanos que socialistas; su adhesión no era simple, sino incondicional. Pronto me di cuenta de que se habían planteado mal el problema. El Gobierno que, según mi criterio, debía, principalmente, ocuparse de examinar diferentes formas para solucionar el problema de España creyó suficiente gestionar su reconocimiento por los países americanos y europeos y construir la armazón gubernamental, no solo con ministros realmente inútiles en el exilio, sino con el Tribunal de Garantías, Tribunal Supremo, Estado Mayor de Guerra, Subsecretarías. Es decir, que sus actividades las emplea, con preferencia, a formar una burocracia innecesaria en la emigración, pero con la ilusión de trasladarla a España. ¿Es para eso para lo que debemos prestarle nuestra ayuda y adhesión?

La solución del problema de España no es nada fácil, por eso sería absurdo querer encerrarlo en una sola fórmula, hay que examinarlo desde varios puntos de vista. Naturalmente, cualquier solución ha de ser revestida de toda dignidad. Sería injurioso pensar que alguien, sea del partido que fuere, pretenda entregarse o venderse a Falange. Hay que partir de un supuesto lógico: el enemigo principal de cualquier fórmula para arreglar el problema español será, indudablemente, el general Franco.

Todo el que piense en la situación del pueblo español ha de desear su pronta liberación y se hará varias hipótesis.

¿Los elementos antifascistas del interior de la Península disponen de la fuerza material necesaria para derrocar el régimen Franco-falangista? Nadie en buen uso de razón dará una contestación afirmativa.

¿Los exilados están preparados material, moral y espiritualmente para realizar lo que no pueden realizar los del interior? No es preciso ser un lince para ver que no.

¿Cabe en cabeza humana que Franco, voluntariamente, entregue el Poder a cualquier gobierno formado en el exilio? Si alguien sostuviera esa opinión se le consideraría candidato a un manicomio. Agreguemos a todo esto que nadie, español o extranjero, está dispuesto a provocar otra guerra civil. Hay que rendirse a la evidencia: el problema de España habrá de resolverse dentro del marco internacional.

Si se acepta lo dicho, ¿será fácil que las Naciones Unidas se decidan a adoptar resoluciones sin antes conocer la opinión de los emigrados y, especialmente, la del Gobierno republicano, y sin previa propuesta de una fórmula de solución? A juicio mío si el pleito ha de solucionarse por una acción internacional será seguro que los países que actúen en ese sentido traten de asegurarse, dentro de las mayores posibilidades, de que la solución sea aceptada por la mayoría del pueblo español, y evitar, en lo posible, se les pueda acusar de parcialidad, para lo cual querrán se haga una consulta nacional. En este caso, ¿quién la debe realizar? ¿Franco y Falange? No es aceptable. Antes de llegar a ese punto, el de la consulta, será necesario cumplir algunos trámites previos e indispensables. ¿Quién será encargado de cumplir esos trámites? ¿El Gobierno del exilio? Me parecerá un iluso quien lo crea. Para mí es indefectible el período de transición. Dentro de esa fórmula caben varios matices, es elemental aceptar el mejor para España.

Es seguro habrá una oposición a lo dicho, pero nadie podrá excusarse de presentar otros medios mejores. Una actitud completamente negativa o una fórmula inaceptable para las Naciones Unidas serán los más sólidos sostenes de Franco y su régimen.

El llamado a buscar una solución honrosa, pero factible es el Gobierno, para eso se ha constituido, si se aferra a lo inaccesible se constituirá un obstáculo a la solución de un problema del cual depende el porvenir de España. En este caso, ¿deberá seguirse apoyándole incondicionalmente? ¿El Partido Socialista Obrero Español y la Unión General de Trabajadores de España en Francia, se harán también responsables de una actitud incompatible con el interés patrio y de la clase trabajadora?

Afortunadamente la Minoría Socialista en lo que llaman Cortes españoles reunidas en México el día 8 de noviembre de 1945, planteó la cuestión claramente: «El problema de España tiene que resolverse en el área internacional, dijo; si se presenta una coyuntura honrosa para darle solución con una fórmula aceptada por los que están en España, nosotros la aceptaríamos también, y si la rigidez de las instituciones republicanas en el exilio no permitiera aceptarla, nosotros lo advertiríamos y retiraría nuestro Partido la representación que tiene en el Gobierno».

El Partido Socialista y la U.G.T. en Francia, hasta el 25 de diciembre no dio a conocer su posición en problema tan grave para nuestro país. Nadie acertaba a comprender ese silencio. «El Socialista» de dicho día publicó una nota oficiosa en los términos siguientes:

«Las Comisiones Ejecutivas del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores de España, en Francia, se han reunido conjuntamente y han escuchado la amplia información que de cuanto ha ocurrido en México le ha proporcionado nuestro compañero Trifón Gómez, que acaba de llegar de aquella República.

»Examinada ampliamente dicha información, y conocidos los términos de la declaración ministerial, las Comisiones Ejecutivas aprueban dicha declaración, esperan que el Gobierno pueda realizar cuanto antes el programa que se ha trazado para recuperar la República, y se ratifican en su apoyo al Gobierno y en sus resoluciones anteriores de seguir luchando, de acuerdo con los compañeros de España, hasta lograr el restablecimiento de la legalidad republicana».

La nota transcrita no declara su adhesión a lo dicho por la Minoría parlamentaria de las llamadas Cortes, pero sí afirma su decisión de apoyar al Gobierno, con lo cual resultan actitudes opuestas. ¡El colmo!

Lo absurdo es que estamos convencidos de la imposibilidad de recibir el Gobierno Giral, u otro, en el exilio, el Poder, sin antes pasar por un período de transición, pero el señor Martínez Barrio y su Gobierno no aceptan otra solución que no sea la de entregarle a él el Poder, colocándose así en un callejón sin salida.

Naturalmente, yo estoy más conforme con la «Minoría» que con los de aquí.

Ya en carta a Jiménez de Asúa, fechada el 21 de noviembre, sin conocer aún lo ocurrido en las «Cortes», opinaba como se verá en la carta que transcribo a continuación.

Carta a I. Prieto.

En contestación a las cartas que me ha remitido Prieto enviándome su discurso y poniéndome en antecedentes de todo, le he contestado como sigue el 6 de diciembre:

«La información que me das es en sobremanera interesante. Te la agradezco mucho y te ruego me sigas teniendo al corriente de todo.

“Tenía noticia de lo sucedido en el Consejo de Ministros así como de que se había rechazado una fórmula de solución procedente de Washington. Pero me resistía a creerlo. Tu carta viene a sacarme de dudas.

»El día 21 de noviembre, antes de tener noticia de tu discurso, escribí a Jiménez de Asúa, contestando a una carta suya. Además de rectificar algunos conceptos a propósito de mi supuesta actitud con respecto al Partido comunista —yo no he intervenido, directa ni indirectamente, en la opinión dada por nuestro Partido aquí para que entren comunistas en el Gobierno; es más: creo que no le favorecería eso en nada— le decía: “Por lo que se refiere a la vuelta a España, con gran pesar tengo que declararle que cada día soy menos optimista. Me temo que este asunto termine por consunción, teniendo en cuenta que los obligados a buscar soluciones honrosas se obstinan en mantener el problema en un callejón sin salida, convirtiéndole casi en insoluble. Lo que más me apena es que nuestro Partido esté implicado en esa responsabilidad por falta de decisión para oponerse enérgicamente a la continuación de procedimientos que nos conducirán irremediablemente al fracaso. Se tiene más en cuenta los intereses de partido que los de España”.

»La responsabilidad del Partido Socialista Obrero Español está ahora salvada después de tu discurso. Yo estoy contentísimo de que el Partido haya tomado esa iniciativa. El asunto estaba en la conciencia de todos. Pero ¿quién ponía el cascabel al gato? Ahora muchos querrán aparecer como verdaderos patriotas; tomarán actitudes negativas. El tiempo y España serán un juez supremo y darán la razón a quien la tenga.

»El día 26 de octubre tuve una larga conversación con varios diplomáticos de la América de habla española. Me preguntaron si era posible buscar una solución honrosa al problema español, porque ellos estaban dispuestos a ponerse de acuerdo, en toda América, por vía diplomática, a fin de obligar a Franco a marcharse. Me dijeron que sería un honor y un orgullo para los países americanos ser los que liberasen a la “madre patria” del régimen falangista. Yo contesté que consideraba necesario iniciar una acción conducente a ese fin. Prometí sondear la opinión del Gobierno y quedé en que les contestaría. Encargué a De Francisco que enterase a Martínez Barrio y a Giral del asunto, con carácter confidencial, y que me telegrafiase.

»La gestión que encargué a De Francisco cerca de Martínez Barrio y Giral, ha tenido resultado negativo. En carta de 1.° de diciembre me dice lo siguiente: «Ayer me apresuré a ver a Giral a quien di cuenta de su encargo. No obstante agradecer el ofrecimiento no lo aceptó por entender que el Gobierno no debe mezclarse ni indirectamente en gestiones que puedan suponer negociación con Franco, sino mantener, rígidamente su carácter republicano».

No se trataba de que el Gobierno se mezclase en ninguna gestión con Franco, sino de dejar actuar a los países americanos para imponerle, ellos, las condiciones que nosotros aceptásemos. Tan grande es su ceguera que no ve posible ninguna solución honrosa.

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