Mis ganas ganan

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3. La quimio

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Capítulo 3

La quimio

La primera toma de contacto con ese veneno la hago de la mejor manera: sintiendo el calor de los míos muy cerca muy cerca.

¿Sabéis que es lo más raro de mi primer día de quimio? Estoy rodeada de toda mi gente, todos están alrededor de mi cama, y lo primero que pienso es que parece que esté pariendo. Me entra un poquito la risa tonta, lo cual no es la reacción más esperada para nada a mi día uno de muchos de tratamiento.

La quimio me la hacen en la misma habitación. Me ponen el gotero (una bolsa amarilla de apariencia muy benévola; da mucho shock pensar en la medicina tan aterradora que se esconde en su interior) y ahí me tienen «enchufada» durante horas. Por suerte, no estoy sola. Además de Noelia y sus padres, claro, por la habitación van pasando uno a uno todos mis familiares y mis amigos para arroparme con su cariño y su apoyo.

Cosas que a lo mejor no sabes sobre la quimio:

– Al principio vas a estar bien, dentro de lo que cabe, pero antes o después te acaba por entrar una sensación extrañísima a la que no te queda otra que acostumbrarte.

– La fatiga. Antes de empezar el tratamiento me daba miedo que fuese a doler o a picar... pero no. La quimio no hace daño, pero te causa un cansancio inmenso y todo te cuesta muchísimo.

– Los sabores de las comidas cambian un poco, lo que, unido al cansancio, hace que comer sea un suplicio.

El día dos tengo una reacción rarísima. Estoy sentada en el sofá, «enchufada» a la quimio y hablando con mi madre cuando me entra un ataque de risa espantoso, pero espantoso de verdad. Hasta Noelia y su madre se me quedan mirando como si me hubiese vuelto loca. Un ataque de risa incluso más súbito, gigantesco y genial que el de ayer.

Mi madre, a mi lado, se queda callada y con una expresión... vaya, que su cara lo dice todo, los ojos enormes y la boca entreabierta.

—Espera un momento aquí, Elena —me dice.

Como si pudiese irme a alguna parte, vaya. Eso me hace reír aun más fuerte, con ese tipo de risas que hacen que se te salten las lágrimas y se te tiñan las mejillas de rosa.

Veo a mi madre pasar por delante de la camilla de Noelia y caminar hasta las enfermeras. Puedo ver también como hablan entre ellas, aunque no alcanzo a escuchar nada de lo que dicen. Además, todavía estoy riéndome.

Mamá aún tiene esa misma expresión de susto, como si hubiese visto un fantasma, cuando entra con las enfermeras, que caminan despacio y sin ningún tipo de urgencia.

—Y no se para de reír —dice mi madre, gesticulando hacia mí.

Las enfermeras sonríen, dirigiéndose un par de miradas cómplices.

—Ah, sí, eso es muy normal —dice una de ellas, la que parece más mayor y más veterana—. Bueno, más o menos. Es una de las reacciones que tienen los niños con el tratamiento. A la mayoría les da por llorar, eso sí.

Entonces es a mamá a la que se le escapa una carcajada enorme.

—Claro, es que Elena tenía que ser diferente —dice—. A ella tenía que darle por reír.

Otra cosa que no te cuentan sobre el cáncer es que puede llegar a ser muy aburrido. Con esto quiero decir que muchas veces solo estás esperando por los resultados de unas pruebas, y otras veces el tratamiento se vuelve muy monótono. Después del día de las carcajadas tengo dos sesiones más, las dos idénticas. Como he dicho, con la quimio te sientas mientras te administran la medicación por vía intravenosa, y todo el proceso dura un par de horas, así que al final de ese primer ingreso ya no me siento, ni de lejos, tan perdida como cuando llegué y me encontré de golpe con Pepe y con Teresa.

No me siento tan perdida como Noelia, por lo menos. Aunque le diagnosticaron un linfoma de Hodgkin un par de semanas antes que a mí, es incluso más novata que yo. Tanto que un día por la noche, iluminada por la luz de la lamparilla de la cama, aprovechando que nuestros padres no están, me susurra:

—Eh, Elena.

—¿Sí, Noelia?

Se muerde el labio inferior, mirando a un lado y a otro para asegurarse de que nadie más nos oiga. Me hace un gesto para que me acerque más a ella, como si estuviese a punto de desvelarme un secreto alucinante.

—¿Tú sabes que en esta planta hay niños que tienen cáncer?

Y yo le sonrío y le digo:

—Sí, sí.

Lo dejo pasar y no le comento nada más al respecto.

Al cuarto día me dan el alta.

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