Mis ganas ganan

Mis ganas ganan


31. Cogiendo fuerzas

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Capítulo 31

Cogiendo fuerzas

Siempre arriba, fuertes y con ganas de ganar.

Al día siguiente me toca quedarme en casa de mi padre, aunque al pobre no le da mucho tiempo a disfrutar de mí. Me encuentro mal desde el momento en el que llego y no puedo concentrarme ni en la conversación que estamos teniendo. Tiemblo, además, y debo de tener un aspecto horrible en general, porque mi padre me pone el termómetro antes de que pueda decirle nada. Tras tres pitidos, lo sacamos y ese número en la diminuta pantalla nos confirma lo que más nos temíamos: 39 de fiebre.

Noto algo frío y húmedo bailándome en el estómago. He tenido fiebre muchas veces, es «ley de vida» cuando llevas un tratamiento de quimioterapia, pero nunca, jamás, me ha subido tantísimo. A juzgar por la expresión seria y las arruguitas de su frente, papá está pensando en lo mismo.

Me pone el dorso de la mano en la frente, perlada de sudor, y tuerce los labios.

—Mmm... está bastante caliente, pero no tanto como para marcar 39... ¿Sabes qué vamos a hacer? Te la vuelvo a mirar en un ratito y después ya vemos lo que hacemos.

Asiento. No hay nada peor que tener que ir corriendo a urgencias. La perspectiva de pasarme horas pasando frío y esperando en la sala no me fascina, de modo que respiro aliviada cuando volvemos a tomarme la temperatura y el aparato marca, esta vez, 38 grados.

—Bueno, eso no es tan malo, ¿eh? —dice papá, acariciándome la espalda—. ¿Cómo te encuentras?

—Un poco cansadilla, pero aguanto.

Papá me sonríe. Él sabe mejor que nadie lo mucho que detesto ir al hospital de manera imprevista, de modo que dice:

—Vale, pues descansa un poco. En un rato la volvemos a mirar y si sigue alta ya sí que vamos al hospital.

No hace falta que me lo repita dos veces. Me voy al salón, me tumbo en el sofá, envuelta en una manta, y cierro los ojos. Tras lo que parecen ser solo un par de minutos después, sin embargo, me despierto con un dolor de barriga tan intenso que ignorarlo resultaría una tarea imposible.

Son unos pinchazos agudos que me cortan la respiración. Intento aguantarlos todo lo que puedo, pero cuando van a más, voy a avisar a mi padre para que me lleve al hospital ya. Por mucho que lo odie, ahora mismo quedarme en casa con este dolor me parece una opción aún más terrible.

Nada más llegar a urgencias, y por si acaso, me hacen la PCR

. Por fortuna, da negativa. (¡Tener el coronavirus es lo último que necesito!). Lo estoy pasando verdaderamente mal, con mucha fiebre y con ese dolor de barriga que no hay manera de disipar ni de ignorar, por lo que no me sorprendo cuando me ingresan de inmediato.

Me hacen un cultivo para comprobar si tengo alguna bacteria; efectivamente, la prueba da positivo en pseudomona. Tengo que estar en ayunas y sin entrar alimentación tampoco por la sonda. En su lugar, me ponen la nutrición parenteral, que es intravenosa.

Estoy con antibióticos veinte días. Mi familia nunca me deja sola; siempre tengo a alguien a mi lado, mi padre o mi madre, ¡pero echo tanto de menos a mi perrita Nora! Solo quiero cogerla en brazos y darle un achuchón, sentarme con ella en el sofá, llevarla de paseo por Sevilla...

Aunque no lleva mucho tiempo en nuestras vidas, Nora se ha convertido en una parte indispensable de nuestra familia. Para hacerme sentir mejor, Emi empieza a hacerme una videollamada todas las noches, después de la cena, y acerca a Nora a la pantalla para que pueda hablar con ella y desearle las buenas noches. Cuando le hablo, la pobre de Nora mira por toda la habitación, buscando el lugar donde me he escondido, porque mi voz la reconoce al instante... ¡Lo paso tan mal sin mi perrita! Cuento los días para poder marcharme y darle un abrazo fuerte.

Tras una semana en el hospital, todas las enfermeras y los celadores conocen ya a Nora por las videollamadas y por lo mucho que les hablo de ella, y entre todos, junto con Emi, la cabecilla, se ponen en comandita para darme una sorpresa... ¡Es Nora, en la ventana!

Emi la sostiene, y la perrita parece estar sonriéndome. Se me saltan las lágrimas y no hago ningún esfuerzo en contenerlas. Dejo que mojen la sonrisa enorme que se me acaba de dibujar en la cara, simplemente.

—¡Norita! —exclamo, llevándome las manos a la boca—. ¡Cómo te echaba de menos! Espero que te estés portando bien, pequeñaja.

Sigo hablando con ella a través de la ventana. Solo ver sus ojitos negros y su sonrisita me llena de unas fuerzas increíbles, suficientes para plantarle cara a esta infección.

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