Mis ganas ganan

Mis ganas ganan


33. Resistiendo

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Capítulo 33

Resistiendo

Libera tus emociones. Se puede ser fuerte y llorar a la vez.

Continúo con la quimio. Los siguientes ciclos me sientan más o menos igual, hasta el punto de que llego a acostumbrarme a las horas muertas en el hospital de día y a los efectos secundarios del tratamiento. Las bajadas, sin embargo, las voy tolerando bastante mejor. Tras el último ingreso, los ataques de fiebre desaparecen, sin más, como si nunca hubiesen existido. Decir que eso es una buena noticia sería quedarse muy corto, porque la ausencia de fiebre se traduce en que no tienen que ingresarme. Debo ir al hospital para que me transfundan sangre y plaquetas, sí, pero después puedo irme a casa y pasar la noche en mi habitación.

En uno de los ciclos viene a verme Manuel. ¿Os acordáis de él? Es uno de los niños que tocó la campana conmigo tras mi primera recuperación (y sí, digo primera porque sé que habrá una segunda y una tercera y todas las que hagan falta).

—¡Anda! ¿Y tú por aquí? —le digo al verlo.

Tiene muy buen aspecto. Está moreno y le ha crecido el pelo. Todo él rebosa salud.

Se encoge de hombros.

—Me avisaron las enfermeras de que estabas por aquí y decidí bajar a hacerte una visita. ¿Cómo va todo?

—Bastante bien, la verdad, dentro de lo que cabe. No me está sentando del todo mal el tratamiento. ¿Y tú? ¿Vienes a revisión?

—Qué va, qué va. Es que tengo cita porque me van a quitar un nódulo.

Se me cae el alma a los pies. Creo que esta es una expresión muy apropiada que lo describe a la perfección. Nunca es agradable escuchar que un «viejo compañero» ha tenido una recaída, especialmente cuando llegasteis juntos al final del camino. Es como si una parte de ti quisiera que se quedasen para siempre así, curados, volviendo a sus vidas anteriores.

Manuel debe de leer el fantasma de la preocupación en mi rostro, porque enseguida hace aspavientos con las manos y la cara.

—Eh, eh, pero que estoy bien. Los médicos dicen que no van a tener que darme más tratamiento ni nada porque el nódulo es muy pequeñito y no hay más enfermedad en mi cuerpo.

Suspiro, aliviada. Hasta hago el paripé de secarme una gota de sudor inexistente de la frente.

—¡Jopé, tío! ¡Haber empezado por ahí!

Ambos estallamos en un par de carcajadas explosivas. Como aún tiene tiempo, Manuel se sienta frente a mí y empezamos a charlar, como antes, poniéndonos al día con nuestras vidas.

Cuando llega la hora de hacer un TAC

para comprobar que todo va bien y el tratamiento funciona, trato de pensar en Manuel y en lo bien que está. Es el final del tercer ciclo y ya estoy algo cansada. Una de las peores partes de la quimio es que toda esa fatiga y esos efectos secundarios se van acumulando a medida que completas ciclos y sesiones, por eso suele haber semanas de descanso de por medio. Así que trato de pensar en Manuel y en que, si él lo ha superado, yo también podré superarlo algún día. (¡Preferiblemente pronto!)

La verdad es que estamos acojonados. Ya nos hemos llevado dos golpes, y la posibilidad de un tercero nos aterroriza y paraliza. Intentamos rehuirlo, pensar en otra cosa... pero el miedo sigue ahí, sobre nosotros, como una sombra pegajosa.

Los días siguientes pasan como un fantasma pálido. Apenas me da la sensación de vivirlos, para ser honesta; es como si estuviese viendo una película de mi vida, como si no viviese dentro de mi cuerpo. Esta sensación no desaparece hasta que debemos reunirnos en el despacho de Nacho para que nos dé los resultados. Ahí es cuando aterrizo de nuevo en mi cuerpo, por decirlo de alguna manera. Preparada para recibir cualquier tipo de noticias.

Esta es la situación: estamos mamá y yo sentadas en el despacho de Nacho y temblando. No exagero. Casi puedes hasta oír nuestras rodillas chocando entre sí y nuestros dientes castañeteando. De lo ansiosa que estoy, no quiero ni hablar con mi madre. Trato de recordar canciones, escenas de películas... cualquier cosa que me aleje de la realidad que estoy viviendo. Como siempre que te preparas para un golpe, el tiempo nunca pasa lo suficientemente rápido.

Cuando Nacho llega, al fin, su cara es el preámbulo de ese golpe que nos acecha.

—¿Qué es? —pregunta mi madre, jugueteando con los anillos de su mano.

Me muerdo la cara interna de las mejillas, preparándome, hasta que me hago daño físico.

Nacho solo frunce los labios.

—Me temo que el nódulo ha vuelto a crecer —dice, simplemente, las terribles nueve palabras que tanto temíamos y que ahora están frente a nosotras como una realidad ineludible—. No mucho, por fortuna, pero han salido tres nódulos más.

Respiro, con fuerza. No sé dónde meterme. No me puedo creer que el tratamiento no esté funcionando. Otra vez. Es una pesadilla continua, un laberinto al que no consigo encontrarle la salida.

—Todavía tengo que discutir los próximos pasos con el comité —continúa Nacho, su voz llegándome muy lejana, como retransmitida por una radio—. Pero lo más seguro es que tengas que empezar un nuevo tratamiento.

Mamá me coge la mano; me la acaricia. Me da la sensación de que está muy fría. Suspiro. No puedo rendirme.

—Pues a seguir luchando —digo, suavemente, forzando una sonrisa.

Estoy muy muy muy cansada, pero mis ganas de vivir persisten.

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