Mis ganas ganan

Mis ganas ganan


30. Pasito a pasito

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Capítulo 30

Pasito a pasito

Confía en ti y nada será imposible.

Para ponerme la sonda tengo que ir en ayunas, pero estoy tan nerviosa que solo sentir esas mariposas en el estómago me quita todo el apetito de golpe. Aunque Adriana ha intentado animarme, y aunque me he esforzado al máximo para mantenerme positiva, no puedo impedir que mi mente se escape a los rincones más oscuros posibles. ¿Y si es distinto conmigo? ¿Y si resulta que a mí me duele muchísimo? ¿Y si necesito estornudar? O, peor aún, ¿y si la sonda me da náuseas y le vomito en la cara a la enfermera? Uno podría pensar que después de tanta experiencia hospitalaria no me asaltarían miedos tan poco útiles, pero nuestro cerebro siempre consigue ingeniárselas para ser nuestro peor enemigo.

—Tranquila —me dice mi padre, que debe de notarme el nerviosismo en los ojos y en las manos, que no me dejan de temblar—. Después de todo por lo que has pasado, esto solo será un paseo por el parque.

Asiento, mordiéndome la cara interna de las mejillas. ¡Ya basta de tanta autocompasión! Papá tiene razón. Me he enfrentado a cosas peores, como la primera quimio o la operación para quitarme el nódulo del pulmón. Esto va a ser solo una piedrecita en el camino, aunque en este caso una piedrecita que me sanará y me llenará el cuerpo de fuerzas.

—Solo quiero que me la pongan ya y que se acabe de una vez esta agonía —le digo a mi padre, con una risita.

Son las cuatro y media y se supone que vienen a ponerme la sonda a las cinco. Media hora no puede parecer mucho tiempo, pero cuando estás esperando algo con tantas ganas, cada minuto se te hace eterno.

Por fortuna, papá sabe exactamente cómo relajarme y empieza a darme palique. Hablamos de las caravanas.

—Cuando me ponga buena, quiero tener una de esas caravanas —le explico, una media sonrisa acaricia mis labios—. Grande, muy grande. Y decorarla a mi gusto. Y poner la música que me gusta. Y viajar a muchos muchos sitios.

—¿Cómo cuáles? —me pregunta papá.

Me muerdo el labio inferior, fingiendo pensar, porque lo cierto es que es algo que tengo muy claro.

—A la playa. Quiero visitar todas las playas que pueda de la costa de Andalucía. Y luego seguir por España. Y luego... pues, no sé, al extranjero, ¿no?

—Parece un buen plan —accede papá, asintiendo en señal de aprobación—. Hay pocas cosas que el agua salada no pueda solucionar.

—Eso pensaba yo.

Al final las cinco vienen y se van. Luego las seis, las seis y media... cuando llegan los enfermeros, a las siete y media, papá ya se ha marchado y estoy sola con mamá.

En situaciones normales, agradecería ese tiempo extra para mentalizarme, pero llevo dándole vueltas a la cabeza desde anoche, así que estas dos horas y media de más solo han conseguido que mis nervios se disparen. Cuando entran los enfermeros, ya estoy temblando de arriba abajo, mis rodillas están tan débiles que parecen hechas de gelatina.

—Siento mucho la espera, Elena —me dice uno de los enfermeros, acercándose a mí.

Doy dos golpes rápidos de cabeza. Sigo temblando tanto que hasta me castañetean los dientes. Rezo para que nadie se dé cuenta. ¡Qué vergüenza! Ni que fuese mi primer rodeo.

—No, no, si está bien. Ya con ganas de que me la pongáis, eso sí.

El resto del grupo se ríe, y el enfermero que ya está inclinado ante mí me indica que me tumbe, a lo que obedezco sin rechistar. Cuanto antes empecemos antes terminaremos y podré dejar atrás este día de mierda.

—Esto va a ser un poquito incómodo —me explica.

Tiene la sonda entre los dedos, y al verla así, como un animal delgaducho y dormido, me sorprendo pensando en lo larga que parece. Me resulta inconcebible que este aparato vaya a estar dentro de mí en unos minutos, que vaya a ayudarme a comer y a coger fuerzas, pero no me queda otro remedio que aceptarlo.

«Lo que no te mata te hace más fuerte —pienso—. Y estas alturas yo ya debo ser la Hércules de los enfermos de cáncer».

—Vale —le digo, tras coger aliento—. Está bien. Estoy preparada.

—Muy bien. Vale. Allá vamos.

Introduce, muy lentamente, el tubito por mi nariz. Me quedo mirándolo todo lo que puedo, hasta que está tan cerca que tengo que bizquear y todo mi campo visual se desdibuja. Es un rato desagradable e incómodo, no ausente de contratiempos.

Cuando están probando la sonda para ver si funciona... ¡PUM! Está picada; sale aire. Tienen que quitarla (un proceso que no le deseo a nadie) y ponerme una nueva. El que lo intenta esta vez es otro enfermero, uno conocido, al parecer, por su buena mano y por poner las sondas con mucha destreza. Y, ¿sabéis qué? Doy fe de ello. La segunda sonda entra sin dificultades y funciona a la perfección. Es muy molesto, como me advirtió Adriana, pero puedo asegurar que no duele. Eso sí, ¡no es una experiencia que me gustaría repetir ni mucho menos!

Me dan el alta a la mañana siguiente con la promesa de volver tres días después por si necesito una transfusión de plaquetas.

Poco después de llegar a casa, noto que se me está empezando a caer el pelo. Cada vez que me yergo después de estar acostada, aparecen un sinfín de pelitos en las almohadas o en los cojines, mi cepillo parece un peluche cada vez que me lo paso por la cabeza y me lleva más tiempo quitar los mechoncitos de la mampara tras una ducha que la ducha en sí. Decido que no tiene mucho sentido alargar más el asunto. Todavía no se me nota la pérdida de densidad, pero que el pelo se caerá está garantizado... ¡Y sentir los pelitos todo el rato en la espalda no es una situación nada cómoda!

Salgo muy decidida del baño al salón, donde están mi madre y Emi, y les tiendo la maquinilla con toda la seriedad que puedo reunir.

—Creo que ya me toca raparme. Se me está cayendo muchísimo el pelo otra vez.

Emi asiente.

—Claro, pues vamos, manos a la obra.

Mamá es la primera que se pone de pie, preparadísima.

—Venga, pues vamos.

—¿En mi habitación? —propongo—. Así lo podemos grabar todo... de recuerdo de esta etapa.

Es un momento muy divertido y emotivo. Emi pone la música a tope (por una vez, mamá no nos recuerda que tenemos vecinos), yo me siento frente al espejo del tocador y entre las dos empiezan a raparme, mi móvil grabándolo todo, Nora a mis pies. La melenita que tanto tiempo y esfuerzo me ha costado dejar crecer desaparece rápida; cae sobre la coqueta y sobre mis rodillas y sobre el suelo de mi habitación, pero no me da pena. Es como reunirme con la Elena del año pasado, la Elena que le ha dado la patada al cáncer. Mirando mi reflejo en el espejo, me da la sensación de que esa Elena del pasado me está animando, recordándome que ella consiguió superarlo y que yo no voy a ser menos.

Mi cabeza rapada solo es una señal más de lo duro que estoy luchando y de mis victorias pasadas. Es el signo de la lucha. Ponerme de nuevo los pañuelos será como colocarse los guantes de boxeo antes de un combate.

De momento estamos Elena 1-cáncer 1, pero ya veremos quién dará el próximo golpe.

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