Mis ganas ganan
2. Aquí empieza todo
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Capítulo 2

Aquí empieza todo
El truco está en ser más fuertes que
todos nuestros miedos.
Hay un niño la primera vez que llego al hospital. Quiero decir, que es lo primero que veo, o lo primero en lo que me fijo. Habría sido difícil no reparar en él, de hecho, porque sostiene un palo y no deja de gritar.
—¡¡¡AAAUUU!!!
No grita de dolor o de miedo, sino que se está riendo.
—Soy un lobo —me dice después.
Se llama Pepe y es un peloncito de unos dos o tres años y el primer paciente de cáncer que veo.
La siguiente es Teresa, de once años. Me la encuentro mientras Nacho, que hace de guía, me enseña las habitaciones del ala pediátrica oncológica.
Un cartel con las palabras «unidad de oncología pediátrica
» nos saluda al entrar por las puertas dobles. Por lo demás, las paredes están pintadas de un azul muy suave, y en el suelo, de un linóleo beige, hay pintadas unas huellas rojas que nos indican el camino.
—En la habitación vas a tener a una compañera —me explica Nacho mientras caminamos—. También tendrás un televisor y tu propio baño.
Se nota que intenta tranquilizarme, y yo misma trato de mantener la mente positiva, pero simplemente no hay muchas maneras de pintar una habitación de hospital de manera agradable.
Me siento, a la vez, como si todas mis emociones fuesen más fuertes de lo normal y como si estuviese viviendo la vida de otra persona.
«Esto no puede estar pasándome a mí. No me puedo creer que esto me esté pasando a mí».
Estoy pensando en todo esto cuando se me acerca Teresa.
—¿Tu primer día? —me pregunta con una pequeña sonrisa.
No sé si lo dice por mi melena, larga, oscura y con flequillo, por mi expresión de pasmada mirándolo todo o por el hecho de que Nacho está justo ahí dándome una clase introductoria de lo que será mi vida con cáncer.
—Sí, hoy me ponen el Port-a-Cath y ya mañana empiezo el tratamiento.
Asiente, alzando las cejas, y se mete las manos en los bolsillos. Cuando las saca, hay una piedra de todos los colores imaginables en el centro de su palma derecha.
—La pinté en el colegio —aclara, tendiéndomela—. A lo mejor te da suerte.
Le sonrío, entregándole la piedra a mi madre para que me la guarde.
—¿Quién sabe, eh? Muchas gracias.
Vuelve a asentir.
—Nos vemos por ahí, supongo.
Me despido de ella con la mano.
—Nos vemos.
Día cero del reto más difícil de mi vida. ¡Vamos!
La tercera persona a la que conozco en el hospital es a mi compañera de habitación, Noelia.
La habitación es la número 14, y me pregunto cuántas veces tendré que pasar por ella.
Noelia está sentada en su cama y parece un par de años más joven que yo. Mis padres y yo la saludamos con un gesto al entrar, mientras guardamos mis cosas. Es muy muy muy extraño estar preparándome para quedarme a pasar la noche en un lugar así, como si cada cosa mía que aparto y cada prenda que me quito para ponerme el pijama me fuesen alejando de la vida que conozco hasta entonces. Como ir dando pasos que dejan atrás todo lo anterior y me acercan a esta nueva realidad que tanto me paraliza por dentro.
—Me llamo Elena —le digo a mi compañera cuando estoy preparada.
Le tiendo la mano y ella salta de la cama para estrechármela.
—Yo, Noelia. —Me mira de arriba abajo, casi como si estuviese midiéndome mentalmente—. ¿Cuántos años tienes?
—Dieciséis. ¿Y tú?
—Once.
Asiento, mordiéndome el labio inferior.
La habitación es muy blanca. Increíblemente espaciosa también y con chorros y chorros de luz entrando a través de la ventana.
Está bastante bien para ser una habitación de hospital, la verdad. Eso me hace sentir mejor, aunque los nervios no me abandonan. Acabo de ser arrojada a un mundo completamente ajeno al mío y me siento como una auténtica novata del cáncer.
—¿Llevas mucho tiempo aquí? —le pregunto a Noelia.
Todavía conserva todo el pelo, pero no sé si eso es muy definitorio o no. Como he dicho, soy toda una novata del cáncer.
Noelia, por desgracia, tampoco puede ayudarme mucho, porque sacude la cabeza y dice:
—Qué va. Mañana empiezo el tratamiento.
Me siento en mi cama, noto una sensación muy extraña en el estómago. Al menos es un poquito reconfortante pensar que Noelia y yo empezaremos la quimio a la vez, como si siempre fuese a tener una compañera enfrentándose a lo mismo que yo al mismo tiempo.
—¿¿¿En serio??? ¡Ostras, yo también!
Pongo un puño en alto.
—Pues a por todas, ¿no?
Noelia alza su puño también.
—¡A por todas!